Cómo me enamoré de la carinyena

Por Miquel Hudin

Como California es mi estado de origen, desde pequeño he estado “adoctrinado” con la idea de que el llamado Golden State está en el centro del mundo cuando en realidad está más bien al final. Después de la segunda caída de las empresas punto com, me di cuenta de que no es oro todo lo que reluce y me dediqué a viajar más allá de las fronteras estadounidenses, y con cada viaje mis estancias se fueron alargando. Hasta que llegó un momento en el que vivir en California me dejó de parecer práctico para mi pasión e incipiente carrera en el mundo del vino. Así que en 2012 me planté en Barcelona con la intención de quedarme a trabajar.

Mis primeras incursiones por tierras vinícolas catalanas habían empezado cinco años antes, en 2007, y se habían centrado sobre todo en la DO Empordà ya que mi mujer es del Alt Empordà. En aquella época tuve la suerte de ver nacer bodegas como La Vinyeta y Martín Faixó, y de observar la consolidación de otros como Espelt, así como la gran evolución de las cooperativas. Durante estos últimos diez años he visto la DO Empordà madurar y florecer, convirtiéndose en una de las mejores denominaciones de Cataluña, y por eso le dediqué mi primer libro de vinos catalanes, “Vinologue Empordà”.

Desde que empecé a profundizar en las regiones y denominaciones vinícolas catalanas, con sus características y matices propios, también me di cuenta con tristeza del gran desconocimiento que los profesionales del vino extranjeros siguen demostrando, con ideas superficiales y a menudo anticuadas sobre los vinos catalanes. Tales como:

  • “El Cava es un espumoso sencillo y barato elaborado sobre todo en el Penedès”.
  • “El Priorat es una zona de terrazas de pizarra, vinos buenos pero muy caros”.
  • “¿Algo más? Uy, ahora no caigo, pero asegúrate de comer tapas y paella en la zona de las Ramblas si visitas Barcelona”.

A medida que fui desarrollando mis conocimientos, mi aprendizaje me llevó hacia el sur de Cataluña en la zona donde se encuentran las denominaciones Priorat y Montsant, y también en la Terra Alta. Los constantes viajes arriba y abajo cada vez se me hacían más pesados y decidí cambiar la vida urbana de Barcelona por las viñas acariciadas por las brisas del río Ebro. Así que un buen día me trasladé al pueblo de Porrera. Y es en Porrera donde la carinyena, que ya me había cautivado tanto en el Empordà como la Tierra Alta, Montsant y Priorat, terminó de atraparme del todo.

Cuando hablamos de uvas tintas catalanas, la garnatxa es estimulante y hermosa, el trepat está claramente en alza y el monastrell tiene sus méritos, que hay que saber descubrir. También he catado vinos atractivos y deleitables elaborados con uvas que tiempo atrás sólo se consideraban buenas de verdad si estaban elaborados en Francia, como el cabernet, el merlot o el sirà. Pero por alguna razón la carinyena me ha cautivado de una manera que no lo han hecho las otras uvas, tal vez debido a mi ignorancia antes de visitar estas tierras, o tal vez porque es una uva tan desconocida en Estados Unidos y, por lo tanto, especial por definición. Cuando organizo catas para profesionales extranjeros o visitantes interesados en los vinos locales, normalmente también caen rendidos a sus encantos a veces incluso también se vuelven, como yo, Conversos de la Carinyena.

Hace poco la redactora jefe de Decanter, una de las revistas en las que colaboro, me encargó un artículo centrado específicamente en la carinyena, y por eso recientemente he estado catando vinos de todo tipo elaborados con esta uva y hablando con elaboradores de puntos tan alejados como la Terra Alta o el Valle del Ródano para intentar averiguar qué hace que sea tan especial, único y atractivo, y para quienes la han conocido en décadas anteriores, tan menospreciada.

Y es que, en el pasado, la reputación de la carinyena era la de elaborar vinos de baja calidad, vinos de batalla. A los productores franceses sobre todo de la zona del Languedoc se les empujaba a hacer lo que esta uva hace muy bien: sobreproducir. Se registraban producciones de 200hl/ha que, para hacernos una idea, es casi ¡un 300% más del máximo permitido en las DO Empordà, Montsant y Terra Alta, y un 500% más que en la DOQ Priorat!

No es de extrañar, pues, aquella fama de elaborar vinos finos y poco atractivos si se le daba este uso. Es como si pidiéramos a una persona hacer trabajos manuales pesados durante una semana seguida sin ningún día libre. ¿Cuánta personalidad y buen humor tendría esta pobre persona?

El secreto de las carinyenas más extraordinarias es el mismo aquí que en Francia: dar poco rendimiento a las cepas. Tanto en las DO Empordà, Montsant y Terra Alta como la DOQ Priorat encontramos viñas viejas que apenas consiguen producir 1kg de uvas por cepa y a menudo mucho menos, y algunas de las mejores ni llegan a los 300g. Esto hace que se concentren los aromas en cada grano de uva y que produzcan vinos de una calidad superlativa con muy buena acidez, taninos finos y notas de ciruelas y cacao en polvo.

