Credibilidad y reputación por Joan Gómez Pallarès

Pienso en Abel y Maite, ejemplo de todo

Estoy en el mundo del vino desde 2004 pero nunca me he ganado la vida en él. Vivo con alegría el privilegio de su aprendizaje y del conocimiento constantes y, en la medida de mis posibilidades, procuro devolverlos con escritos e información que transmito con pasión y buena voluntad. Con los años, además, he sabido apreciar el valor de hacerlo en libertad: siempre he hecho lo que creía que tenía que hacer y he intentado opinar con la voluntad de que, por más que otros me ayudaran (y muchas veces, para mi fortuna, así ha sido), mi opinión fuera tan solo mía. Me he equivocado, he confundido y malinterpretado, no siempre he sabido encontrar la información más cercana a la realidad, aunque siempre la haya buscado. Pero para bien y para mal, aquello que he hecho y opinado ha nacido de la voluntad de descubrir y expresar lo que sentía en mí ante lo que iba conociendo y bebiendo.

Durante estos años me han sorprendido y agradado muchas cosas y algunas, menos, me han disgustado. Una ha sido la que ha unido la sorpresa al desagrado: cómo se entiende y practica en el mundo del vino que yo conozco (habrá, con seguridad, otros mundos, pero no están en mí), la credibilidad y la reputación. Cómo se ganan, cómo se otorgan, cómo se pierden. Quiero proponer unos breves apuntes sobre esto al hilo de las reflexiones que hizo alguien que, como pocos, pensó sobre la condición del ser humano en su relación con él mismo y con la naturaleza de la que formaba parte. Porque de eso es de lo que hablamos cuando pensamos en el vino, en sus paisajes y en sus personas. Marco Aurelio, el emperador que vivía con la filosofía, murió hace casi dos mil años, pero la intimidad y frescura de sus pensamientos no han dejado de sonrojarme y de hacerme pensar porque aluden a lo más profundo de nosotros mismos.

© Busto del Emperador Marco Aurelio. Wikimedia Commons en el Walters Art Museum.

Integridad: “si te limitas a actuar conforme a la naturaleza de tu ser y a decir sencillamente la verdad en todas tus palabras, vivirás feliz. Y nadie puede impedir que te conduzcas de este modo”.

Vivimos en un mundo de apariencias y de modas, de corrientes de opinión y de medias o falsas verdades que suelen utilizarse para hacer creíble aquello que no lo es. En él, podemos llegar a pensar que lo natural en el ser humano es mentir. Si creemos en eso, todo valdrá y no tendremos ya ningún asidero moral al que agarrarnos para conocer y vivir la verdad. Yo lo veo de otra forma. Con los años, he aprendido que la única verdad es la que nace de la persona que hace las cosas en el viñedo y en la bodega. También he aprendido que hay que estar con la gente en los sitios donde hace sus vinos, hay que charlar con ellos, hay que aprender y escuchar, observar y contrastar. No para hacer exámenes ni para dar sellos de autenticidad, sino para poder transmitir de primera mano y sin filtros lo que suscitan en mí.

Por poner algunos ejemplos: si alguien dice que ha aprendido a hacer vino con un gurú de la permacultura, que sea porque ha hecho por lo menos una vendimia y una vinificación con él, no porque lo haya visitado dos días. Si alguien dice que practica la biodinámica en sus viñedos, tiene que poder explicar sin titubeos qué preparados usa, cómo los fabrica y cómo y para qué los aplica. Si alguien proclama que labra sus tierras con mulas o caballos, que sea porque las labra todas, no un pequeño tanto por ciento del total de la uva que irá a sus vinos. Si alguien dice que usa levaduras indígenas, que sean del viñedo del que salen sus uvas y de esa añada. No de otras añadas seleccionadas, deshidratadas, reproducidas y reutilizadas; o, por más que sean indígenas, que lo sean de un lugar muy distinto del que nacen sus uvas y está su bodega. He llegado a un punto en que casi me da igual qué me dicen o escriben. Solo quiero que me digan la verdad de lo que cada cual hace, sin falsas apariencias ni vergüenzas ridículas. Necesito que la gente sea íntegra y fiel a sí misma y a la realidad de lo que hace en el campo y pone en una botella, tanto si utiliza la ósmosis inversa como infusiones de ortiga.

Coherencia: “solo de mí depende no obrar contra mi dios interior, porque ninguna fuerza del mundo puede obligarme a desobedecerle”. Cuando Marco Aurelio habla de dios interior, usa la palabra griega “dáimon”. Es una manera de hablar de tu conciencia, de tu espíritu, de aquello que solo tú, en tu intimidad, sabes que piensas. Aquello que más busco en el mundo del vino es la gente que tiene su, insisto SU, idea (no la mía) del vino que más le gusta y busca por todos los medios poder embotellarla. Quien llega a ese concepto porque conoce perfectamente sus tierras y su clima, sus uvas y cómo evolucionan, acabará haciendo un vino que le haga más feliz y con el que se sienta más cómodo. Esos vinos suelen ser los que más gustan y llegan.

© Tellus del Ara Pacis de Augusto en Roma. Wikimedia Commons.

Hay que dejar de seguir las modas; hay que olvidar las tendencias de mercado porque el ritmo de las uvas y los campos, de las estaciones y las personas tiene otra cadencia, se mueve en parámetros que nada tienen que ver con eso: volúmenes de madera pequeños allí donde la tradición del lugar usaba grandes tinos; roble francés, americano o húngaro donde solo hay bosques de castaños; plantaciones de uvas hiperbóreas con un ciclo vegetativo distinto al del clima del lugar donde van a parar; vinificaciones que vienen marcadas por el mantra de “el mercado pide”… En mi experiencia todo es más sencillo: aquellas personas que son coherentes con la historia de su tierra, se han impregnado de tal manera de su esencia que acabarán haciendo vinos que convenzan y agraden a los demás. Por una sencilla razón: porque antes que a los demás, primero se convencieron y agradaron a sí mismos.

Prejuicios: “hoy he abandonado todo impedimento o, mejor dicho, he arrojado fuera de mí todo impedimento. Pues no estaba a mi alrededor, estaba en mis opiniones”. Un prejuicio es una “opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal” (Diccionario de la Lengua Española). El mundo del vino que yo conozco está lleno de prejuicios e impedimentos que están en las personas. Mezclados con las opiniones “de parte”, que nacen de los intereses creados y pueden ser positivas (cuando a alguien le interesaba “vender” algo) o negativas (cuando lo que se busca es perjudicar a la competencia), forman el peor y más explosivo coctel. Impregnan la parte más pública de este mundo: tergiversan las catas y encumbran o derrumban reputaciones a la rapidez del rayo.

Hasta tal punto han contaminado a parte del ADN de aquello que está en nuestra base (conocer por primera vez un vino, beberlo y opinar SIN prejuicios), que ha habido que potenciar al máximo las catas a ciegas. Aún con estas (en las que, por cierto, no creo), la cosa sigue sin funcionar. Cuando una cata a ciegas se organiza para premiar vinos (en un concurso con puntuaciones, por ejemplo), hay mil factores que, se admita o no, acaban filtrando un pretendido resultado objetivo y que refleje realmente la calidad de lo presentado: los distintos grupos de cata tiene dinámicas distintas (es sencillo: los grupos se relacionan de forma distinta porque no hay dos personas iguales ni con la misma formación, experiencias y sensibilidad); beben vinos distintos y valoran de forma distinta (la manifestación de cada personalidad es imparable); hay catadores que fuman y toman café antes del concurso; otros comen y beben vinos antes de la cata; el orden de los vinos puede alterar las valoraciones y, por lo tanto, las puntuaciones.

Y por más que las estadísticas y su mecánica hagan sus medias e intenten corregir y pulir los resultados, estos siempre acaban dando sorpresas que no se explican sin estos condicionantes. Por otra parte, cuando una cata a ciegas se monta para premiar la sabiduría, memoria y pericia de las personas (individuales, por parejas o en grupos), sucede tres cuartos de lo mismo, con un agravante: por mucho que la gente insista en que va a pasárselo bien, la tensión y la competencia son enormes, casi insoportables. Quienes eligen los vinos y su orden están ya prefigurando un tipo determinado de vencedor. Y quien acaba venciendo después de mucho concursar, confiesa que “por fin podré descansar de tantos años de tensión y tanto dinero invertido en la preparación”.

© Tarragona por Joan Gómez Pallarès.

Cuanto acabo de describir, también el entrecomillado, procede de episodios que he vivido en primera persona. No encuentro placer alguno ni en puntuar vinos ni en competir por saber quién acierta más. Y lo confieso después de haber probado varias veces ambas modalidades. Admito el éxito rotundo de este tipo de acontecimientos y admiro a quien sabe organizarlos, pero creo que se basan en los prejuicios con que bebe la gente y en las opiniones “de parte”. De las catas comerciales a botella vista, frente al ordenador con los resultados históricos de los últimos años, y de las guías con puntos y comentarios que salen de ellas, ya nada digo: todos los intereses creados están a la vista. La única ventaja que tienen es que son transparentes y no engañan a nadie.

Yo me podré equivocar una y mil veces cuando bebo un vino nuevo, pero lo veo todo, de nuevo, más sencillo: por mucho que los psicólogos digan que una etiqueta va a condicionar mi opinión, intento decir siempre lo que siento, no lo que veo o me quieren hacer ver (han intentado engañarme incluso con falsos tapones y falsas etiquetas): “cuando un objeto aparezca ante la imaginación como estimable, hay que desnudarlo, considerar su valor intrínseco y despojarlo de todo aquello que puede darle una dignidad ficticia. Una brillante apariencia es la seducción más peligrosa”. Atrevámonos: es mucho más excitante y divertido hacerlo así que no de las formas que acabo de describir porque “penetras en ti mismo. Ahí está el manantial del bien, tanto más inagotable cuanto más profundo se cava”.

“No te preocupes más de la reputación que hubieras podido dejar tras la muerte y conténtate con pasar el resto de tus días tal como tu naturaleza lo exige”. Sé congruente y consecuente con aquello que tú piensas, no con aquello que los demás decidan pensar por ti o, incluso, piensen de ti para condicionarte. Porque “si te esfuerzas por merecer estos títulos sin desear que los otros te los concedan, entonces cambiarás por completo y conseguirás una nueva vida”. Los títulos de Marco Aurelio son los de la bondad, la sinceridad, la prudencia y la generosidad. Yo añadiría aquí, claro está, la credibilidad y la reputación que esta conlleva. El respeto nace de ti y no hay que desearlo ni buscarlo en los otros. Llegará si “la acción no excluye la observación, ni tampoco la confianza en ti mismo que resulta del conocimiento de las cosas, un sentimiento secreto y que, sin embargo, no puede ocultarse”.

Buena parte del mundo del vino que yo he conocido vive demasiado pendiente del qué dirán y pensarán los demás. Bebe de las apariencias y hunde sus raíces en las modas pasajeras y los vaivenes de renovaciones poco meditadas y, por lo tanto, efímeras. Anhela, además, la competición en todos los ámbitos donde esta es posible.

El mundo del vino que yo quiero es otro y, por supuesto, lo he ido encontrando en pequeñas dosis aquí y allá. No se trata de preguntarse qué es una persona de bien. Se trata de serlo. Y siéndolo, no se trata de andar ostentando la honestidad y la franqueza. Se trata de ejercerla de manera discreta pero constante, fiel a tu manera de pensar y a una transmisión de esta basada en los hechos reales: “la palabra debe quedar escrita primeramente sobre tu frente. Lo que quieres expresar debe brillar en tus ojos”. Todas las personas que yo he conocido en este mundo del vino que son respetadas por la mayoría y tienen una credibilidad bien aposentada, son personas íntegras; no tienen prejuicios y opinan libremente; son sabias sin ostentación y generosas a la hora de compartir su conocimiento. Y siguen el instinto de su espíritu de forma coherente. No hace falta que ponga nombres: el lector perspicaz sabrá dónde están y quiénes son. Y, por supuesto: los que tengo yo en la cabeza y en el corazón no tienen por qué coincidir con los de los demás. Mis conocimientos son limitados.

Y no olvidemos una cosa: “para dar lecciones de lectura o de escritura” (o de lo que sea) “antes que maestro tienes que ser discípulo”. En un mundo como el del vino que, como pocos, gira alrededor de las experiencias vividas y transmitidas en el campo y desde el campo, la actitud del aprendizaje permanente, de la modestia, de la atención en la escucha y en la observación, del reconocimiento de que quien dice tener todas las respuestas, jamás hará un gran vino, es fundamental. Y en mi experiencia intensa y constante de 14 años, esta actitud es minoritaria. La tendencia a las grandes palabras propias, a pontificar y a escuchar poco a los demás es grande.  

No tengo demasiadas dudas: si devolvemos al mundo del vino los valores ancestrales de la credibilidad y la reputación; si respetamos aquello que nace de nosotros sin pretender imponerlo a los demás ni disfrazarlo; si intentamos compartir estos valores con nuestros hechos cotidianos y transparentes y no con palabras huecas y acciones grandilocuentes; si seguimos nuestro criterio; si respetamos la idea de que existe “uva verde, uva madura y pasa. Todo es transformación, no en lo que no es, sino en lo que no es todavía”, es decir, que también tenemos el derecho de evolucionar y cambiar de opinión; si hacemos todo esto, transformaremos el mundo del vino en algo más atractivo para la nueva sociedad que está llegando.

Si queremos ampliar nuestra base y atraer a los jóvenes, tenemos que practicar uno de los mejores consejos del emperador filósofo: “si no es bueno, no lo hagas; si no es verdad, no lo digas. Tú mismo debes juzgar”, porque eres el único que realmente lo sabe, el que conoce qué sucede dentro de ti, en tus viñedos, en tu bodega y en tu empresa. Si transmitimos verdad desde el interior, ganaremos credibilidad y obtendremos reputación de una forma natural. Obtendremos, además, el respeto que nace de la espontaneidad de la gente joven, que se acercará al vino de una forma más cómplice y consciente.  El vino tiene que recuperar una dimensión ética y otra manera de explicar las cosas. Tiene que proponer un acercamiento más sincero a las personas y a sus cosas en el campo. Con él, podemos transmitir valores para un mundo mejor, más respetuoso con la naturaleza y con nuestro deambular por ella.

Las traducciones entrecomilladas de Marco Aurelio son de Joaquín Delgado, publicadas en Pensamientos para mí mismo. Marco Aurelio, errata naturae, Madrid, 2017.

Joan Gómez Pallarès
Joan Gómez Pallarès es autor del blog De vinis
, en activo desde junio de 2006 con más de 1300 artículos publicados y premiado con el Primer Premio de la DO Catalunya. También es autor del libro Vinos naturales en España. Placer auténtico y agricultura sostenible en la copa, del que está preparando una segunda edición revisada y aumentada para 2018. Es colaborador del suplemento dominical de El País, en su sección de Placeres, con una página dedicada a El vino de la semana desde abril de 2016. Es miembro de la Asociación Española de Periodistas y Escritores del Vino desde el mes de octubre de 2017. Tiene el Diploma de Vinificación y Degustación en la Facultad de Enología de la Universitat Rovira i Virgili (Tarragona) y el Certificate in Wine Taste Perception –Advance Level– en The Barcelona Wine School. También ha sido miembro del jurado de algunos concursos del mundo del vino y de diversos festivales relacionados con el vinoEn relación con la historia de la gastronomía también ha publicado, entre otros, Introducción, edición crítica y traducción al catalán de Apicii De Re Coquinaria libri decem. Disfruta de la naturaleza en general y de los pájaros y las plantas en particular; intenta saber más de las abejas y de geología; es profesor de filología clásica en la UAB (especialista en literatura y epigrafía latinas) y director del Institut Català d’Arqueologia Clàssica. 

Este artículo tiene 6 comentarios

  1. Rubén Arranz Glez. Reply

    Hola Joan. Hacía mucho tiempo que no te leía y mira que siempre encontré tiempo y placer en ello. Aunque no abandoné del todo el mundo del vino, mis experiencias se trasladaron al mundo de la cerveza y ahora al de la sidra. Encontré en estos menos impostura y más placer, incluso encontré a mi maestro Albert Barrachina, de http://cervesaencatala.blogspot.com/ Una de las cosas que más me encantó cuando estudié el programa de certificación americano para juzgar cervezas fue la forma que se tiene de juzgar. Se tiene en cuenta la subjetividad del catador, añadiendo el concepto de “bebestibilidad” que distingue una gran cerveza de una de “categoría mundial”. El mundo del vino tecnológicamente perfecto le debe mucho a la tecnología que primero se desarrolló para la industria cervecera. No estaría mal, que se estudiara e implementara otros conceptos del mundo de la cerveza para devolver la popularidad, sin postureos, a los fermentados de uva. Un abrazo!

  2. Mario Estevez Reply

    Cómo siempre Joan, es un placer leerte. Excelente artículo que comparto punto por punto. Se puede decir más alto, pero no más claro.
    Gracias por compartir tus impresiones.
    Un abrazo.

  3. Advocatus Diaboli Reply

    Estoy en desacuerdo con su opinión sobre las catas ciegas. El saber de antemano de qué vino se trata, bien sea porque nos lo dicen o porque vemos a etiqueta, predispone a encontrar ciertas características comunes de este vino. Esta predisposición es subconsciente, no dudo que una cata a ciegas un catador ponga mil sentidos, pero ya se encuentra sugestionado a encontrar esas características que tiene “grabadas” en su cerebro. Dice Ud. “[…] hay catadores que fuman y toman café antes del concurso; otros comen y beben vinos antes de la cata; el orden de los vinos puede alterar las valoraciones y, por lo tanto, las puntuaciones.” Si esta dinámica de grupo no la considera adecuada para una cata ciega, ¿cómo lo va a ser para una cata a la vista?, es decir, ¿cómo se explicaría que una persona que se haya tomado un café, otro que haya comido unas lentejas con chorizo y otro que tenga el paladar limpio tengan más coincidencias en la descripción de un vino que acaban de beber? Evidentemente porque están condicionados, sugestionados al saber qué vino están bebiendo.

    También discrepo, no sólo con Ud., con el manido tema de acercar el vino a los jóvenes. Lo siento, pero esa guerra está perdida, no hoy, si no de hace mucho tiempo. Es como querer coger un AVE perdido de Madrid a Barcelona a la altura de Zaragoza, puedes ir en un coche muy rápido y llegar antes que el tren a la estación, pero quizás de 100 que lo intenten, sólo 1 lo logre hacer sin consecuencias negativas. Se ha ignorado a la base, se la ha ninguneado y prácticamente se les ha echado en brazos de otras bebidas, concretamente a la cerveza, que curiosamente está utilizando (de aquellas maneras) el lenguaje del vino (reserva, crianza, envejecimiento, roble…). Ahora no podemos pretender y poner encima de la mesa una botella de un vino sincero, que transmita valores, sentimientos… después de llamarles cosas por beber vino azul, calimocho o tinto de verano, o repudiarles por el hecho de beber riojitas, riberitas o vedejitos tropicales. No, ya han comenzado su camino y hay que ayudarles, invitarles a que sigan avanzando, despertar su curiosidad, hacerles ver que merece la pena gastarse algo más de dinero por un buen vino. Pero esto no sirve de nada si quien hace el vino no lo hace con esa sinceridad que Ud. demanda, y si luego no hay, no existe, una divulgación amena y seria para este público. Siento que en España solo existe una divulgación que se puede tachar de elitista, porque el 75% de los vinos que aparecen en esta divulgación está por encima de los 20€/botella, y a pesar de que me gusta el vino y que tengo la “fortuna” de tener un sueldo poco más que “mileurista”, son botellas que escapan a mi economía, es vino que me puedo permitir dos, tres, quizás cuatro veces al año, ¿qué no harán otros que no sean igual de “afortunados”?

  4. Joan Gómez Pallarès Reply

    Buenos días, Rubén! No sabía de tu giro cervecero pero entiendo bien qué dices, aunque no lo conozca a fondo. Me refiero a los procedimientos y certificaciones cerveceros. Las fermentaciones fermentaciones son, pero el hecho de que la de la cerveza pueda realirzarse cuando uno quiera, marca la gran diferencia en relación con la del vino. La estacionalidad es la clave. Aunque se coseche, normalmente, cereal una vez al año, su almacenamiento permite todo. Me gusta, en este sentido, el carácter simbólico de la fermentación del vino, aunque confieso que me atrae también el de la cerveza, creo que peor estudiado que el del vino. Cerveza hay ya en tablillas de Ur; en representaciones funerarias egipcias y etc. Su elaboración forma parte, también, de la historia de la humanidad. Yo me he quedado siempre con la del vino porque su vinculación con nuestra civilización grecolatina, mediterránea, es tan estrecha desde todos los puntos de vista (literario, iconográfico, agrícola, y etc.), que es donde me siento más cómodo.
    Y aunque no lo apuntes exactamente, también me interesa mucho que el mundo del vino más artesanal posible vaya muy parejo al de la cerveza más artesanal posible (los mundos industriales también, claro).
    Un abrazo y muchas gracias por tu lectura y comentario!
    Joan

  5. Joan Gómez Pallarès Reply

    Querido Mario,
    como siempre, mil gracias por estar atento a todo. Eres un ejemplo para muchos (entre los que me incluyo) de dedicación total a tu trabajo acompañada de interés por todas las cosas que forman parte de él. Vuestro trabajo en el grupo (casi es lobby, no!?) enocharro es impresionante.
    Me gusta saber que al otro lado hay gente tan interesada en el progreso cotidiano de sus conocimientos, abierta a todo.
    Abrazo grande!
    Joan

  6. Joan Gómez Pallarès Reply

    Buenos días, Aduocatus Diaboli,
    por norma no contesto nunca comentarios anónimos, ni aquí ni en mi blog. Pero respeto mucho la forma en que usted argumenta y voy a romper esa norma. Tampoco creo que sus argumentos sean los del representante del diablo en este asunto. Aquello sobre lo que he escrito en esta entrada admite tantos matices que cualquier aportación es bienvenida.
    Sobre las catas a ciegas o a botella vista: fundamentalmente aquello que critico yo, sea a ciegas o a botella vista, es que la gente que participa juzgando a personas o a botellas no vaya al 1000% en cuanto a su preparación. Si tú eres concursante de algo, pues allá tú con tus considerandos previos, tanto si bebes café como si fumas. De hecho, alguno de los grandes y contrastados catadores de este país, bebe café y fuma. Y ha ganado de todo. Lo que no me gusta es que cuando se tiene que juzgar uno no se prepare ni vaya dispuesto como Jules Chauvet aconsejaba: como si de un “monje” se tratara. Mucha gente se juega muchas cosas como para que uno no intente ser lo más escrupuloso posible.
    En el fondo, lo que yo digo y defiendo no pasa de lo que yo hago: ¿es tan difícil, hayas comido lentejas con chorizo, bebido café o tomado un te verde, decir lo que realmente piensas ante una botella vista? Eso es lo que intento hacer.
    Sobre la gente joven y el vino, comenta usted que “hay que ayudarles, invitarles a que sigan avanzando, despertar su curiosidad, hacerles ver que merece la pena gastarse algo más de dinero por un buen vino. Pero esto no sirve de nada si quien hace el vino no lo hace con esa sinceridad que Ud. demanda, y si luego no hay, no existe, una divulgación amena y seria para este público”. No podemos estar más de acuerdo, sinceramente. Lo que yo pido en mi escrito es que la gente sea honesta y sincera y dé la información de forma transparente. Que esta información y su tratamiento (el que pueda hacer yo mismo, vaya) sea ameno y atractivo, ya es una cuestión muy subjetiva y que pertenece al mundo del lector. Yo nunca he considerado, en este sentido, que tenga que escribir de una manera para un lector de 21 años y de otra para una de 46, la verdad. Creo, sin más, que hay que escribir lo mejor posible y que si así se hace, el mensaje irá cayendo y calando como lluvia fina.
    Y sobre los precios y el salario de las personas, tampoco me atrevería (usted, sin duda, no lo hace) a hablar solo de jóvenes… Sin duda hay que procurar que los vinos de los que hablamos sean de un rango de precios variado y al alcance de todos los bolsillos. Cuando yo tenía poco dinero y me interesaba beber algo, ya procuraba compartir esa botella con cinco o seis compañeros… la botella casi siempre salía bien de precio y la curiosidad y el conocimiento, bien satisfechos. Pero la realidad es que los que nos dedicamos a beber vinos y a intentar transmitir algo, tenemos que pensar en todos y hablar de vinos por debajo de los 10€, por supuesto, tanto como de vinos de 20 ó 30€. Lo que no hago casi nunca yo, poquísimas veces vaya, es hablar de vinos por encima de los 50€. Muy poca gente puede pagarlos más que de forma extraordinaria. Yo tampoco. Y eso serviría de bien poco para lo que busco: compartir sensaciones sobre lo que siento cuando bebo y conozco un vino y un vitivinicultor/-a para, en el fondo, que la gente busque botellas y comparta (o no sensaciones).
    Yo me siento afortunado, sin más, cuando consigo beber una buena botella a un buen precio y cuando alguien comenta cosas sobre ella porque la ha descubierto leyendo. Ese es mi mayor beneficio, sin duda.
    Gracias por sus comentarios!
    Joan

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