Tres sainetes

Arturo Pardos. Duque de Gastronia

1.- Esta chica soy yo

Me llamo Li, y soy pianista.
Tenía yo, entonces, veintitrés años.
Me gustaba mucho Fa, un chico de Arquitectura.
Reservé una mesa para dos personas, a mi nombre, en el restaurante Fu.
E invité a Fa a cenar conmigo en Fu.
Fa aceptó encantado.
Quería yo seducir a Fa, y Fu era el restaurante más fino de la capital.
Entramos los dos en Fu, yo delante.
Le dije al recepcionista:
–¡Buenas noches! Soy la señora Li. He reservado una mesa para dos personas.
Una vez sentados, se acercó el sumiller a nuestra mesa.
Le preguntó el sumiller a Fa:

–Perdón, señor, ¿desean ustedes tomar algún aperitivo?
Fa me miró.
El sumiller se volvió y me miró.
El sumiller se llamaba Ki (su nombre estaba bordado en la camisa).
Me dijo Ki, muy sonriente:
–¿Una copita de vinito rosadito fresquito para la señorita…?
Le respondí a Ki que “me gustaría ver la carta de vinos”.
Volvió Ki con la carta de vinos y se la ofreció a Fa.
Se marchó Ki.
Fa me pasó la carta de vinos.
Elegí el champagne y llamé a Ki.
Le pedí a Ki la botella del champagne elegida por mí.
Al rato, volvió Ki con la botella y se la presentó a Fa.
Fa le dijo a Ki que me la mostrara a mí.
Ki me enseñó la botella.
Comprobé que era la solicitada por mí y la acepté.
Ki la descorchó en el gueridón.
Trajo el tapón sobre un platillo.
Dejó el platillo con el tapón ante Fa.
Fa le dijo a Ki que el platillo era para mí.
Ki tomó el platillo y me lo puso ante mí.
Volvió Ki al gueridón y cogió la botella.
Se detuvo ante Fa y le dijo a este:
–Perdón, señor, ¿desea usted probar el champaña?
Fa le dijo a Ki que lo probaría yo.
Ki me dio a probar el champagne.
Lo probé y lo aprobé.
Me dijo Ki:
–¡Muchas gracias, señora!
Y, entonces, me sirvió.
A continuación, sirvió a Fa.
Con la segunda botella de vino que pedí, pasó lo mismo.
E igual con la tercera.
A la cuarta, ya nos dio igual a Fa y a mí lo que hacía Ki.
Etcétera.
Al final, le pedí la cuenta al camarero, de nombre bordado Le.
Le le trajo la cuenta a Fa.
Fa me pasó la bandeja con la nota.
Deposité mi tarjeta de crédito en la bandeja.
Vino Le y cogió la bandeja con mi tarjeta.
Me dijo Le:
–¡Muchas gracias, señora!
Se marchó Le.
Volvió Le y depositó la bandeja ante Fa.
Fa me volvió a pasar la bandeja.
Firmé el resguardo.
Dejé una generosa propina en la bandeja.
(El servicio había sido muy simpático y excelente la comida.)
Volvió Le y cogió la bandeja.
Al ver la propina, se dirigió a Fa y dijo:
– ¡Muchas gracias, señor!
En la puerta, me preguntó Ki:
–¿Le gustó el rosadito fresquito que le recomendé, señorita?
Le recordé que no lo había tomado, que había pedido champagne.
Ki me contestó, sonriendo, disculpándose:
–Es la costumbre, ¿sabe usted?
Miré a Fa. (Creo que suspiré.)
Salimos Fa y yo a la calle.
Fa, admirado, me dijo al oído:
–¡Eres maravillosa, Li!
Pues, eso.

Pasaron diez años y estuvimos Fa y yo muy unidos.
Y eso a pesar de que Fa se enteró que Ki, el sumiller de Fu, era mi hermano, y Le, el camarero que nos atendió, mi padre, que, por cierto, era el dueño de Fu.
Le y Ki sabían lo mucho que me gustaba Fa.
Y yo les había dicho, triste, que Fa era un poco machista.
Aquella noche, Le y Ki actuaron para mí.
Gracias a la forma de comportarse Ki y Le, Fa entendió.
Y por eso me dijo: “¡Eres maravillosa, Li!”.
Hoy, ya muy anciana, recuerdo aquel tiempo de inocencias.
Estoy sola.
Murió Ki, murió Le y cerró Fu.
Y Fa también murió.
Soy viuda, pero tengo champagne.
A las 19:00 horas, en la residencia dicen:
–¡A ver, el champán de la viuda, que es la hora!

