El enoturista no existe: son los padres

Por David Jobé

“El enoturista no existe”, (Paul Wagner, gurú del enoturismo mundial)

La teoría dice que no existimos. Que somos solo turistas. Nos confundirán con gente que viste calcetines y playeras. Que busca las tres S (Sun, Sex and Sand). Ay… Nos equiparán con los de “¿si-hoy-es-martes-esto-debe-ser-Praga?”, tal vez sea así, pero… ¿Os lo han preguntado alguna vez, enoturistas? Debéis ser activos, dejad constancia de que pobláis la tierra.

¿Sabíais que somos materia de marketing? Las bodegas preguntan a los expertos. “¿Puedo convertir el enoturismo en negocio?” “¿Cómo atraeré más?” “¿Qué les muestro?”. Los campesinos y viticultores, que hasta hace cuatro días se tenían que preocupar por hacer vinos excelentes, ahora necesitan respuestas. Se acumulan en las consultas de los especialistas con la inquietud de un padre primerizo con la criatura en las rodillas que pregunta al médico si esto tiene cura. Preguntan al maestro “¿cómo va el niño?” con el chaval delante. Como si el crío fuera sordo o mudo.

Actividad “De la vid a la copa” en Bodegas Torres, Penedès

Algunos expertos formulan teorías interesantísimas de cómo somos, los enoturistas. “Buscan experiencias”, dijo uno. “Tenéis que regalarles momentos inolvidables”. Los hubo que querían ser más originales: “Las dos únicas cosas que les interesan son la clave del wifi y donde está el lavabo”. Esta es buena, ¿eh? No sé si nos entienden demasiado. Después de visitar una cincuentena de bodegas por todo el mundo nunca me han preguntado qué se podría mejorar de la visita.

Tal vez haya llegado el momento de reivindicarnos. Un gran científico dijo “cambiar de respuesta es evolución, pero cambiar de pregunta es la revolución”. ¡Pregunte! El enoturista responde.  

No sin mi móvil
El 90% de las bodegas tienen número de fax en la web. Pero aún no he visto ninguno con un icono de whatsapp. A continuación, reproduzco un sueño erótico.

La opción más común es que rellenéis un formulario para mandar un correo. Vuestro nombre (obligatorio), vuestro correo (obligatorio) y vuestro mensaje. Pedimos una visita a la bodega como quien solicita una beca. La pestaña reza “¡visítanos!”, pero el formulario parece decir “no molestes”.

Reserva previa

La mayoría de las bodegas avisan de que hace falta “reserva previa”. En un restaurante, esto se resuelve a) con un portal de reservas o b) llamando. No es demasiado difícil…

– Hola, ¿podría reservar una mesa?
– Sí, ¿para cuántos?
– 12
– ¿A qué hora?
– Las 15:00.
– Apuntado. Les esperamos.

Cualquier empleado de un restaurante está preparado para atender una reserva. En una bodega, no. Tienes que llamar en horario de oficina. La persona que te coge el teléfono no suele ser quien se encarga de las visitas. Un momento. Ahora ha salido. Hoy no está. Llame más tarde. Trasladan un problema, en lugar de ofrecer soluciones. ¿Os imagináis que un comercial de la bodega no diera su móvil a un importador sueco? La próxima vez que queráis reservar una visita (o una experiencia) haced esto:

 GPS

No todo el mundo cree en Dios, pero sí en Google Maps. Hay pocas bodegas que, una vez hecha la reserva, os manden una dirección compatible con el móvil. En la mayoría de ocasiones, tenemos que ponerlo nosotros, antes de salir. Entonces descubres que tienes dos horas de viaje y que llegarás tarde a la visita de las 11:00. Google Maps calcula los caminos no asfaltados como si fueran autopistas de peaje. ¡Llegarás tarde diez minutos más!

Entrada de la bodega Abadal, en Santa María d’Horta d’Avinyó, Pla de Bages

Otro drama es encontrar algunas bodegas en Google. No es lo mismo poner “Barcelona” que “Masía de Can Pendolet, arrabal de Santa Gloria, barrio de María Purísima sin pecado concebida, provincia de Soria”. Hay bodegas de buena fe que te mandan coordenadas. Pero somos enoturistas, no zapadores del ejército.

A algunas bodegas les gusta proponer una gincana a los visitantes. En este caso, avisad antes de que no hay muchos carteles. O que están medio escondidos porque el Ministerio de Fomento prohíbe poner indicativos en los arcenes de las carreteras comarcales. Damos golpes de volante. Recorremos caminos de carro con coches que no están preparados. ¡Hay veces que para llegar a una bodega tienes que seguir los hitos de los mountain-bikers!

