Beethoven en Casablanca (blues ensimismado)

Por Joan Anton Cararach

«Panal de miel son las palabras graciosas,
dulces para el alma y saludables para el cuerpo.»
Proverbios 16:24

Tenía que ser 2020 un año especial, porque celebramos el 250 aniversario de uno de los grandes genios que ha dado la humanidad, Ludwig van Beethoven, y el centenario del nacimiento de otro titán, Charlie Parker. Y sí, desde luego ha sido singular 2020, una metáfora cruel de nuestra fragilidad, de nuestras circunstancias efímeras, con lluvias justo cuando no tocaba y, si me permiten la metáfora, el torvo mildiu acechando nuestros sueños y realidades.

Beethoven es, claro, uno de los mayores monumentos que la historia de la música nos ha legado. Un tipo, cuentan sus biógrafos, que andaba casi siempre desaliñado, entre misógino y misántropo, borrachuzo, hijo de un padre beodo que lo maltrató en su infancia, con problemas físicos como una diarrea constante, desilusionado en una Europa convulsa donde se sucedían las guerras, persiguiendo el favor y las dádivas de los poderosos para ganarse la vida, gruñón, sordo e irascible y, por qué no decirlo, tal vez no la persona con la que uno compartiría con tranquilidad una botella de vino.

Pero ese mismo individuo atormentado y en ocasiones feroz escribió música bellísima, aquella que acompaña año tras año (las sonatas para piano y los cuartetos de cuerda, por ejemplo) como un espejo en el que mirarse y cuestionarse sin descanso. Música con la que uno convive con la esperanza y el goce de ir descubriendo en cada nueva escucha coordenadas y pistas. «Su reino no es de este mundo», dejó escrito su contemporáneo el escritor y crítico musical E.T.A. Hoffmann, que instauró la visión romántica todavía hoy vigente que identifica al compositor alemán como el mesías del pentagrama que se sobrepuso a todo para crear una música inmortal para la que a menudo no tenemos respuesta más allá del pavor, la conmoción, el asombro.

¿Qué decir de la Novena sinfonía, esa obra tan maltratada por los conciertos, dado que muchas orquestas la programan sin tener las condiciones artísticas ideales para hacerlo? Esa obra cuyo final, con la Oda a la alegría de Friedrich Schiller, ha estimulado la imaginación de tantos artistas –desde Gustav Klimt con su friso en el Pabellón de la Secesión de Viena al ballet creado por Maurice Béjart–, y también ha servido a ideales de lo más variopinto, desde la Alemania nazi –en la que Beethoven compartía con Wagner el sello de garantía de la superioridad de la cultura alemana– al himno de la Unión Europea, una de las utopías renqueantes de nuestra contemporaneidad. «Vivimos en el valle de la Novena sinfonía», escribió sin reparos en 1967 el musicólogo Joseph Kerman.

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Quiero imaginarme a Ludwig van Beethoven en Casablanca, no la ciudad marroquí, sino la película, tratando a Rick, el personaje de Humphrey Bogart que, tras las muchas decepciones de la vida (entre ellas su participación en el lado republicano de la guerra civil española), no reconoce otra nacionalidad sino la del bebedor.

 

He aquí el diálogo a trío entre el mayor Strasser, oficial nazi, Rick y el burlón capitán francés Renault:

–Mayor Strasser: ¿Cuál es su nacionalidad?
–Rick: Soy un borracho.
(Risas.)
–Capitán Renault: Eso hace de Rick un ciudadano del mundo.

Casablanca, dirigida por un exiliado europeo en Hollywood, el húngaro Michael Curtiz, mezcla un romance imposible y melodramático con la propaganda contra el nazismo, entonces, en 1942 (retengan la fecha; aparecerá de nuevo un poco más tarde), todavía no derrotado y consumando con matemática precisión el Holocausto. Situemos en ese plató a Beethoven, quizá cantando La Marsellesa en una de las escenas épicas de la película, o tal vez antes entonando con los oficiales nazis la patriótica canción alemana del siglo XIX Die Wacht am Rhein (La Guardia del Rin), recordando su decepción con el devenir de su ídolo Napoleón, a quien tenía previsto dedicar su sinfonía número 3 –luego llamada Heroica–, y la deriva de la Revolución Francesa. Un personaje, Ludwig van Beethoven, apesadumbrado en medio de una guerra atroz, con gente de todas las nacionalidades intentando escapar vía Casablanca y a cualquier precio de un destino despiadado.