        2.- Las aventuras del Cogote

        (Año 1995. En un restaurante de la plaza de Chueca de Madrid, un cliente pide una copa de Cogote, un aguardiente de manzana, semejante al calvados francés, pero hecho en España.
El sumiller trae la botella de Cogote y se la muestra al cliente. Este mira con detenimiento la etiqueta y le da el visto bueno. El sumiller sirve.
El cliente contempla el aguardiente al trasluz, lo huele, remueve la copa, lo vuelve a oler, lo prueba y dice, feliz: 

CLIENTE:
–Llevo tiempo afirmándolo: ¡En España tenemos un calvados tan bueno como en Francia! ¡O mejor aún!

SUMILLER (sonriendo):
–¡Muchas gracias, señor!

         (El cliente pide la nota, paga y se marcha encantado.
A los pocos días, este mismo cliente solicita una copa de Cogote en un conocido restaurante de gran lujo. El sumiller le trae la botella y se la muestra. El cliente escruta la etiqueta y da el visto bueno. El sumiller sirve.
El cliente mira el aguardiente al trasluz, lo huele, remueve la copa, lo vuelve a oler, lo prueba y dice, empujando la copa:)

CLIENTE:
–¡Esto no es Cogote!

SUMILLER (desconcertado):
–¿Perdón, señor…?

CLIENTE:
–Le digo que no es Cogote

         (El cliente vuelve a probar el aguardiente.)

CLIENTE:
–Conozco bien el Cogote y este aguardiente sabe a madera, alcohol y manzana, pero las tres cosas por separado, sin conjunción, sin armonía.

SUMILLER (preocupado):
–Señor, este Cogote es auténtico y yo mismo he descorchado la botella…

CLIENTE (condescendiente):
–No pongo en duda su honradez. Pero he tomado Cogote hace unos días en un restaurante de Chueca, y ¡no tenía nada que ver con este!

SUMILLER:
–Señor, yo…

CLIENTE (suavemente):
–El Cogote de Chueca era delicioso, fino, exquisito… (una pausa, mientras huele de nuevo la copa) ¡Este parece de garrafón!

SUMILLER (muy ofendido):
–¡Señor, por favor! ¡En esta casa nunca hemos…! (etcétera)

***   ***   ***

     (Ahora, otra versión. El sumiller de Chueca rellenó una botella de Cogote
vacía con el gran Calvados X*, más caro –o quizá no– que el Cogote.
    ¿Por qué actuó así el sumiller de Chueca? ¿Por qué el sumiller de Chueca le sirvió al cliente el Calvados X* que estaba dentro de la botella vacía del
Cogote, en vez de servirle Cogote de una botella de Cogote con Cogote?
    ¿Un comedor de gulas congeladas se sentiría, acaso, defraudado si, tras pedir unas ‘gulas congeladas a la bilbaína’, le sirvieran ‘angulas frescas a la bilbaína’, y le cobraran estas al precio de aquellas? Etc.
    Además, el cliente de Cogote X* se iría encantado, afirmando: «¡En
España, no tenemos nada que envidiar a Francia!».
    Al sumiller de Chueca nadie podría acusarle de rellenar botellas con
«cosas peores». ¿Y en el restaurante de lujo?)

      ***   ***   ***

SUMILLER (sardónico):
–A lo mejor el aguardiente que no era auténtico era el del restaurante ese de la plaza de Chueca. Por esa zona, ya se sabe…

CLIENTE (irónico):
–¡Caramba, lo que faltaba! ¡Sería la primera vez que alguien sirve un Petrus a cambio de un vino de tetrabrik! El de Chueca era el Cogote exquisito y auténtico que yo conozco, el que tomo siempre allí.

SUMILLER (altivo):
–Si me lo permite el señor, voy a abrir ante usted una botella nueva.

CLIENTE (en un aparte, suspirando):
–El Señor te lo permite, hijo; el Señor es todo misericordia…

    (Trae el sumiller una botella precintada de Cogote, se la enseña al
cliente, la compara con la anterior confirmando que son idénticas, la abre,
se sirve en una copa de cata, mira, huele y prueba.)

SUMILLER (serio y seguro de sí):
–Es idéntico al anterior, señor. ¡Es el mismo Cogote!

         (Se lo da a probar al cliente en una nueva copa.)