Malas experiencias

Si compras algo en Amazon, pongamos por caso, te mandan un mínimo de cinco correos electrónicos. Confirmación, ya sale el paquete, quédate en casa esta mañana, ya lo has recibido, compra más. Hay poquísimas bodegas que te manden un correo de confirmación. ¡De hecho, en general tardan mucho en responder los mails! En los pocos casos en los que te confirman la reserva con una especie de factura tuneada, son poco descriptivos con lo que te ofrecerán. Se echa de menos un poco de spam, más allá del que recibimos para hacernos del club de amigos de la bodega o cuando te suscribes a una impersonal newsletter.

Hay días en que nos entran ganas de escribir una newsletter-encuesta:

A veces las ofertas son poco realistas. Una “cata con productos autóctonos” acaba siendo medio fuet para 12 personas, un puñado de palitos de pan, y tres botellas de blanco, rosado y tinto a repartir entre los enoturistas. Una vez acabadas, todos amablemente, para casa. En las bodegas donde se deja una botella sobre la mesa, donde las raciones de pan y aceite no son para alondras sino para personas, se compra el triple de vino. Y por siempre jamás recordarán esa mesa.

Detalle de la actividad “picnic entre viñas” de la bodega La Vinyeta, Empordà

La opción de barra de catas es encantadora. La bodega reivindica su producto con una copa de cristal competitiva. Y el enoturista estira la cata a precios razonables. Puede hacer una visita a su medida, gastando el dinero que crea, y teniendo más información si después se quiere llevar alguna botella a casa.

¿Dónde comemos?

Antes de salir de casa para visitar una bodega deberíais saberlo. Pero casi nunca caemos. La comida es, como mínimo, la segunda preocupación de un enoturista. Pues bien, casi nunca está cubierta. A veces, el drama os atrapa en la sala de tinas de acero inoxidable, cuando uno de los niños (cansado de la visita) os pregunta: “Papá (o mamá) ¿dónde comemos?”. La visión de dos horas de cola para comer en el único bar del pueblo donde os darán pollo a la brasa y patatas fritas congeladas os puede dinamitar la visita.

En Castell del Remei, Costers del Segre, tienen un restaurante en la bodega

Una bodega debería tener un plan B, un as en la manga, y ofrecer reservar una mesa en un momento clave de la visita. Si, además, hay un descuento por haber visitado la bodega (la palabra ‘gratis’ excita más que la palabra ‘sexo’) el enoturista estará el triple de contento.

Evidentemente, la preocupación de dónde dormir no figura en la lista de las bodegas. Pero no es una cuestión tan menor. Muchos enoturistas con un alto poder adquisitivo están dispuestos a conocer el territorio, pero preocupados por tener que conducir si han estado catando las exquisiteces de una bodega, usualmente con una voracidad desmedida.

Los domingos, cerrado

Tal vez sean catedrales del vino, pero el Día del Señor están cerradas. Si una familia de Manlleu, por ejemplo, recorre los 210 kilómetros que separan Osona de una gran zona vinícola para pasar el fin de semana, ¿qué harán el domingo si se lo encuentran todo cerrado? ¡Es que hasta hay pueblos en los que la Oficina de Turismo cierra en domingo!

La bodega Carles Andreu, en la Conca de Barberà, no cierra casi nunca

Este tipo de establecimientos tienen un largo camino por recorrer. Hay locales que cuando les pides “visitar una bodega” te miran como si fueras Clint Eastwood entrando en una guardería. Se puede ser abstemio o confesar al visitante “Es que no entiendo de vino”, pero debería ser compatible con recomendar una bodega. O, como mínimo, saber si hay alguna cerca. ¿Qué creéis que responden si alguien les pide por un night club?

¿A (dr)ónde vas?  

Hay algunas bodegas que te reciben con un vídeo. Afortunadamente cada vez menos, pero aún quedan las que saludan a los enoturistas que han hecho centenares de kilómetros con un recurso que podrían haber visto desde el lavabo de casa. Son vídeos de drones sobrevolando viñas, con música clásica y locutores de voz aterciopelada. Una vez ves la bodega sin filtros instagrámicos, sin música, parece inevitablemente más gris. Crean expectativas que se les girarán en contra.

