Descripción de los vinos

Por Joseph Puig

Un vocabulario distante e inútil, pero sobre todo sectario, frustrante y cruel es el que empleamos los profesionales. Mea culpa, por lo menos.

Por lo visto, hoy no me he levantado otra vez con un buen pie, pero lo del título, sobre todo para el consumidor, es la pura verdad, y la verdad, que yo sepa, jamás miente, al menos de forma premeditada.

El léxico que empleamos para describir los vinos (seguro que a veces hasta sin querer, inconscientemente) es distante, prepotente, estrambótico, pero ante todo pedante, de difícil ratificación, de absoluta carencia científica y, además, y según como se mire o se oiga, hasta inclusive chulesco.

Cuando describimos el vino, ¿pensamos realmente en el consumidor (el público cautivo) para que se nos entienda bien o solamente en nosotros mismos y lo buenos que somos en las rimbombantes descripciones?

Creo que si no cambiamos todos muy pronto de estrategia, lo pagaremos caro, ya que, por nuestro ego empecinado en construir descripciones novedosas y mediáticas, asimilándolas con los productos o situaciones más estrambóticas, al final alejaremos al consumidor, eso sí: huyendo de las divinas estanterías vinícolas, pues entre todos le convenceremos de que, efectivamente, no entiende.

Y él, pero que muy él, que iba a la tienda tan ilusionado para que alguien, fuese un simpático y moderadamente técnico empleado o algo más, le atendiera de forma simple, humilde y acaso con simpatía… O quizás pensaba que se toparía con alguna contraetiqueta pegada al dorso de la botella, escrita con sentido común o algún que otro folleto didáctico y bien expresado, que le ayudarían en la encomiable labor de elegir la emboscada botella, aquella que quedaría eternamente registrada como la de su propio descubrimiento…

Pues no, después de casi una hora forzando la vista (¡malditas gafas, me las dejé en casa!), casi nada de eso sucede: ninguna ayuda voluntaria y la persona que intenta comprar empieza a perder la ilusión. Y piensa, además con sentido común, que eso, lo de la afición por el vino, no es para él.

¿No sería mejor y más gratificante para poder ayudar al prójimo redescubrir nuestro vocabulario (el de los profesionales, el del viticultor, etc.) por un léxico más llano, más transparente, más perceptible, más humano, pero sobre todo más parecido a los adjetivos, sustantivos o lo que sea que usamos normalmente en nuestro cotidiano uso de la palabra social? (que no el del vacío y tendencioso léxico político, que no).

De esta nueva forma contemporánea, muy a la antigua o a lo bíblico, si así se le quiere llamar, creo que seguro todos o casi todos nos entenderíamos mucho mejor, pues hablando bondadosamente, de forma racional y coherente, aunque sea de normal subido o incluso rampante, siempre hacia arriba y sin quimera, la gente tiende a entenderse. Siempre ha sido así. El eterno y eficaz diálogo.

He oído en alguna parte: “Aroma o gusto a sotana de cura polvorienta” o “a enaguas de monja recién almidonadas”, o, ya al límite de los tópicos, “revolcón matutino en un pajar”. “A café de Colombia”, que no de Kenya (ojo al parche, pues), o a “durian”, o incluso a “rambután”, a “jengibre”, a “cereza picota”, a “silla de montar usada” o a “acacia”, entre otros, muy legítimos todos ellos, aunque opino que, tratados en la onda vitivinícola, por lo general, demuestran ligereza, poco respeto hacia el entorno, carencia de sentido común y escaso rigor divulgativo. ¡Por favor centrémonos en nuestro negocio de una vez!

Cabría entonces preguntar como siempre al sufrido consumidor, si éste ya está acostumbrado a oler o a describir estos alimentos y atributos con tan suma frecuencia como para poder identificarlos en el preciso momento de la cata del pobre vino. O si, por el contrario, esos clientes siguen, por simpatía, vana admiración y sin esforzarse demasiado, las teorías coránicas de los grandes “gurús” mundiales, “paridores” de estúpidos vocabularios totalitarios del análisis sensorial por aquello de que (dice el catador-enófilo-aprendiz): “Si le encuentro lo que dicen los maestros de las guías y los artículos especializados, es señal de que tengo muy buen paladar y ya soy casi o tan bueno como ellos”.

En ese dominio, buen catador no lo es nadie más que la persona que cata; no lo olvidemos jamás, séase pobre o rico, ignorante o inteligente… El paladar no tiene rey ni es vasallo de nadie, por definición, y acaso también por fortuna congénita.

En el mundo somos ya más de 7.000 millones de personas, entre las cuales, todas las etnias incluidas, no hay ni solamente dos que tengan la misma percepción en el noble túnel de la boca, que es, en definitiva, nuestro mejor profesor particular. Él es física y química puras. Sin lugar a dudas.  

