Disrupción y fantasía

Por Sancho Rodríguez

La palabra disrupción se utiliza para definir la reinvención de procesos y la contravención del establishment. Y, aunque es un término que empieza a oler a chamusquina, es el que me viene a la cabeza cuando me acuerdo, aún con una mínima resaca (sin sulfitos, pero sí algo de acidez), de lo que viví en la feria Vellaterra 2018 de Barcelona. Es brutal ver al público que mueve el movimiento del vino natural. Me fui encontrando por los abarrotados pasillos a unos cuantos fichajes que en los 90 me cruzaba en el Sónar, A Sac, o cualquier otro aquelarre por los que nos movíamos. Mientras hacíamos cola para probar vinos de algún gurú del movimiento venido desde Italia, escuchaba cómo me hablaban de ánforas, de que la madera había muerto, de que lo que mola es fermentar con un mínimo de 50% de raspón y de los 8 lugares comunes compartidos y defendidos con pasión por este público al igual que algunos vinos ciertamente bizarros. Y cuidado, mi visión no es peyorativa. Es muy grande que algunos de estos conocidos que pasaron de la Xibeca a la cerveza artesanal, ahora se hayan acercado al mundo del vino atraídos por la llamada de esta nueva excitante tendencia.  ¡Ya está! La modernidad bebe vino en España.

Ester Nin y Carles Ortiz hacen una viticultura increíble en sus viñedos radicales del Priorat

Muchos profesionales, instituciones, publicistas se preguntan cómo llegar al público joven. Las cifras en nuestro país son bastante aterradoras, los jóvenes beben el vino que beben sus padres (escudos y blasones en etiquetas que nos llevan a otros tiempos) y solo en citas excepcionales. Aún estamos lejos de nuestros vecinos franceses que ya desde los 19 tienen por costumbre llevar a cenas con amigos una botella de vino. ¿Cómo llevamos el mundo del vino a los jóvenes?, ¿montando conciertos con copas de vino?, ¿con eventos financiados por las D.O o grandes grupos industriales?, ¿con vino chill? Uuumm, no sé no sé…

Hablemos de cerveza artesanal

También en Barcelona se ha desarrollado entre los días 16 y 18 de marzo Barcelona Beer Festival, un gran evento donde se visibiliza la potencia de este sector en cifras de público y de negocio. Es reconfortante ver que este nuevo público se hace preguntas acerca del origen de lo que bebe, juega con la búsqueda de los estilos que más le gustan y permite así vivir de su pasión a pequeños productores que no necesitan grandes presupuestos de marketing para vender fantasía. Es razonable pensar que este movimiento tenga un fundamento político, que sea éste un rechazo a la gran industria y en favor de los proyectos de talla humana, de lo pequeño. Pero, aunque hagan mucho ruido y se perciban como los “enrollados”, sólo suman alrededor del 1% de nuestro mercado, llegando hasta el 12% en USA. Los grupos cerveceros ahora compran a las mejores por grandes sumas, y hasta crean plantas con espíritu craft cediendo instalaciones para elaboradores independientes.

4Kilos y su búsqueda de distribuidor en Corea del Norte

Hablemos ahora de fantasía

Nos vamos a Sundance 2018. Ningún miembro de la familia Coppola presenta película, pero The Family Coppola va a tener un gran protagonismo. Presentan “The Red Stain”, un corto y ejercicio de “branded content” de Rodrigo Saavedra, realizador publicitario chileno, que firma este trabajo que va a permitir a la bodega de la familia Coppola publicitar su vino conectando dos de sus grandes pasiones (y negocios): el cine y el vino. La bodega es patrocinadora oficial de Sundance Festival en Park City y activa su presencia en el evento con The Coppola Club, el club para invitados donde se hará el estreno mundial de su nuevo “Diamond collection Chardonnay”. Y para acabar de afianzarse como LA bodega del mundo del cine, los vinos de Coppola son los únicos que se sirvieron en la gala de los Oscar y en la posterior cena de The Governor´s Ball. En este caso vemos a una celebrity global, autor de algunos de los momentos cinematográficos más brillantes del siglo XX, firmar un gigante proyecto corporativo que se dedica a producir millones de botellas, alimentando su marca gracias a un parque temático del vino en su sede principal donde llevan adelante las más inimaginables fantasías enoturísticas.  Desde la visita a la memorabilia de los hits de Francis Ford Coppola, un recorrido por la planta embotelladora, o incluso la posibilidad de hacerte tu propio coupage mezclando los vinos de su portfolio. ¿Es esto fantasía? ¿Es bueno o malo? No lo sé, pero parece un ejercicio honesto a nivel de producto y marca, no venden un imaginario de pequeño viñatero en su paisaje a lo Masía de Casa Tarradellas. Y, si además genera riqueza en su comunidad, ayuda a generar empleo entre sus proveedores, y hacen una viticultura industrial pero menos química pues creo que es poco criticable.

Red Stain ©rodrigoSaavedra, The Coppola Family

Me gustan los vinos puros, directos y hasta salvajes, como algunos de los naturales. No entiendo los bizarros, y no me gustan los que tienen bret y que nuevos bebedores defienden con vehemencia. Sin embargo, me parecería una locura no aprovechar la oportunidad de llegar a este nuevo público/nueva comunidad que nos llega desde la cerveza artesanal y vinos naturales. Nuestros pequeños productores de toda la península más allá de hablar de procesos, recipientes, sulfuroso y raspón nos hablan de lugares y de cómo trabajan con pasión viñas alucinantes plantadas en paisajes maravillosos. Viticultores que reivindican sus pueblos y su gente, que intentan cuidar y respetar la naturaleza, y que no tienen los medios de Coppola para hacer vídeos que expliquen su mundo. Pero que sí tienen historias de verdad, enormes amaneceres, grandes retos, tristezas en forma de heladas y una gran herramienta que se llama Instagram para acercar su universo a una minoría que forma una gigante comunidad.

Comando G. Las Umbrías, Sierra de Gredos

Sancho Rodríguez
Me siento como un intruso en este blog, soy un “outsider” del mundo vino.  Me crié pasando varios meses al año en La Granja Remelluri en las faldas del monte Toloño. Mis juegos consistían en perseguir tractores y cosechadoras y volver loco a los viticultores que cuidaban nuestras viñas. Tuve la gran suerte de que mis padres se embarcaran, gracias a un maravilloso accidente, en la aventura de volver a dar vida a una granja cuyo origen es antiquísimo. Me llevaron por primera vez en marzo de 1974, con solo 1 mes, y a los 8 años ya abarcaba responsabilidades en diferentes departamentos de la empresa; desde el manejo de la “Pasquali”, el maravilloso tractor articulado con el que Manin labraba algunas de nuestras viñas viejas, hasta la responsabilidad del sofisticado departamento de “enoturismo”, que básicamente consistía en enseñar la bodega a algún turista que llegaba de chiripa, explicando que no utilizábamos ni herbicidas ni productos sistémicos en el trabajo de nuestras viñas. Me ponía de bastante mala leche cuando mi padre, al oír que llegaba un coche, me mandaba a hacer la visita. El hecho es que, después del cabreo, acababa disfrutando abriendo nuestra casa a aficionados al mundo del vino que se asombraban al descubrir el ambiente de nuestra finca y la maravillosa energía del valle.

Fotografía encabezado: @Iker Basterretxea

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