 

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Regresemos a la Novena, la sinfonía de las sinfonías, la culminación de la carrera de Beethoven, la obra de arte por antonomasia, la pieza que los comentaristas bobalicones definen como el canto supremo a la hermandad, el sello definitivo de bondad del género humano, el testamento último del genio de Bonn. La esperanza traducida en música colosal.

Esa obra que, tras tres movimientos que son puro delirio de belleza, culmina en la Oda a la alegría (An die Freude), el poema entre difuso e ingenuo de Friedrich Schiller que ya había sido musicado antes por otros compositores, entre ellos Franz Schubert. Culmina o, se atreven algunos a decir, se diluye en un cuarto movimiento caótico que es por sí solo otra sinfonía. Demos la palabra al compositor Louis Spohr, que además se enfrentó a la partitura como director de orquesta:

«La verdad, confieso que jamás he sentido ningún placer con las últimas obras de Beethoven. Y sí, entre ellas debo incluir la muy admirada Novena sinfonía, cuyo último movimiento me parece tan feo, tan de mal gusto, y tan barata la concepción de la Oda a la alegría de Schiller, que no acabo de entender cómo un genio como Beethoven pudo escribirla.»

No opina lo mismo el muy melómano Alex, protagonista de la novela de Anthony Burgess La naranja mecánica, convertida en cine por Stanley Kubrick en 1971. Una sátira salvaje de una dureza tal que la película todavía hoy contiene imágenes turbadoras bajo la advocación de Beethoven, a quien Alex invoca poniendo en su equipo de música la grabación de 1958 de la Novena firmada por Ferenc Fricsay (nota al margen: dice la leyenda que Gene Kelly no soportó que se usara Singin’ in the Rain canturreada por Alex durante una escena de violación y apaleamiento).

 

Kubrick, maestro del uso de la música como una protagonista más de sus películas, se deleita poco después con una muy alocada versión de la llamada marcha turca del cuarto movimiento de la Novena (firmada por Wendy Carlos, por aquel entonces Walter Carlos), cuando Alex entra en una tienda de discos y seduce a dos muchachas con las que termina en un trío sexual descacharrante al son de la obertura de Guillermo Tell de Gioachino Rossini. Todo ello bajo la inquisidora mirada de Ludwig van, que es como llama Alex a Beethoven.

 

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Recordemos el argumento de La naranja mecánica: Alex (Malcolm McDowell) es un delincuente juvenil cuyas fechorías le han llevado hasta el asesinato de una anciana en su retiro de yoga (y otras cosas: la imaginería lesbiana no está allí de adorno); una mujer que se resiste e intenta evitar la agresión golpeando a nuestro héroe (es un decir, claro) con un busto de, caramba, Beethoven. Consumado el homicidio (arma: la escultura de un pene gigante), Alex, traicionado por su banda, es detenido y termina encarcelado. Pero en prisión se entera de la existencia de un programa especial, llamado Ludovico (qué casualidad), destinado a la reinserción de delincuentes con métodos digamos poco políticamente correctos, que en su caso consisten en la asociación sistemática de la música de su amado Ludwig van con imágenes de terror y destrucción que incluyen un recorrido por la Alemania nazi y los campos de concentración. Tras unas extenuantes sesiones, Alex, en teoría, se regenera, pero ya no puede soportar sin dolor la música de Beethoven y su salida en libertad no le acarrea más que desgracias y un intento de suicidio inducido tras ser encerrado en una habitación con el segundo movimiento de la Novena (el mismo que antes de pasar por el método Ludovico enloquecía a Alex por su sonido esplendoroso) sonando a todo trapo.

Regresemos a Casablanca. Estamos en 1942. Lejos de Hollywood, en Berlín, la Alemania nazi celebra en abril el 53 aniversario de Adolf Hitler. Entre los fastos, se incluye la interpretación de la Novena a cargo de Wilhelm Furtwängler y la Filarmónica de Berlín, iconos de la cultura alemana, entre imágenes de Hitler y esvásticas y ante la atenta mirada de algunos de los gerifaltes del régimen. Es, sin duda, una de las versiones más conmovedoras de la Novena, pese a estar condicionada por las circunstancias de su interpretación, en cuya tensión desafiante algunos han querido vislumbrar una protesta de Furtwängler, la batuta que se quedó en la Alemania nazi, según sus defensores, para salvaguardar a Beethoven y a tantos otros compositores de su apropiación por parte del fascismo.

