Añada 2017 en Alfaro, Rioja Oriental por Álvaro Palacios

Descubre todos los vinos del 2017 de Álvaro Palacios en la Rioja

Suave y adelantada primavera tras un invierno de heladas

Como lleva sucediendo durante los últimos años, el retraso en la llegada de las estaciones hizo que el invierno apareciera tarde, aunque con intensidad, en nuestro viñedo de las faldas de la sierra de Yerga.

Las continuas heladas, las precipitaciones inusualmente abundantes, la nieve persistente en las cotas altas del Sistema Ibérico… Todo ello marcó la temporada invernal, hasta que la subida de temperaturas al inicio de primavera provocó un importantísimo adelanto en la brotación, de 25 días con respecto a 2016.

Por fortuna, nuestros viñedos no se vieron afectados por la severísima helada de los días 27 y 28 de abril, que atacó en mayor o menor medida casi todas las regiones vitícolas más relevantes de Europa, reduciendo la producción de esta añada a niveles que no se veían desde la Segunda Guerra Mundial.

En nuestra zona de la Rioja más oriental, unas temperaturas más altas de lo habitual nos trajeron una floración adelantada (el 20 de mayo en La Montesa y tres días después en Valmira) y un cuajado sin problemas.

Las vendimias más precoces en 20 años

Durante la primera mitad del verano, lluvias secuenciales aportaron a nuestros suelos el agua justa para el perfecto desarrollo de la vid. Conseguimos así un equilibrio absoluto en el estrés hídrico, que se truncó en agosto: los 39 litros de lluvia registrados ese mes no llegan a ser aprovechables por la planta pues caen en forma de tormenta.

Se producen entonces los primeros síntomas de estrés, que unidos a las altas temperaturas de la última mitad de agosto y de primeros de septiembre, obligan a la planta a retener algo de agua de los racimos para su supervivencia. Las primeras previsiones apuntaron a una reducción de la producción del orden del 15% respecto al total de la cosecha.

El adelanto general de la añada provocó el inicio de vendimias más temprano de los últimos 20 años. El día 8 de septiembre, unos 20 días antes de las fechas habituales, empezamos a recolectar la uva, con la inseguridad propia de una cosecha tan incierta. Con un tiempo veraniego durante el día y grandes desplomes de las temperaturas nocturnas, el 12 de octubre acabamos de vendimiar las zonas más altas.

Por la parada de savia propia del estrés hídrico de finales del verano, las uvas no alcanzaron niveles de azúcar muy elevados. Aunque la acidez resultó livianamente más baja que en 2016, las noches más frescas trazaron entre la piel fuerte y la densa pulpa de las bayas, una trama maestra que contiene y enmarca la gran riqueza de las garnachas de esta añada. La sensación asombra por la firmeza del vino, gustoso, limpio y de exquisita y armónica fluidez de los elementos. Es la expresión de la fuerza de la luz en este año de sol sin precedentes.

Más arriba, en las tierras del Quiñón de Valmira, la fuerza y la sutileza se alían para entregarnos los versos mejor escritos, que narran los mil y un detalles de la naturaleza de su entorno único. Frescura altiva, porte erguido y hermosura: un vino mágico que provoca la emoción y detiene el momento. El estado físico del viñedo trasciende en los odres de vino como bálsamo de vida.

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