Pues, por eso, debería ser que no, un no rotundo por lo que respecta a los “gurús” y profesionales mediáticos del ramo. Esas opiniones son precisamente las que debería el aficionado evitar para salvaguardar nuestra honra sensorial; quizás incluso debería ser al revés (¿por qué no?): “No encuentro nada de lo que dicen, ni en el aroma, ni en el paladar y, por tanto, mi aparato sensorial es diferente y tengo mi propia personalidad; voy a continuar practicando por el bien de mis papilas y de mi cuerpo”. Sin ningún tipo de miedo ni de pensar en el estúpido ridículo…

Sería esta una lectura mucho más honesta, más agradecida y muchísimo más genuina, pienso yo. Una viticultora americana de Los Angeles, Sandy Garber para más señas, me decía el otro día: “El paladar es solamente nuestro, ¡fiémonos de él!”.  Sapientísima apreciación, sí señor.

Puesto que, al final, el vino gusta más o gusta menos, ¿tanto nos costaría a nosotros todos saber decir: es un vino amable o simpático, o romántico, o duro, o monolítico, o suave, o agradable, o incluso político (claro, vino de izquierdas, “suavecito” él, y vino de derechas, caldo algo más “durillo”), o sedoso, o dinámico, o envolvente, o atrevido, o  cálido, o complejo, o divertido, o goloso, o gastronómico, o elegante, etc., utilizando nuestro sentido común y no nuestra fantasía animadamente descriptiva (que desgraciadamente no la tenemos todos), para que el neófito pudiese apearse sin miedo del qué dirán y subirse al carro del gusto personal?

¿No sería más fácil y gratificante hacer uso de este vocabulario, llano, sin esfuerzos, que el antes descrito del poco conocido durian o de la ya famosa silla de montar usada, sin hablar del correspondiente estruje y opresión innecesario de neuronas para intentar decir algo que ya han dicho los “técnicos”? Por favor, ¿no sería mejor percibir lo más fácil y real que lo estrambótico y rimbombante?

Y así de paso suavizar y allanar para el neófito el sendero de los miedos y de la indecisión gustativa, para que cada cual, luego a su aire y cuando de veras toque, deje correr libremente y a raudales la imaginación en lo exótico, de frutas y flores si así lo detecta, pero no por imposiciones ajenas, sino por sentimientos propios si aquel fuese su deseo.

Ya sobre la base de la práctica adquirida con el tiempo, el propio degustador se atreverá instintivamente y sin que nadie se lo diga o le imponga, a descubrir y describir todo lo que su cuerpo sienta o le pida, sin ninguna necesidad de tener la Biblia en la mano. Y podrá fantasear y dejar correr la imaginación tanto como quiera.

La formidable e imaginaria interpretación subjetiva solamente puede estar en nuestra mano, mejor dicho, en nuestro paladar. Como decía la americana de marras: “Es solo nuestro y bien nuestro”. Si es así, que lo es, entonces, ¿qué más queremos? El ciclo se ha acabado y punto.

Hablemos mucho o poco de cada vino si es que así lo deseamos, pero por lo menos procuremos que se nos entienda en el mundo del consumo y sobre todo en los mercados o sectores de público donde realmente deseamos incidir comercialmente.

Y, profesionalmente, para mayor comodidad de todos, empecemos nosotros mismos con un léxico humanamente fresco y comprensible, sepamos transmitirlo luego a los enófilos, después a los clientes y a la profesión, para terminar favoreciendo en la cadena a los amigos y conocidos. Seguro que, con el tiempo, todos lo agradecerán.

Pero, evidentemente, que cada cual haga con su verbo lo mejor que le parezca o que se le antoje, pues bien suyo es, al igual que el paladar, siempre y cuando redunde en beneficio y satisfacción propios, y también del personal ajeno. ¡Faltaría más! Por lo visto, jamás se podrá degustar con paladar ajeno. ¡Menos mal!

Es ya tiempo de ponernos las pilas pues, como bien se sabe, tempus fugit.

Am I really a fool_JosephPuig

Joseph Puig
Cuarta generación vinculada a la vitivinicultura y a la restauración. Además de ser propietario de varios restaurantes en Barcelona, fue el primer gerente fundador de la bodega de Torres en Chile y director de ventas internacionales de Torres España. También es propietario de Cellers Puig & Roca, inventor del sacacorchos PuigPull, autor de varios libros –El mejor vendedor de vino del mundo, La discreta arrogancia del mundo del vino, Noé: más claro que el vino, Diccionario ético para las ventas de vino, Confieso que he soñado, Al norte del Edén, entre otros de lanzamiento próximo–, asesor técnico de varias bodegas y miembro de la Académie Internationale du Vin en Ginebra.

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Este artículo tiene 4 comentarios

  1. Esteban hurtado Reply

    Excelente comentarios para los nuevos profesionales en cultura del vino y en especial en Panamá que sabemos hablar de las propiedades del vino por su cepa Region terruño espero que continue los comentarios y hablar mejor del néctar de dios y los reyes

  2. Maite Corsín Reply

    De acuerdo con Joseph en todo. Es necesario contextualizar el vino porque el vino no es sólo sabor y contenido sensorial. Eso es lo que se defienden los catadores endogámicos. El vino también tiene su vertiente externa que afecta al movimiento del mercado, precios, tendencias, packaging y una larga ristra de factores sociológicos y psicología de compra. El vino todavía está verde en su comunicaciòn.

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