CLIENTE (lo prueba y dice, suave y cruelmente):
–He de admitir que tiene usted toda la razón… En efecto, este segundo Cogote es igual que el primer Cogote que me sirvió, el de esta otra botella de Cogote. Pero, al ser iguales ambos Cogotes, son, evidentemente, tan mediocres el uno como el otro…

SUMILLER (abriendo mucho los ojos):
¡Señor, el Co…!

CLIENTE (interrumpiéndole):
–A lo mejor sucede como en aquellas películas españolas de hace años, y coexisten dos versiones distintas del Cogote: una para el restaurante de Chueca y otra para las casas de postín…

***   ***   ***

         Comprobación empírica muy recomendada para catas: el sumiller sirve en dos copas idénticas la misma cantidad de aguardiente
de dos botellas del mismo formato envueltas en papel de aluminio, de modo a no poder identificarlas con la vista.
Una contiene Cogote y la otra el Calvados X*.
A continuación, se le pide al cliente que, sin pronunciar palabra, los pruebe ambos.
A los 7 segundos –suena una campanilla, avisando–, que empuje una de las copas,
sentenciando con este sencillo gesto el aguardiente que rechaza. En los experimentos realizados en la Mesa Crítica de Chueca,
el catador empujaba siempre la copa del… ¿Cuál de los dos aguardientes era el rechazado? ¿Y por qué?
La naturaleza delirante de estas cuestiones permite a este sainete prolongarse ad
libitum
y ad infinitum. Así, por ejemplo:

  1. El cliente rechaza la copa que contiene el Cogote.
  2.  El cliente rechaza la copa del Calvados X*.
  3.  El cliente duda y no sabe cuál de las dos rechazar.
  4. El cliente es un timorato y elige uno cualquiera, sin criterio alguno. ¿Cuál?
  5. En cada elección el cliente da o no explicaciones (necias, inteligentes, profesionales, de aficionado…) acerca de los dos aguardientes, motivando su elección. Y se equivoca o no se equivoca. Y acierta o no acierta.
  6. El sumiller tiene una opinión opuesta o igual a la del cliente.
  7. El sumiller sí ha rellenado con aguardiente de garrafón una de las dos botellas.
  8. El sumiller que ha rellenado la botella es descubierto, pero se defiende negando ser el autor. O no lo niega. O no se defiende. O se hace el sueco. O nada…
  9. Interviene un vecino de mesa que se dice ser un ‘experto’, o no.
  10. Interviene, o no, un afamado crítico de calvados, que pasaba, o no, por ahí.
  11. Interviene un asturiano patriota, o no, que se siente herido, o no, en su acervo…

***   ***   ***

El lector SIC (sensible, inteligente y culto), usted, aprecia de inmediato las notables posibilidades combinatorias que ofrece este sainete.
¡Ah!, y se preguntará usted por qué eso de los ‘siete segundos’ y campanilla. Se lo revelo: ‘7 segundos’ es un MacGuffin, un viejo y exquisito whisky escocés que…, etc.