Cabe decir que los viñedos de poca producción son sólo una de las partes de la ecuación. A pesar de que tienen la capacidad de producir buenos vinos, no llegarán a ser excelentes si la elaboración no está a la altura de las uvas. De hecho, la carinyena puede verse fácilmente afectada por la reducción, aquel olor sulfuroso, si no se gestiona bien durante la fermentación. Si una viticultura firme va de la mano de una vinificación sabia, el resultado será un vino maravilloso y cargado de matices, que inunda los sentidos como ondas sísmicas llenas de aromas profundas, deliciosas.

Quizá el lector se estará preguntando, de entre todas las DOs y AOCs de estas regiones mediterráneas, ¿cuál consigue hacer brillar la carinyena con más intensidad? La verdad es que recomendaría casi todas y cada una de las más de 100 carinyenas que caté para el artículo en cuestión. Pero, como muestra, he elegido una de cada una de las denominaciones o zonas principales. Teniendo en cuenta que, como siempre intento hacer, las catas de todos los vinos se llevaron a cabo a ciegas.

Languedoc
Domaine Anne Gros et Jean-Paul Tollot – Les Carrétals 2015 – AOC Minervois

De Borgoña tenían que ser estos elaboradores para conseguir producir la carignan que para mí es la más energética de todo el Languedoc. No debería sorprendernos, ya que los mejores vinos de la Borgoña dan mucho protagonismo al “terroir” y acostumbran a estar elaborados con uvas procedentes de pequeñas parcelas, tal y como ocurre con los mejores vinos de carignan. Este vino tiene una profundidad y definición increíbles, con una acidez que eleva el vino sin dominarlo, sin perder el peso típico que encontramos en una carinyena. Un vino que clama sin complejos: “No soy un Pinot Noir”.

Roussillon
Domaine Ferrer-Ribière – Carignan Vignes de Plus de 100 ans 2014 – IGP Côtes Catalanes

El Rosselló formaba parte de Cataluña hace algunos siglos, por lo tanto, es lógico que encontremos pequeñas parcelas de carinyena en diferentes rincones de la región. Esta bodega se ha dedicado precisamente a buscar estas pequeñas joyas para elaborar sus vinos. Este vino concretamente procede de un viñedo viejo que demuestra que podemos encontrar grandeza en la añada 2014, ofreciendo notas de sotobosque y abundantes frutas de bosque. Desgraciadamente, tal y como es habitual en la mayoría de las Appellations francesas, un monovarietal 100% de carinyena no está permitido y, por tanto, la han tenido que embotellar bajo el sello de la IGP Côtes Catalanes.

Empordà
Vinyes d’Olivardots – Vd’O 1.11 2011

Año tras año en la bodega Vinyes d’Olivardots han demostrado que entienden sus viejas viñas y sobre todo las de cariñena. Este vino procede de dos viñedos de pizarra y, después de catarlo en diferentes añadas, aún no me ha decepcionado. La 2011 mostraba más notas especiadas y de pimienta que en otros años, pero a la vez muestra frutas de bosque azules en boca y un final que no se acaba nunca. Es la perfecta ilustración de la frase repetida por algunos, que el Empordà –o una parte– es “el Priorat junto al mar”.

Priorat
Vall Llach – Mas de la Rosa 2015

La decisión de 2010 de separar el Vi Vall Llach en un Vi de Vila y un Vino de Finca fue un acierto y ambos vinos han continuado madurando desde entonces. El Mas de la Rosa, de una viña vieja parcialmente plantada en 1906, es impresionante tanto en el viñedo como en la botella, demostrando las posibilidades de la carinyena en toda su plenitud. Hierbas aromáticas y notas de frutas de campo, es delicado en boca a pesar de un vigoroso 16% de alcohol. Y una de las cosas que más aprecio de este vino es que en los años más difíciles como el 2014, y más aún en 2011, pues simplemente no lo embotellan, lo que dice mucho de la bodega.

Montsant
Vinyes d’en Gabriel – Mans de Samsó 2014

La DO Montsant es un caso muy interesante ya que, aunque quizás no lo parezca tiene más viñas viejas que la DOQ Priorat, pero sólo estamos empezando a ver el crecimiento de vinos fabulosos de una sola viña. Ya que a la carinyena le gusta un poco de calor –al contrario que a la garnatxa, a la que se le disparan fácilmente los niveles de azúcar–, las zonas más meridionales de la comarca del Priorat le son muy favorables. En esta DO la decisión ha sido difícil porque Les Sorts Vinyes Velles 2013 del Celler Masroig casi empató, pero al final me he decantado por Mans de Samsó, ya que año tras año ha demostrado su excelencia, incluso en la nefasta añada 2014. De manera similar al Domaine Ferrer-Ribière, muestra la cara positiva de 2014 con una alegre acidez que equilibra la amplitud en boca típica de la carinyena. Con los taninos potentes que presenta y la definición de la fruta, éste es uno de los vinos de 2014 a los que dar una larga crianza.