En muchos casos, se presenta el oficio de viticultor de manera irreal. Hablan de las antiguas generaciones como si hubieran ido en el mismo barco de Colón cuando descubrió América. O tratan a las nuevas generaciones como personas indómitas, verdaderos supervivientes. Como si en lugar de plantar una viña, rodasen escenas peligrosas en Hollywood. Cualquier autónomo comparte la mitad de dramas de un campesino. Si buscan la empatía, la complicidad, los lazos en común, ¿por qué no dejan el dron aparcado?

En Vinyes Domènech, D.O. Montsant, la vista es espectacular sin drones

Falcon Crest

Las bodegas que tienen guía (y no es de la familia) han tenido que aprender el nombre de las 12 generaciones anteriores que hicieron vino y cava. Esto suele importar un pepino al enoturista, si no se lo presentan de manera novelesca. Más Nissaga de poder y menos Historia de Catalunya. Más relatos humanos y menos química.

En Cavas Gramona, Penedés, tienen biografías de serie de televisión

Hay viticultores que han hecho vino después de sobrevivir a un cáncer. Los hay que se han tenido que dedicar precisamente, por una muerte inesperada. Hay gente que pasó de enseñar economía a plantar viñas. Y los hay que pasaron de la agricultura tradicional a la ecológica y hasta la biodinámica y ahora son felices llenando cuernos de vaca con abono como quien rellena los canelones de Sant Esteve. Son historias que no se olvidaran jamás. A diferencia, por desgracia, del sabor del Cabernet Sauvignon de una bodega comparado con el que probasteis anteayer.

¿Fermentaqué?

Inevitablemente, en toda visita hay un momento en que os hablan de la fermentación, os muestran tanques de acero inoxidable, u os invitan a ver un parking de barricas de roble, eminentemente francesas. Lluís Tolosa hablaba de ello hace unos días en un magnífico articulo en este blog. Se le llama “turismo industrial” y es un error común que el enoturista no puede esquivar.

En Clos Mogador, Priorat, aún utilizan una prensa manual para hacer el vino

Tengo casi 40 años. He visitado bodegas por todo el mundo: no sé qué es la fermentación maloláctica. No me interesa. Una bodega tiene el derecho a saberlo, de manera educada, correcta. “No queremos ver tinas. Si no son Tina Turner”. Y por el amor de Dios, ¡no me enseñéis la etiquetadora!

 ¿Queréis comprar?

Al final de la visita, casi siempre sabes si comprarás o no. Hay un elemento decisivo: sacar el móvil y comprobar el precio en vuestro canal habitual. Si por el mismo precio (o menos) tu distribuidor te lo manda a casa, ¿para qué cargar con botellas que tintinearan todo el viaje?

Hay una gran variedad de ediciones limitadas en Albet i Noya, Penedés

Hay bodegas que venden ediciones limitadas. En este caso, no es tan importante el precio: compras una botella única. Pero, además, la bodega ha conseguido que te lleves a casa una segunda visita. Al cabo de unos días, o unos meses, podrás revivir la visita catando el vino en casa. Esto no tiene precio para una bodega. Y casi nunca merece un descuento en la visita. Paga lo mismo el que hace la visita y no compra nada, que el que se lleva una caja. 

En conclusión, el enoturista existe. Hasta a veces tiene consciencia de clase. Seguramente sabe lo que quiere. Algún día empezará a reivindicarse. Saldrá del armario. Escribirá un decálogo de todo lo que podríais haber sabido si le hubierais preguntado. Y aquel día, espero que no muy lejano, querrá conocer en persona quién propuso visitar bodegas en Segway. Y preguntará a un abogado: ¿sabe si en este caso el Constitucional nos ampara?

David Jobé
Periodista. Las generaciones anteriores de la familia fueron y son campesinos en la falda de Montserrat. Fundador, con Judith Cortina, de www.enoturista.cat, un digital independiente de reseñas de visitas a bodegas, con críticas de vinos para todos los públicos y artículos de divulgación pensados para lectores no especializados. Condensa la experiencia de más de 15 años visitando bodegas en Cataluña, España, Europa y California (Napa y Sonoma). Articulista de vinos, reportero enoturístico, comunicador. Durante 20 años ha trabajado en medios nacionales, como la SER, Catalunya Ràdio i sobre todo RAC1. Durante 10 años trabajó en El món a RAC1, el programa más escuchado en catalán, dirigió y presentó durante tres temporadas de verano. Actualmente es  el editor del informativo del fin de semana. Combina radio y vino en un espacio semanal en el programa gastronómico Amb  molt de gust. “Nunca digas ‘yo no entiendo de vino’ o te gusta o no te gusta”. 

 

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