 

Porque la realidad es ésta: la Oda a la alegría sirve tanto para celebrar con Leonard Bernstein la caída del Muro de Berlín en 1989 con una versión no del todo memorable (y en la que la palabra alegría, Freude, se convirtió en libertad, Freiheit) como para que el régimen racista de Rhodesia (hoy Zimbabue) readaptara la melodía con una nueva letra y creara su himno, O Voices of Rhodesia.

 

Años después, en 1991, Michael Jackson, para sugerir su confianza en la humanidad, recupera al Beethoven más inspirador, alejado de nazis y practicantes del apartheid. Al inicio de la canción Will You Be There, del disco Dangerous, el Rey del Pop toma prestado un extracto del último movimiento de la Novena en otra versión de referencia, la de George Szell al frente de la Cleveland Orchestra.

«Llévame
Como un hermano.
Ámame como una madre.
¿Estarás allí?»

Eso canta Michael Jackson, que sin duda tiene el mérito de haber dado a conocer a Beethoven, tras vender más de 32 millones de ejemplares de Dangerous, allá adonde no llegó la Cleveland Orchestra, que no obstante aprovechó la ocasión para demandar a Jackson y cobrar pingües derechos por el uso de ese poco más de un minuto de su grabación de los años 60.

 

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Charlie Parker es otro de los regalos inefables que la música nos ha legado. Si antes, mediante una licencia poética, nos hemos permitido imaginar a Beethoven en Casablanca, ahora llevamos a Charlie Parker hacia Las uvas de la ira, la novela de John Steinbeck publicada en 1939 que un año más tarde John Ford convirtió al cine con Henry Fonda como Tom Joad y Jane Darwell en el papel de su madre, protagonista de la última escena de la película, apoteosis memorable del orgullo de la clase trabajadora en las circunstancias más penosas.

Charlie Parker, como la familia Joad, emigró en 1939 a una de las costas de Estados Unidos. Si los desahuciados Joad tenían como rumbo California y origen en Oklahoma, Parker, desde Kansas City, emigró a la capital del jazz, a Nueva York, donde su primer trabajo fue como lavaplatos en un restaurante de Harlem en el que tocaba uno de sus ídolos, el pianista Art Tatum.

Tras múltiples decepciones en su adolescencia y primera juventud (véase la escena de la humillación en el escenario reproducida por Clint Eastwood en la película Bird), Parker parece culminar el sueño americano convirtiéndose en un gigante del jazz que, practicando a fondo su instrumento y estudiando teoría musical sin descanso, dejó atrás toda indecisión y se convirtió en el mejor saxofonista del mundo, en el paladín de una fecunda revolución llamada bebop.

Años después, bajo el manto protector del productor Norman Granz, Parker puede cumplir uno de sus sueños: grabar con una pequeña orquesta de cuerda un repertorio de estándares jazzísticos. Según Tad Hershon, biógrafo de Granz (The Man Who Used Jazz for Justice), los arreglos se compusieron con prisa en el propio estudio y la primera sesión, en noviembre de 1949, fue caótica dado que Parker –según algunas fuentes– acudió a ella mermado por las drogas y el alcohol. Aun así, consiguió grabar entera una primera toma soberbia de Just Friends, una canción compuesta en 1931 por John Klenner (música) y Sam M. Lewis (letra). Música del desamor («Just friends, lovers no more», dice el primer verso) que Parker convierte en tres minutos y medio de una belleza sin par. Quiero pensar que el fugitivo Tom Joad, de quien no sabemos nada más tras huir de nuevo perseguido salvo que va a luchar por la justicia y los oprimidos (y a quien también rindieron tributo musical Woody Guthrie, Bruce Springsteen y Rage Against The Machine), consiguió ser más que un fantasma, establecerse, envejecer y acaso tener suficiente dinero para comprar en 1950 el disco Charlie Parker With Strings, en el que se incluye Just Friends, el éxito comercial más importante del saxofonista en vida.