Terra Alta
Celler Josep Vicens – Mon Iaio Sisco Vinyes Velles de Samsó 2012

En total recibí unas 10 muestras de monovarietales de carinyena de esta región de la frontera sur de Cataluña, lo que me sorprendió, ya que de la que siempre se habla es de la garnatxa y, más todavía, de la garnatxa blanca. Pero se ve que también tienen carinyenas y todas las que caté me parecieron muy agradables. También se tiene que trabajar mucho ya que, como ocurre con otras regiones que he mencionado, todavía están intentando encontrar la identidad propia de su carinyena. Lo que me gustó de este vino en concreto es que no tiene complejos y, a pesar de desprender un cierto aspecto rústico de la carinyena clásica –el cual es excelente si se controla adecuadamente–, la bodega trabajó de manera correcta consiguiendo mantener una muy buena acidez y al mismo tiempo mostrando frutas apetitosas y un aspecto floral de violetas delicioso, que es una de las características que más me enamoran de esta uva.

Pero dejando a un lado el debate –siempre estéril– de cuál es la “mejor” carinyena de todas, el caso es que encontramos dos estilos bien diferenciados a ambos lados de la frontera. En Francia cosechan las uvas mucho más pronto, a veces tan pronto como mediados de septiembre. En España, por otra parte, la carinyena no se cosecha hasta octubre o incluso en noviembre, dependiendo de las viñas.

Cuando se vendimia antes, la carinyena produce vinos menos alcohólicos, con más acidez y más atractivos para un cierto público que busca vinos, podríamos decir, más ligeros. Personalmente no soy partidario de vendimiarla demasiado pronto, tal como me demostraron unos vinos de carignan que caté hace poco elaborados en mi California nativa –sí, allí también tenemos carignan viejas por la misma razón que las tenemos aquí: porque pueden producir cantidades desorbitadas de uva. Tuve la ocasión de charlar con uno de los elaboradores y me comentó que habían vendimiado la cariñena a finales de agosto, lo que me entristeció ya que el resultado era flojo, sobre todo comparado con otra cariñena de una viña casi vecina que había sido cosechada a finales de septiembre y que me ofreció un nivel de calidad mucho más parecido al que encontramos en Cataluña.

La preocupación por los niveles alcohólicos no puede ser lo único que dirija el camino de la elaboración de un vino, ya que cuando la carinyena crece en suelos pobres como las pizarras del Priorat o del Empordà, esto parece mitigar los problemas del protagonismo del alcohol y convierte a los vinos resultantes en más redondos y agradables. La carinyena que goza de una larga maduración generalmente es la que más me gusta, aunque debo admitir que cuando se vendimia antes produce vinos más fáciles de acompañar con la comida. Si te bebes una cariñena potente del sur con quesos fuertes –sobre quesos azules–, el resultado será horrible. Dos maravillas compiten por la atención como si Jackson Pollock hubiera pintado una obra sobre una escultura de Rodin. Para mí, estas cariñenas se disfrutan mejor con carnes asadas, sobre todo cordero.

La única cosa de la que me arrepiento cuando escribo sobre la carinyena es la de tener que compartir estos vinos con los demás ya que, egoístamente, quiero guardármelos todos para mí y mis amigos. Me preocupa que, si un día les llega la explosión de popularidad, los precios de las carinyenas más especiales, las de viñas viejas de pequeñas parcelas únicas, se pondrán por las nubes como ha ocurrido con muchos vinos de Borgoña y ya no me las podré permitir con mis magros honorarios de periodista. Si esto sucede, tendré que resignarse por mi sufrido bolsillo, pero también me alegraré de que finalmente se haya enderezado la mala fama actualmente nada merecida de esta uva. Y también sería positivo para inspirar a otros a elaborar vinos varietales de calidad con esta deliciosa uva en el futuro, y para evitar de una vez por todas que nadie más arranque una cepa antigua, ignorando de lo que es capaz con el cuidado adecuado.

Miquel Hudin
Miquel Hudin es un sumiller californiano que se trasladó a Cataluña en 2012. Es el autor de la serie de libros Vinologue sobre regiones vinícolas, incluyendo la DO Empordà, DOQ Priorat y DO Montsant en Cataluña. Ha ejercido de juez en varios concursos y competiciones en diferentes países, como los Premios Decanter del Reino Unido o el Concours International de Lyon en Francia. También es un colaborador habitual de las revistas Decanter, World of Fine Wine y Harper’s, entre otros, y en 2017 fue galardonado con el premio al mejor escritor sobre vinos y bebidas para Fortnum & Mason.

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