BIERZO

 

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El año 2013, con su marcado signo atlántico y su tiempo insólitamente fresco y lento, hizo que reviviéramos emocionadamente la película completa de estos últimos 15 años de esfuerzo y éxito en las laderas de Corullón. Desde nuestra llegada al Bierzo, recordamos pocas añadas tan complejas y con tal grado de exigencia. La fortuna de contar con unas localizaciones de viñedo tan adaptadas al medio fue esencial para asumir la situación y, obtener, al final, unos vinos de elevada belleza, de fragilidad preciosa, de una delicadeza casi inexplicable.

La lluvia, siempre protagonista de los inviernos bercianos, no faltó a su cita en 2013, dejando reservas suficientes para los meses posteriores, bastante secos y de temperatura templada.

Con la entrada de la primavera observamos ya la extrañeza que definiría el resto del año, pues la estación tardaba en asentarse, manifestando sus perfiles de una forma harto tímida y vacilante. Esta evolución inusual vino a complicarse aún más por algunos desafortunados sucesos, como el granizo que acabó con buena parte de la cosecha en zonas tan admiradas como la Muria en Viariz, San Martín y nuestra viña más emblemática, La Faraona.

Todo ello supuso un retraso insólito. La tardía aparición de la flor de la vid fue la constatación más clara de que la de 2013 iba a ser una cosecha laboriosa, compleja y extraordinariamente exigente en cuanto al seguimiento y el trabajo en el viñedo. Quizá, uno de los mayores retos de nuestra historia en este maravilloso lugar.

El verano casi no fue tal: las temperaturas ligeras y, sobre todo, la ausencia de la característica luz de julio y agosto fueron trazos determinantes de la temporada y de un proceso vegetal lento y discreto.

Y así, con una dilación de tres semanas respecto a un año normal, llegamos a la vendimia. Tras larga espera, empezamos el 23 de septiembre a recoger una uva sana y llena de vitalidad.

Las lluvias de vendimias y la relevancia de unas ubicaciones privilegiadas

Llevábamos apenas 10 días de recolección cuando irrumpieron las temibles lluvias de vendimias. Las conocíamos de sobras, pues aparecieron con frecuencia en nuestros primeros años en el Bierzo. Con ellas, empezamos a temer por el estado sanitario de una uva a la que le costaba madurar más que nunca.

Una vez más, las escogidas localizaciones, legado de tantos siglos de viticultura en la región, se adaptaron a la situación convulsa. Las zonas que tuvieron que soportar las repetidas precipitaciones, de hasta 20 litros en un día, fueron precisamente las que mejor podían aguantar ese exceso, por su altitud, por su suelo y su gran drenaje, por su producción limitadísima, por sus parámetros de acidez y su equilibrio. Por tratarse, en definitiva, de viñas perfectamente adaptadas a la humedad y a los caprichos de un clima tan particular.

La sublimación del lado más atlántico del Bierzo definirá para la historia el año 2013. Para nosotros ha representado una suerte de revisión, una vuelta a los orígenes del carácter que la zona solía imponer, un paso más cerca de la humedad oceánica, que nuestros viñedos saben tomar como algo propio. De ahí que finalmente en esta añada podamos canalizar la expresión de nuestros lugares empinados y pizarrosos en vinos de aguda delicadeza y finura. Llenos de aromas florales y frescos, su fondo de mineral húmedo, ahumado y frío nos recuerda a aquellas primeras cosechas.

Hace quince años, como ahora, el prodigio de la adaptación y la serenidad de nuestras viñas de Corullón ha sido todo.

Consulta todos los vinos de Descendientes de J. Palacios de la cosecha 2013 aquí

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