 

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Y así estaba yo, en pleno confinamiento, fantaseando con encuentros entre personajes ficticios y reales, cuando la realidad apareció en mi ordenador: el 25 de mayo de 2020, un ser humano, George Floyd, muere caído en una calle de Mineápolis ante la mirada displicente de unos policías, uno de ellos apretando con la rodilla el cuello del inmovilizado Floyd durante 8 minutos y 46 segundos.

El contraste en mis redes sociales, que combinan intereses musicales con otros gastronómicos y vinícolas, era doloroso: entre skylines de botellas de ensueño, recetas de cocineros y entrevistas con viñerones, en la burbuja del jazz explotaba de nuevo la indignación por tantos siglos de agravio en Estados Unidos, un país –no nos olvidemos– que se enriqueció y estableció buena parte de su fortuna con el comercio de esclavos.

La de Floyd es una muerte más en una larga lista de injusticias que se han cebado en familias como los Joad, pero aún más en los ciudadanos afroamericanos descendientes la gran mayoría de un boyante comercio de esclavos que empezó en 1619 y cuyas heridas siguen hoy abiertas. Escuché los sollozos y las últimas palabras de Floyd, entre ellas esa frase por desgracia hoy tan familiar: «No puedo respirar.» Y el escalofriante grito con el que invocaba a su madre muerta. Durante esos días, influido por la lectura de un artículo del crítico musical y escritor Alex Ross en The New Yorker dedicado a su madre recién fallecida, honré la memoria de Floyd acudiendo no a Bach, siempre ancla a la que amarrarse buscando paz en el desasosiego, sino a Joachim Brahms y su Intermezzo opus 117, número 1, en la sublime interpretación del pianista Radu Lupu. Así describe Ross esta obra maestra de la contrición del alma:

«[La obra] empieza con una canción de cuna de una sencillez y una pureza desgarradoras, pero da paso a una sección intermedia de arpegios inquietantes, explorando el registro bajo, y cuando la nana regresa, está ricamente labrada, dispersa, alejada de la realidad. Antes de la cadencia final, la música se detiene, como si se estremeciera en silencio.»

 

Sí, es un cliché, pero no podemos sino compartirlo: la música, tal vez la más inefable de las artes, reconforta en tiempos lóbregos, cuando todo parece andar a tientas.

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El pasado septiembre, poco antes de cumplir 90 años, el saxofonista Sonny Rollins, con quien he tenido el honor de trabajar en varias ocasiones, concedió una entrevista al periodista Lee Mergner (se puede leer en www.tidal.com) en la que, bajo el título «Lleva un buen rato perfeccionar tu alma», habla de sus recuerdos de infancia, de béisbol, de sus encuentros con gente como John Coltrane y de sus creencias espirituales, como la reencarnación:

«La reencarnación tiene mucho sentido en este mundo. No es solo un viaje. No podemos aprenderlo todo en un solo viaje. Mucha gente te confunde con tu cuerpo. Mi cuerpo se convertirá en polvo, como todo lo demás en este planeta. No se trata de mi cuerpo, se trata de mi espíritu, de mi alma. Mi cuerpo estará en una funeraria, pero ese no soy yo. Una vez muerto, dejo ese cuerpo. Entonces busco otro cuerpo, y luego puedo continuar mi viaje y aprender de qué trata este hermoso universo. Toma mucho tiempo.»

Como sugiere Rollins, que por otro lado parece describir el proceso vital de un vino, no hay que descartar que los espíritus se vayan desplazando sin descanso de un lugar a otro, creando misteriosas corrientes de energía que no sabemos descifrar aunque las intuyamos y las sintamos cercanas. En toda su carrera, Rollins sólo grabó, en 1956, una pieza de poco más de 12 minutos, Tenor Madness, con John Coltrane, por lo que no hay que descartar que en otra vida ambos dejaran (o dejarán, quizá en el futuro) más testimonios de su amistad. Es un blues, pero no es un blues triste; es una batalla de saxos tenores, pero nadie se pelea. Bueno, sí, hay un poco de ironía: Rollins no puede evitar en alguno de sus solos responder a Coltrane con alguna puya humorística rehaciendo detalles de la frase que su colega acaba de tocar.

Algo bien hicimos en nuestro trayecto en el universo si durante esta parada tuvimos ocasión de conocer a Rollins y escuchar con pasión arrebatada su legado.

 

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Regresamos a Casablanca y nos reencontramos con sus personajes (Rick, Ilsa, Victor Laszlo, Sam, el capitán Renault…). Una película en la que nadie creía, y para algunos bastante desconcertante: la actriz Ingrid Bergman cuenta en sus memorias que en el rodaje nadie le sabía decir a ciencia cierta de quién debía estar enamorada su personaje, Ilsa, si del desencantado Rick o de Victor Laszlo, su todavía idealista marido antes dado por muerto, poco antes de que ella conociera a Rick en París y empezaran su romance inconcluso. Una obra maestra, resume Umberto Eco, «realizada casi por casualidad», y que «probablemente se hizo sola, si no en contra, por lo menos más allá de la voluntad de sus autores y de sus actores». «Del mismo modo que el colmo del dolor alcanza la voluptuosidad y el colmo de la perversión roza la fuerza mística, el colmo de la banalidad deja entrever un edificio de lo sublime», prosigue un ya desatado Eco reivindicando el estatus de obra de arte única de Casablanca.

Acaso todas y cada una de nuestras vidas no son más que pequeñas obras de arte que se construyen a nuestro pesar, con la mano firme e incontrolable del azar manejando nuestros destinos.

Pero bien, no desesperemos: «Remember anyone can dream», canta Nat King Cole en Pretend, una de sus canciones fetiche, que antes nos ha aleccionado de la mejor de las maneras:

«Finge que eres feliz cuando estés triste.
No es muy complicado.
Y encontrarás felicidad sin fin
siempre que finjas.»

 

Recuérdenlo: todos podemos soñar. ¿Y qué es la vida, en efecto, si no un sueño?

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EPÍLOGO – CARTA DE VINOS

No sé si creen en la reencarnación como Sonny Rollins, ni si jamás se han emocionado con los personajes de Casablanca o escuchando algún solo estratosférico de Charlie Parker. Tampoco sé si consideran que a la Novena de Beethoven le sobra el cuarto movimiento (de hecho, desconozco si los aludidos tienen en casa alguna del casi centenar de versiones discográficas todavía hoy en el mercado), ni si fingen ser felices cuando están tristes. Pero sus vinos me han acompañado estos meses, a menudo evocando visitas y conversaciones en sus bodegas y viñas. Ahí va la lista, compartida con Beethoven, Parker, Rick, Alex y tantos otros en mis devaneos del año de la pandemia:

–Carriel dels Vilars Novell d’Agulla 2019
–D’Anguera & Valencia Irakere 2017
–Gramona Imperial Gran Reserva edició especial 50 anys Festival de Jazz de Barcelona


–Recaredo Turó d’en Mota 2006
–Nuria Renom La Maca Beu 2018
–Muchada-Léclapart Elixir 2017
–La del Terreno La Cañada del Jinete 2018
–Joan d’Anguera Vinya de la Glòria 2016
–Mas Martinet Els Escurçons 2015
–Niepoort Batuta 2013
–Álvaro Palacios Finca Dofí 1999
–Chapelle d’Ausone 2012

Joan Anton Cararach
No ha cambiado mucho su biografía desde su primera intervención en este blog, que por alguna extraña razón no ha sido la última. ¿Lo más destacable?: acaba de cerrar este octubre la edición número 52 del Voll-Damm Festival Internacional de Jazz de Barcelona (toda la información en www.jazz.barcelona), y no sabe si los conciertos programados se van a llevar a cabo o no, dada la pandemia que con terca obstinación ha venido a cambiar nuestras vidas en el año del 250 aniversario de Beethoven (1770-1827) y del centenario de Charlie Parker (1920-1955). Estudió filología y a punto estuvo de doctorarse en Literatura Comparada. Pero la vida le llevó por otros caminos: entre muchas otras ocupaciones, ha hecho de traductor editorial, también para cine y televisión (uno de sus hitos es la traducción de Emmanuelle: L’antivierge), periodista cultural, crítico de jazz, de música clásica y de ópera. Desde el 2003 es el director artístico del Festival de Jazz de Barcelona. Ha escrito tres libros, todos ellos alrededor de asuntos musicales (la historia del Palau de la Música Catalana y la del festival de jazz de Barcelona, y un monográfico dedicado al compositor argentino Osvaldo Golijov). Cree en Dios –es decir, en Johann Sebastian Bach–, su apóstol desde la adolescencia se llama Sísifo, y piensa de sí mismo (quizá demasiado optimista) que todavía está en el inicio de la ladera del conocimiento.

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