3.- El tapón de la bañera

         A mediodía, limpié la gran bañera y la llené de agua.
La bañera está en la terraza de mi casa, y mi casa en medio del campo.
El campo donde se halla mi casa, toda pintada de rojo inglés, es La Mancha.
Era el 29 de junio, fiesta de san Pedro y san Pablo, y hacía mucho calor.
Por la noche, el agua de la bañera estaría a la temperatura ideal.
Deseaba yo compañía para beber champagne en la bañera, por la noche.
Así que salí de La Maison Rouge y me fui al Bar de la ciudad.
Cuando entré en el Bar, Cli estaba sola en la barra.
Cli era una hermosa mujer madura vestida con poca ropa.
Cli me dijo estar harta de los chicos ‘pesados’:
–Los chicos pesados son los que no paran de hablarte del champagne.
Los chicos pesados lo sabían todo del champagne, todo, y se lo repetían:
–Que sí brioche, tabaco, fresillas, mantequilla, horno, maloláctica…
Según esos chicos, el champagne se está poniendo de moda en España.
Un chico pesado y guapo le había dicho a Cli que una botella de champagne contenía doscientos dieciséis millones de burbujas. Y se lo escribió así: 63 x 106, caligrafiándoselo con un rotulador naranja indeleble, aquí. “¿Dónde, Cli?”, le pregunté. “¡Aquí, To!”, me dijo Cli, sonriendo y abriéndose un poco más la blusa azul, de por sí ya muy abierta. Fue cuando me enseñó Cli dónde aquel guapo chico pesado le había escrito ayer 63 x 106: sobre la areola del pezón izquierdo. Pero el chico lo había escrito en números romanos: VIIII . XVI.
–¿Por qué en romanos, Cli?  –le pregunté.
–¡Las curvas me dan risas, To! –me respondió Cli, riendo– Los palitos, no.
Hacía siete minutos que me acababa de acomodar en la barra, cerca de Cli.
El camarero le había servido una copa de champagne y le ofrecía el tapón.
–¿El tapón…? –le preguntó Cli al camarero; y yo miraba.
–Sí, señora –le respondió el camarero a Cli–. El tapón.
Fue entonces cuando al camarero se le escapó el tapón, el cual, rodando sobre
la barra, acabó entre mis dedos, que cerré. Alcé el tapón, lo miré, lo palpé, lo olí y hablé.
–¡Oh! –exclamó Cli, admirada por lo que dije–. ¡Cuánto sabes!… ¡Me llamo Cli!
–¡Encantado, Cli! ¡Yo me llamo To!
El camarero, tan asombrado como Cli, me miró y sacudió la cabeza.
Cli me dijo que le gustaba mucho mi nombre.
No sé a cuento de qué, pero mencioné mi bañera de agua calentita, gracias al sol.
Me dijo Cli que a ella le gustaba mucho el champagne, pero que nunca, “¡Nunca –me repitió, con pasión– lo he bebido en la bañera, ni sola ni en compañía…!”.
–¡Arquímedes, tampoco! –dije.
–Es cierto…, ¡Arquímedes, tampoco! –repitió Cli, emocionada.
Fue entonces cuando Cli me confesó estar harta de los chicos ‘pesados’.
Me contó Cli que los chicos con los que salía y bebía champagne –a Cli le gustaban los chicos y el champagne– eran muy guapos y le hacían el amor con cariño, pero eran unos pesados, porque repetían siempre lo mismo sobre el champagne.
–¡Y yo me lo sé ya, To! –me dijo Cli–. ¡Quiero aprender algo nuevo!
Supe, de inmediato, que yo sabía algo que ni ella ni los chicos sabían.
–¿Sabes cómo se dice ‘burbuja’ en griego, Cli? –le pregunté, de sopetón.
Al no saber griego, Cli no se podía esperar que un hombre le preguntara eso.
–Dime cómo se dice burbuja en griego, To… –me rogó Cli, ya excitada.
Φυσαλίς –le dije, en griego clásico.
–¿‘Burbuja’ se dice en griego ‘fisalís’, como la fruta? ¡Oh, cuán bella cosa!
–Así es, Cli. Como la fruta. Porque la fruta fisalís tiene forma de burbuja.
–¡Me encantan los fisalís, To! ¡Y van muy bien con el champagne!
Cli había aprendido algo nuevo. Necesitaba, pues, aprender algo más.
–Tengo champagne, fisalís, música y bañera con agua calentita en casa, Cli.
Hacía trece minutos que nos conocíamos y ya íbamos a La Maison Rouge.
–¡Cuánto voy a aprender hoy, To! –me dijo Cli al subir a la terraza, desnuda.
–¡Empezaremos contando juntos fisalís y burbujas! –le dije a Cli, desnudo.
–¡Oh, To!…–se emocionó Cli.
–El tapón de la bañera te ha de conmover, Cli.
–El tapón, siempre el tapón… –suspiró Cli.
Sentados en la gran bañera, dentro del agua deliciosamente tibia, el uno enfrente del otro, las Suites para Violonchelo de Johann Sebastian Bach por Pablo Casals tejiéndonos la noche, un cuenco lleno de fisalís sin hojas para cada uno sobre el borde de la bañera, el champagne en cubitera sobre la mesita, dos copas de baccarat moldeadas en el seno derecho de la reina Marie-Antoinette de Francia, y la luna llena en la cima puntiaguda de un ciprés. Abrí la botella. Miré el tapón, lo palpé, lo olí pero no hablé, y lo dejé en el agua, ante mí. Serví las dos copas. Le ofrecí una a Cli. Tomé la otra. Alzamos las copas. Tendimos los brazos y hicimos chocar las copas: el sonido se hizo Suite. Bebimos. Y habló Cli:
–Me gustaría ver el tapón, To. ¿Me lo pasas…?
Al decirme, seductora, “¿Me lo pasas…?”, se le alborotó en erección el pezón izquierdo a Cli y se le contrajeron los VIIII x XVI fisalís garabateados en la areola. Y, entonces, aconteció aquel prodigio que a los cielos manchegos turbaría por los siglos.
Bajo la luz inclemente de la luna llena, mis manos fuera de la bañera, una con un fisalís entre los dedos y la otra con la copa…
–¡Oh, es prodigioso! –acertó a balbucear Cli, al coger el tapón, bajo su copa.
En efecto. Al decirme Cli “¿Me lo pasas…?”, el tapón que inerte flotaba sobre mis muslos alertas, comenzó a deslizarse sobre el agua, como poseído por un ignoto impulso. Sin manos. Y no hacía viento.
Al día siguiente, me dijo Cli:
–¡Hay que ver cuánto he aprendido de champagne! Se lo contaré a mis chicos.
Mi juego con el “tapón de la bañera” no me ha fallado nunca.
Me preguntó un amigo cómo lo hacía, porque a él no le salía.
Se lo conté así: “A mediodía, limpio la gran bañera y la lleno de agua.
La bañera está en la terraza de mi casa, y mi casa en medio del campo.
El campo donde se halla mi casa pintada de rojo inglés es La Mancha.
Hoy es 29 de junio, fiesta de san Pedro y san Pablo, y hace mucho calor.
Por la noche, el agua de la bañera estará a la temperatura ideal y…”
–¡Basta! –me interrumpió mi amigo–. ¡Me estás contando lo mismo!
Para él, ¡era “lo mismo”! Son todos lo mismo: ¡tienen tapones en los oídos!
Ahora bien, dime tú: ¿cuántos saben cómo se dice ‘burbuja’ en griego?
¿Y cuántos, que lo saben en el momento preciso, lo dicen?
Porque saber de champagne es, siempre, saber algo más.
–Ven a la bañera y te lo contaré… Y pondré el tapón.  

