Día de vendimia

Por David Carabén

Me levanto en el Hotel Condes de Urgel bastante pronto. Teniendo en cuenta que ayer tocamos, es totalmente inusual que lo haga antes de las diez. El sol entra radiante en la habitación cuando abro las cortinas. No hay gran cosa que ver, en el exterior. Ni que escuchar. El aislamiento sonoro de la habitación enmudece el coche solitario que cruza de izquierda a derecha mi vista y desacelera antes de entrar en la rotonda. El hotel se encuentra en la zona industrial de las afueras de Lleida, en el triángulo que forman la LL11, el río Segre y la Avenida Victoriano Muñoz. Muy cerca, está la Fábrica San Miguel, que es donde tocamos ayer.

Desde hace unos años, las marcas de cerveza han abierto sus fábricas al público y las lucen con orgullo. Después de participar en el estallido de los festivales de rock de la primera década del siglo, las cerveceras han coincidido, en la segunda, esforzándose en demostrar que elaboran un producto de proximidad. Es verdad que, a nivel comunicativo, la cerveza, como la leche, siempre ha jugado la carta del arraigo, de la identificación con un territorio, más o menos real, más o menos inventado. ¿El Mediterráneo, donde nació Serrat y al que cantaba Moustaki en Le Métèque, no es una manera brillante de superar todas nuestras disputas identitarias en favor de una patria neutral y fantástica, sin ejército, sin policía? Aquí, nuestro mar vende discos y cerveza. En Norteamérica, en cambio, parece ser que vende vino. Dice que uno de los efectos más inesperados del éxito de la dieta mediterránea en Estados Unidos, fue el aumento espectacular del consumo de vino. Entonces, ¿de dónde sale esta obsesión por las fábricas?

Hay sigo dándole vueltas mientras desayuno e, incluso después, mientras cargo el equipaje en el coche y cojo la carretera hacia el sur. Contra la idea de que las latas de cerveza aparecen por generación espontánea en la nevera de un súper, las fábricas nos recuerdan que la cerveza se fabrica, se produce, se elabora.

El día es espléndido. Ayer llovió a rachas, y hoy el aire limpio define con precisión los contornos de todas las cosas. Los verdes estallan casi eléctricos a ambos lados de la C12. La columna de humo que escupe la enorme chimenea de la central nuclear de Ascó parece de algodón y la zona industrial de Flix no me parece tan siniestra cuando cruzo el puente. Sobre los lodos contaminados por Ercros, el Ebro salta vivo y azul. Debo tener los neurotransmisores bombeando serotonina. Hicimos un buen concierto, anoche. Pero tampoco lo suficiente como para tener el ánimo tan exaltado. Sin duda, tiene más que ver la perspectiva de lo que me espera hoy en Falset. He quedado con la familia y los amigos del Sergi Montalà y de Salvi Moliner, con quien hacemos los vinos de Mishima, para vendimiar una cuesta de viñedos centenarios de Samsó (Cariñena). Tienen en mente elaborar un vino de parcela para celebrar el décimo aniversario de Estones Vins, en 2018.

Sólo llegar a la bodega, que ocupa una antigua discoteca en el polígono industrial de Falset, abuelos, parejas, amigos y niños, nos distribuimos por coches y nos vamos hacia el Mas d’en Fornós, entre La Serra d’Almos y Els Guiamets. Los racimos oscuros nos esperan voluptuosos, bajo las hojas manchadas de otoño. ¡Qué placer notar su peso, cuando los sostenemos delicadamente unos instantes antes de dejarlos en las cajas! El trabajo no es complicada ni muy exigente, así en familia, y para los que aún no lo hemos hecho tantas veces, viene acompañada de un vocabulario que tintinea en los oídos del neófito como el argot de una sociedad secreta. El carroll [en catalán] es la uva que no cosecharemos, porque ha brotado más tarde. En lugar de hojas, di pámpanos. El sarmiento sostiene el racimo y el raspón los granos. Al volver a la bodega, hacemos el despalillado con la máquina y vertemos la uva en las barricas de roble abiertas donde deberá fermentar con el pie de cuba que hemos hecho en la viña.

También es por eso por lo que estoy aquí. Por este nuevo idioma. Y por tantas otras cosas. Empar Ballester, por ejemplo, la madre de Sergi, ha preparado una ensalada de xató espectacular y un fricandó que quita el hipo. Regados con los magnums que van descorchando sin manías, si fuera por mí, vendimia cada día. Pero no es sólo eso.

Gracias a la música descubres una manera muy peculiar de viajar, de conocer y de relacionarte con el país. Muchas veces tocas en lugares que desconocías, y durante el concierto estableces un grado de complicidad con la gente que acude a escuchar y a cantar contigo las canciones, así que, necesariamente, te implicas emocionalmente. Al principio bastaba con ello, con la efímera intensidad de este acto de comunicación. Pero de manera natural, con el paso de los años, tal vez empujados a profundizar la relación con el territorio donde nuestra música tenía sentido, tal vez celosos de cómo es de transversal y universal, los Mishima hemos terminado haciendo vino. Como si hacer vino arraigara nuestra música. Como si hacer música alzase el vino.

David Carabén
David Carabén (1971) es líder, letrista y cantante del grupo Mishima. Licenciado en Ciencias Políticas, ha ejercido de escritor, realizador de televisión, traductor y presentador en Barça TV y del programa musical Nit i Terra en Betevé. Actualmente a su faceta de artista se suma la de colaborador semanal en La Vanguardia y restaurador, ya que recientemente abrió su propio negocio junto a sus socios Flora Saura (esposa de David y presentadora de televisión) y Zico Judge. Su coctelería La Javanesa -situada en la calle Joan Gamper del Barrio de Les Corts de Barcelona- se inspira en una conocida canción de Serge Gainsbourg.

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