¡Hablad menos, bebed más!

Por Vincent Pousson

España siente el vino. Bueno, es la idea que tiene el turista, el extranjero que cruza la frontera en Hendaya o el Pertús. Yo mismo lo he creído durante mucho tiempo. Antes de vivir allí, antes de darme cuenta que finalmente el extranjero aquí es él mismo, el vino.

No percibáis ninguna provocación en estas palabras, Es sólo un hecho, una imprenta fría y lucida. En primer lugar, porque hay cifras. Desde Sevilla a Barcelona, desde Madrid a Bilbao, ya no se bebe vino. No demasiado, vaya. Se consumen 21 litros por persona y año, ¡incluso contando el inmenso flujo turístico en este cálculo teórico*!

Es muy poco, dos veces menos que en Italia, Portugal o Francia, para poner como ejemplo los principales países productores vecinos. Y por debajo de Bélgica, Alemania, Australia, Austria, Suiza, Uruguay, Grecia o incluso Eslovenia o Rumania. España se encuentra en el primer lugar en lo que se refiere a la superficie de viñedo, ¡y se sitúa el trigésimo dentro del ranking mundial en lo que se refiere al consumo!

En lugar del vino se prefiere la cerveza y las sodas ultra azucaradas. El consumo de Coca-Cola ocupa los primeros lugares en el ranking. Este veneno del que España se ha convertido en uno de los primeros adictos de Europa (sin llegar por suerte a los niveles de contaminación de los “campeones del mundo”, los mexicanos). Es curioso que en una nación donde las reivindicaciones nacionalistas van en aumento, donde se reivindica la identidad, se someta, como si se tratara de una apisonadora, a tal destructor de culturas como es la Coca-Cola.

Para continuar con la constatación, falta lo esencial: el porqué. Cada uno evidentemente tiene sus explicaciones que suelen giran alrededor de la justificación. El clima mediterráneo, la crisis, los precios… Todo esto no permite una valoración seria. Hace calor en Uruguay o Australia, Grecia y Portugal han visto caer sus indicadores económicos, una botella cuesta una fortuna en Suiza o en Bélgica. Entonces, más que jugar a ser sociólogo, sólo voy a contar una anécdota. Es reciente, pasó hace unos 15 días en Barcelona.

Andreas Larsson, uno de los pocos mejores sumilleres del mundo, pasaba una semana en Monvínic para degustar un centenar de vinos españoles. Nos vimos el jueves por la noche después de conocer a unos aficionados y unos viticultores. Y bebiendo dos o tres botellas, este gigante me contaba que, por primera vez en su vida, no había conseguido terminar la degustación de una serie de muestras, 60 en concreto. Hundí mi nariz en las copas de las muestras en cuestión (Priorat, Montsant y Penedés) y no me hizo falta mucho tiempo para comprender el porqué. La mayor parte de los vinos eran pesados, muy alcohólicos, sobre-maduros, a menudo cerrados en una caja de madera, con aromas tecnológicos que quitaban las ganas de dar un sorbo. “¡Algunas noches –me explicaba Andreas– salía de allí y no quería saber nada más de vino!”. Sólo una manzanilla o un buen fino podían sacarlo del apuro. De hecho, nunca nos cansaremos de repetir la clase y lo bien que se beben (lo que sería la buvabilité, en francés) estos auténticos tesoros ibéricos.

Buvabilité, ya he lanzado la palabra. Aún a riesgo de parecer simplista y de levantar las críticas de los que elaboran vinos básicos, si bebemos pocos vinos españoles es porque muchos de ellos, demasiados, son difícilmente buvables. No todos se parecen a esas caricaturas parkerizadas**, a esas sopas de roble salidas de los años 90, pero este modelo anticuado, tan pesado como sus botellas de un kilo, continúa presentándose demasiado y muy a menudo al gran público como la referencia de lo que se debe que beber. Y cuando por desgracia, bebemos un sorbo y no tenemos ganas de ir a por el segundo.

También, siguiendo con las caricaturas, han aparecido numerosos vinos naturales como por inercia aquí y allí. Más que seguir la moda de dejarse barba y de tatuarse sus vinos a la volátil, la (muy) joven viticultura artesanal española necesita, en mi opinión, una búsqueda de sinceridad. Se empiezan a explorar algunos caminos, más en el oeste y el noroeste, acercándose más a la uva. ¡Mejor para nosotros, pobres bebedores!

Porque de lo que se trata es de beber. Sin querer parecer radical, beber más y hablar menos***. La España del vino se pierde en el análisis, el esnobismo, el blablablá. Se ahoga en los simposios, las masterclasses, las degustaciones comentadas. Gente que ha descubierto el vino hace un par de años escriben libros para sabios, ruedan películas, nos explican cuentos chinos. Enólogos a cal y canto, sommeliers ineficaces, se duda, se examina, se dan discursos, se es quisquilloso (encule les mouches, como se dice en francés). Y, a fin de cuentas, los consumidores están confusos, asustados por estos penosos Diafoirus que a golpe de un hermético argot hacen que el tema aburra, sea inaccesible, lejano. Hacen que el vino sea triste.

Más que estos hectolitros de palabras, son copas y descorchadores lo que este país necesita para dejar de hacer el ridículo. Para reencontrar un nivel de consumo digno de su rango. Para que la boca que sirve para hablar, sea también la que ama beber.

*Es evidentemente en las regiones más turísticas donde se consume más vino: Baleares, Catalunya, Valencia, Madrid, Canarias.
**Por suerte, aquí también las cosas han cambiado, el Wine Advocate, bajo la dirección de Luís Gutiérrez, se interesa por vinos más refinados que antes.
***Nosotros, los franceses, tenemos una expresión (relacionada con el sexo y no con el vino) que resume bien la situación: “son los que más hablan los que menos hacen”.

Vincent Pousson
Nacido en una vieja añada, excepcional en Rioja y Saint-Émilion, empezó desde muy temprano la carrera de reportero (Sud-Radio, RMC), así como de presentador. Sin olvidar algún flirteo con la prensa escrita (creador de L’esprit du Sud-Ouest), distrayendóse un poco con la publicidad, (L’esprit du Languedoc, L’esprit corse, etc…) y una concupiscencia reconocida por los libros (D’amour & de vin, La cuisine de la Tupiña, Légumineuses réflexions…). También se ha fijado en la fotografía (argéntica, más poético) y en el diseño gráfico (etiquetas, etc.), así como en todo lo relacionado con el vino, de forma literal o figurada, pero nunca en sentido negativo. Apetito insaciable por la cocina natural (que practica igualmente con la ocasión de grandes eventos) y su sed inextinguible por los vinos puros. Miembro del club de fans de Hubert de Montille, es libre pensador y bebedor. Actualmente, también es el autor del blog  Ideas líquidas y sólidas, por el que recibió el premio a Mejor bloguero del año por La Revue des Vins de France

Deja un Comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *