De la súper extracción a la infusión (Pequeña historia sideral)

Por Bartolomé Sánchez

“El reloj de la nave espacial que circula a la velocidad de la luz, irá más despacio, pero también el cerebro del que la lleva”.
Richard Phillips Feynman

Traían todos los datos meticulosamente estudiados, un trabajo impecable recopilado a base de etapas siderales. Portaban asimismo el plano del lugar exacto donde deberían tomar contacto con la superficie, un apartado lugar, en una gran extensión llana y coloreada, cubierta de viñas por todas partes.

Por lo demás, todo iba maravilloso, según lo previsto. Hallábanse complacidos, radiantes, henchidos por la emoción, por fin estaban sobre suelo largas jornadas añorado. Esta nave correspondía a la tercera misión que se acercaba al planeta Tierra. Lo hacía unos años después de que la primera expedición recogiera todos los datos precisos para llevar a cabo la importante misión que el Gran Consejo Estelar les había confiado. Hallar los parámetros necesarios para que esa gran bebida, llamada vino por los nativos, se pudiera producir, o al menos transportar, a los dominios de su organización planetaria.

Los emisarios que conformaron la segunda misión habían elegido una de sus zonas geográficas, todavía divididas por unas fronteras invisibles desde el espacio, que los aborígenes llaman España. Precisamente fue designada dicha demarcación, por poseer más plantaciones de viña en todo el pequeño planeta, y ellos razonaron, con toda lógica, que donde hay cantidad debe haber calidad, casi por obligación.

Ya habían asimilado que la gente dedicada al sector que rodea a ese maravilloso elixir se comporta de un modo bastante extraño. No acababan de asumir, desde su mente radicalmente regida por el frío raciocinio, que en ese país poco menos que se despreciara dicho producto. ¿Por qué consumen una cantidad ridícula de vino, solo comparable a un pueblo sin cultura vinícola, si se posee la mayor plantación de esas vides maravillosas? Así, traían nuestros curiosos personajes estas confusas conclusiones, lagunas incomprensibles entre su meticuloso y excelentemente desarrollado programa.

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Se llevaron la segunda expedición, la inmediatamente anterior, profundos análisis de cómo elaborar la admirable bebida, qué parámetros seguir para obtener un producto de altísima calidad. Las determinaciones a las que llegaron eran muy clarificantes. Debía proceder de variedades (la especie de planta de donde sale el fruto) “nobles” entendiendo por esa expresión plantas que han demostrado sobradamente su pedigrí. Por supuesto, preferentemente las venidas de otros famosos dominios, hallados detrás de unos altos montes a los que llaman Pirineos. Petaban por aquel entonces las llamadas Cabernet, la Merlot, la Syrah, incluso rarunas como la Petit Verdot, y ya, en menor medida, al ser oriundas, claro, las Tempranillo y otras como la Mencía. Existían varias más, desde luego, pero ya no se cotizaban lo mismo, eran cepas que se reconocían entre los sabios como apestadas, sobre todo aquella llamada Garnacha, que, salvo en alguna pequeña comarca, no la querían ni los fabricantes de vino peleón (así de pintoresco llamaban a esos productos de menor consideración).

En sus apuntes aseguraban que una vez conseguida una vendimia bien sana, de su transformación en esa rica medicina dependía su posterior éxito. Ésta debería encaminarse a concentrar al máximo el mosto. Si acaso en su proceso se advirtiera algo diluido, se apartaba jugo de los depósitos, ¡hasta en un 20%! El objetivo era que el futuro elixir quedara bien concentrado, al gusto del momento. Las maceraciones deberían ir al “más allá”, es decir, se podían alargar hasta más de un mes (30 soles terrícolas) tranquilamente, amén de bazuqueos al máximo y extraer de los hollejos cualquier resquicio de color y de taninos. No solo se hacían esas prácticas, que además sus autores se ufanaban de ello, sino que, si ademas había que añadir algún producto para mejorar esa extracción, sin dudar se ponían los medios; por ejemplo, lo más utilizado era añadir todavía más tanino y enzimas pectolíticas, para que aquello resultara lo más parecido a una bomba enológica.

La crianza, ¡ay, la crianza! también representaba su aquel. Lo máximo del lux era disponer de barricas a estrenar y recién importadas, bien viniera la materia prima de América del Norte –menos valoradas– o bien europeas, francesas principalmente. Aunque los creadores atraídos por el exotismo buscaban por otros andurriales, Chechenia, Balcanes, Hungría… Lo normal era llevar a esos neófitos vinos hasta la docena de meses de su vida y aprendizaje en el interior de esa armadura vegetal sin mácula, pero había elaboradores entusiastas, verdaderos fanáticos de este curioso método, y hacían vivir a los ya, potentísimos vinos, en esos recipientes hasta otros 24 meses, y algunos, en un gesto de generosidad y poderío ¡en envases flamantes de roble dos veces! Es decir: cuando los vinos se habían criado un año en barricas nuevas los volvían a encerrar otros 12 meses en otra madera inmaculada. Pero lo que pueda parecer una exageración no era tal, eran diseños estudiados para que estas obras de arte se pudieran consumir más allá de los 12-15 años después de su nacimiento. (Aunque en realidad, qué contradicción, la mayoría se consumían de imediato, nada más ponerlos a la venta). Todas esas prácticas, como pueden suponer los pacientes lectores de este cuaderno de bitácora, encarecían en demasía el producto final. Tampoco importaba demasiado, por aquellos años a los naturales habitantes de aquel hermoso lugar, tiraban con largueza de un plástico raro, genial invento, tan generoso que les concedía cualquier deseo por difícil que pareciera, adquirir cualquir capricho resultaba una operación tan sencilla como respirar ese aire que rodea el globo terrestre.

Bien. Pi45 y Erre2, componentes del equipo de la tercera expedición sideral, traían todos esos parámetros tan bien estudiados que eran capaces de reconocer al vuelo la mayoría de las marcas punteras. Uno de ellos era Erre2 (diminutivo cariñoso de su nombre, errkoñqnkefquy8yio nvkqnsty236524443). A este replicante lo habían diseñado para percibir los aromas tan peculiares que aportan esas prolongadas crianzas en barricas nuevas; mostraba su gran sensibilidad, una verdadera máquina (nunca mejor dicho) en captar sus efluvios, aunque todavía jamás los había tenido bajo su respingona trompa. Todo lo habían reproducido en sus sofisticados laboratorios. Pero tenía muy claro lo que deberían buscar si quería un excelente vino de calidad, fuera de toda duda. Pi45 (cuyo nombre es sencillamente irreproducible) era más de paladar, venía preparado, listo para apreciar esos tremendos vinos que, bebidos jóvenes, hacen brotar las lágrimas de emoción al más pintado.

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Lo primero que hicieron, después de felicitarse por la excelente y perfecta maniobra de aterrizaje, así como informar al Alto Puesto de Mando de la gran nave, fue mimetizar su cápsula, de modo que aparentara ser uno de aquellos molinos metálicos que se distinguían en el horizonte. Asimismo, adoptar una apariencia de un paisano normal. Para ello se insertaron el programa normalizador del idioma en su receptáculo de microchip. Ya preparados, con su auto transportador personal comenzaron la búsqueda hacia la gloria, a disfrutar de aquellas ambrosías tan largo tiempo añoradas. Por supuesto –era su principal misión– procederían a elevar los exhaustivos informes para que, después, los responsables hallaran la solución, para que todos los pobladores de la asociación de planetas de donde provenían, se pudieran deleitar con esa gran bebida, hasta entonces disfrutada tan solo por los paladares privilegiados que integraban el ambicioso proyecto.

Vagaron erráticos, sin prisa, disfrutaban de aquellos paisajes tiernos y “envinados”. Inspeccionaron viñas de toda índole, se deleitaron con aquellos panoramas tan diversos y salvajes. Entraron en una de las abundantes bodegas gigantescas, con instalaciones en las que un solo depósito podía albergar hasta medio millón de opijoijqfn (litros). Degustaron sus vinos y les parecieron muy bien elaborados, con bastante sabor y claros aromas de fresca fruta exótica (hay que advertir que para nuestros amigos todas las frutas resultaban exóticas). Y cuando departieron opiniones con los responsables, éstos, muy ufanos, decían enviarlos a otros países, así a granel, denominaban, que da menos trabajo, a la friolera cifra de unos céntimos por litro (ellos no entendían muy bien esas cantidades, pero les parecían sumamente ridículas). En otra ocasión observaron, no muy lejos de aquella bodega, que una gran máquina arrancaba, sin misericordia alguna, grandes y viejas cepas plantadas sobre una empinada colina. Por lo que habían estudiado, aquel hecho lo consideraron casi un crimen. A Pi45 le brotó una perla de un producto llamado iniqngri –algo parecido a la glicerina– de sus aberturas visuales que hacían la función de célula fotoreceptora, al tiempo que musitaba, “mi tesoro, mi tesoro”.

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También pasaron por comederos, que los naturales solían llamar restaurantes, y allí comprobaron con asombro lo increíblemente mal que trataban a esas lindas botellas, el altísimo y absurdo precio que debían pagar los clientes que quisieran descorcharlas en aquellas instalaciones. Por mucho menos, en su sistema planetario hubiesen sido acusados de crimen de lesa humanidad. Hasta hicieron un hueco, para apreciar, degustación incluida, unos vinos puestos de moda, que los autores les bautizaban como “vinos naturales”. La verdad es que aquí les pillaron in albis, no supieron definir, ni reaccionar, es más, a Erre2 casi se le estallan los bits y le provoca un cortocircuito. Por mucho que los elaboradores aseguraban que se trataba del “vino influido por las estrellas y que mira a la natura”, no comprendían nada, aunque ellos mismos procedieran de allende del firmamento.

Se dejaron de elucubraciones, incapaces de percibir tamañas sutilezas. La situación les superaba, sencillamente pensaron que eran demasiado bisoños en esto de la cata para entender aquella rama de la enología-microbiología. Ya, decididos, marcaron rumbo a lo que de verdad les interesaba: elegir los vinos que debían analizar para llevar a cabo su misión con éxito. Llegaron a la gran ciudad, escudriñaron locales donde esa arrebatadora bebida representaba su razón de ser. Buscaron la vanguardia del vino (como sus colegas de la anterior misión), lo más de lo más de la moda, lo mejor valorado. Hallaron, indudablemente hallaron, lo que venían a estudiar.

¡Vaya sorpresa! Estos vinos se parecían a los otros, a los que años atrás habían estudiado, conocido o añorado, como un rnodnaeo (huevo) a una jojpqpbgb (castaña). Miraron, examinaron con sus ultimísimos inventos de haces de rayos ultra. Nada se aparentaba a sus previsiones, ahora en esos vinos todo había cambiado. Donde no hace tanto tiempo una gruesa capa no dejaba ver el otro lado de la copa, ahora las tonalidades del líquido eran casi descoloridas. Los aromas, ¡ay, los aromas! Erre2 no atinaba a definirlos. El recuerdo de madera, que tan nítido llevaba en su implantada memoria, había desaparecido: solo notas de fruta y flores. ¡Mineralidad! Término de nuevo cuño. Pi45, que esperaba un vino poderoso, masticable, halló un elegante, aunque tímido reguerillo en su ávido paladar. Más tarde se enteraron de que ahora el Sr. Cabernet y su cuadrilla eran en la práctica unos proscritos. La auténtica estrella, la Garnacha, se mostraba esplendorosa, olvidado ya su denostado pasado y, también otras, distintas, que se hallaban a punto de la desaparición, de propiedades originales, algunas con los nombres más raros que los suyos propios (de ellos) que los críticos las erigían como las salvadoras transcendentales de los valores patrios.

El despiste entre nuestros protagonistas fue mayúsculo, monstruoso. ¿A quién recurrir para que la situación arrojara luz, les iluminara en el nuevo sendero? Pusieron toda su memoria ram a trabajar, su inspiración algebraica y exacta a funcionar. Enseguida dieron con la solución. ¿Quién mejor que uno de aquellos excelentes sumilleres que trabajan en esas lujosas tiendas especializadas? Ellos lo saben prácticamente todo, sus gruesos currículos los ensalzan y los certifican como poseedores de grande experiencia, los hay que practican vendimias en tierras lejanas, poseen másters que lo avalan. Acudieron al mejor. Comenzó el técnico a dar una minuciosa explicación sobre lo afortunados que eran los recién llegados. Podrían degustar, precisamente en ese instante, a precio de oferta –intraducible éste- la flor de la enología vanguardista. “He aquí un vino –señalaba una botella– que apenas si ha mantenido unos días el mosto junto a los hollejos; durante la fermentación éstos ni se mueven, para que no haya demasiada intersección, la superficie se riega con una regadera”, decía convencido de que era el hallazgo del siglo. “En este otro, la madera donde se ha criado ha sido recuperada en su quinta generación”. Porque esa era otra. Ahora lo que primaba era que las barricas de crianza nunca debían ser nuevas, para no interferir en la finísima personalidad frutal del preciado elixir. Si acaso los aromas de un vino contenían algunos recuerdos de su paso por barrica, enseguida saltaba alguien de entre los entendidos presentes con una frase cruel y lapidaria: “vaya maderón, este ha salido de la piscina de Pinocho”.

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Todo había sido vuelto al revés, alucinaban. Ahora se distinguían estas botellas vanguardistas por sus marbetes, tan sumamente originales que más bien parecieran salidas de su propio planeta que de este que pisaran días atrás con gran ilusión. Pero es que los nombres, o las marcas, que lucían no les iban a la zaga. Demasiadas variables en un ciclo tan corto. ¡La enajenación estaba a punto de quemar las conexiones neuronales de ambos! ¿Era posible tanto cambio? Olían ya a churruscado, solo les salvó la batería de reserva extrema que logró equilibrar la frecuencia de ondas. Bueno, eso y que una cosa hallaron similar en los dos estilos tan sumamente diferentes: el precio de los nuevos vinos seguía equivalente al de los otros, los que ahora resultarán excelentes para su degustación. Claro que este detalle no les afectaba en lo más mínimo: ya se encargaba el Gran Consejo de facilitarles los medios adecuados.

¿Qué hacer? ¿Elegir estos vinos que ahora ofrecían sus virtudes? ¿Tendrían futuro, o la péndola volvería al otro extremo a más velocidad todavía de la que viniera? ¿Cómo puede ser que en el corto lapso de dos viajes interestelares, rayanos a la velocidad de la luz, el inevitable péndulo de la moda haya pasado de un extremo al otro sin pasar por el centro siquiera? Ya de vuelta, en la nave nodriza meditaron, profundizaron, incluso filosofaron. Y, desde luego, la misión la consideraron fallida. Ellos, que habían sido curtidos en cientos de delegaciones interestelares, que habían resuelto grandes enigmas astronómicos, no pudieron determinar a qué carta (de vinos) quedarse.

Solo se les ocurrió enviarse un mensaje al unísono por telepatía: “están locos estos humanos”.

Bartolomé Sánchez
Bartolomé Sánchez es catador. Posee, entre otros, el premio periodístico “El Cava”. Fue cofundador de la revista Mivino.  Durante un ciclo, director de la revista Mivino y de la revista Vinum. Hoy presidente honorífico de la editora Opus Wine, creadora de eventos como Vinoble, Enofórum o Primer.

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