FIN

Arturo Pardos Batiste, Duque de Gastronia
Es escritor y conferenciante, arquitecto, pintor y dibujante. Profesor (de 1967 a 1985) de Análisis de Formas Arquitectónicas, Dibujo Técnico y Elementos de Composición, asignaturas de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid. Asimismo, preparó alumnos para el examen de dibujo del Ingreso en Bellas Artes. Dibujó en La Codorniz (ARTURO), y ganó la Paleta Agromán en 1966. Colaboró en numerosos diarios y revistas. Ha impartido centenares de conferencias sobre arquitectura, pintura, dibujo, música, estética, diseño, matemáticas, comunicación, prestidigitación y gastrónica en Madrid (Museo Español de Arte Contemporáneo, Escuela T.S. de Arquitectura, Escuela de Bellas Artes, Centro Cultural Conde Duque, Ateneo…), La Coruña (Escuela T.S. de Arquitectura), Bilbao (Biblioteca Pública Municipal), Barcelona (Museo de la Ciencia de la Caixa), Málaga (Universidad), Murcia (Universidad)… Es especialista en la obra pictórica de Dalí (tres libros inéditos). En 1985, en la plaza de Chueca de Madrid creó con su esposa Stéphane su restaurante La Gastroteca de Stéphane y Arturo, desarrollando la Gastrónica. En 2002, clausuraron La Gastroteca para irse a vivir a La Maison Rouge, en Alcabón (Toledo), con el fin de dedicarse a la escritura, la pintura y las conferencias. Ha publicado seis libros, Crítica de la gastronomía pura (Introducción a la gastrónica), R&B Ed. (San Sebastián, 1995), Premio Internacional de la Crítica en el Ve Salon International du Livre Gourmand (Périgueux, Francia, 1998); El ocaso de las paellas (R&B, Ediciones, San Sebastián, 1998); En busca del Cocido de Oro (R&B, San Sebastián, 2000), Premio al libro mejor ilustrado (los dibujos son del autor) en el VIe Salon International du Livre Gourmand (Périgueux, Francia, 2000); El poema negro (Ediciones EEGEE-3, Madrid, 2001), poesía; Cómo quiero que me sirvan el vino (Alianza Editorial, Madrid, 2001), Premio al mejor Libro Profesional sobre el Vino publicado en España en 2000 en el VIe Salon International du Livre Gourmand (Périgueux, Francia, 2000), Premio al Mejor Libro Gastronómico Salón de Gourmets 2012. (Va por su 3ª edición.) Premio al Mejor Libro Publicado en el Mundo en 2012, The Best Drink Education Book in the World, en el GOURMAND World Cookbook Awards 2012, en París; Dios no fuma, 2012 (Editorial La Oficina, Madrid), ensayo.

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