El lubricante emocional: el vino

Por Anna Martí

Ocurrió en una pequeña aldea neolítica del sur del Cáucaso. En aquel montículo llamado Gadachrili Goda, a 30 kilómetros de la que hoy es la capital de Georgia, Tiflis, hubo una revolución. Una revolución que levantaron uno o varios inventores. Una mujer o un hombre. O varios. Personas anónimas que no salen en los libros de historia, que tenían un nombre que debía ser un simple apodo. Ellas y ellos, miembros de la cultura Shulaveri-Shomu, trabajadores de la tierra, pequeños ganaderos, que habitaban casitas circulares de piedra, fueron los primeros que convirtieron las uvas en vino. No sabemos qué sintieron cuando probaron hace 8.000 años, en el 6.000 a.C., aquel líquido que pudo haber sido de color rojo, blanco o naranja. No sabemos si cantaron o bailaron, jugaron o amaron. Sí sabemos que gustó. Era el 13 de noviembre de 2017 cuando un grupo de investigadores liderados por el arqueólogo Patrick McGovern publicaron aquel hallazgo. La química descubrió residuos de vino en piezas de cerámica. Había habido fermentación. Empezaba la era del vino. Desde aquellas tierras el vino se esparció hasta el creciente fértil, Mesopotamia, y desde allí se expandió hasta Europa.

Más información en:
Early Neolithic wine of Georgia in the South Caucasus
National Geographic: Halladas las pruebas más antiguas de vinificación

En tiempos de Julio César el vino ya era el producto más deseado de la Roma Imperial. El más comerciado y el más valorado. Desde las variedades griegas hasta las hispanas. En la antigua Roma, el vino era tomado a diario por todas las clases sociales. Hasta los esclavos tenían permitido beberlo. El vino se veía, olía, se bebía, se palpaba. Se disfrutaba con todos los sentidos menos con el del oído, por este motivo, se hacían chocar las copas para originar el sonido llamado brindis, haciendo partícipe los cinco sentidos a la hora de compartir esta venerada bebida. Cincuenta años después, un profeta y revolucionario para unos, Dios hecho hombre para otros, convertía el vino bendecido en su sangre. Con Jesucristo, el vino se unía a la divinidad. Empezaba otra historia.

Más información en:
The Time of the Roman Empire

Veré cómo eres y te diré cómo bebes. ¿O habría qué decir dime cómo bebes y te diré cómo eres?

Es indudable que hablar de vinos siempre es un placer, aunque hoy subimos el nivel y nos centramos en el vino y los sentimientos que de forma conjunta interactúan de forma imperfecta. El vino y las emociones, a través de nuestros nervios sensoriales, ofrecen un cosmos muy amplio. Un procesamiento mental muy diverso, arraigado en cada cultura. Los países, como los mediterráneos, donde el vino lleva muchas generaciones enraizado en nuestras sociedades, tiene unas cualidades y reflejos muy distintos al vino recién llegado a otra sociedad. Se bebe y disfruta de otra manera.

Para explorar los posibles factores emocionales que subyacen a la preferencia por el alcohol, científicos británicos recurrieron a respuestas anónimas a la encuesta digital más grande del mundo sobre el uso legal e ilícito de drogas y alcohol entre adultos (‘Global Drug Survey’ o GDS). El análisis final mostró que atribuían diferentes emociones a distintos tipos de alcohol. Las bebidas de alta graduación provocan más sentimientos negativos como agresividad aun así también asocian con energía y confianza. Y las bebidas de baja graduación se asociaban a emociones como relajación, espiritualidad e inhibición. Por qué: ¿cómo afectaron los tiempos de confinamiento de la pandemia al consumo de vino? Sin duda, beber más vino fue un motivo para vivir mejor aquellos tiempos en que nuestro cerebro tuvo que acomodarse a desconocidas incomodidades.

Más información en:
GDS 2020 Key Findings

¿Es el vino arte? ¿Puede descifrarse y definirse una variedad de una, una cosecha, en un año en un lugar determinado, como una pintura, una obra literaria, una pieza de música o una escultura? Sí. Si el color, el aroma y el sabor del vino activan nuestros sentidos, ¿por qué no intentar maridar vino y emociones, vino y arte? Igual que hay obras de arte que requieren superar estadios y emociones previas, con el vino pasa lo mismo. Hay que educar la sensibilidad artística y hay que educar la sensibilidad vitivinícola. Es un largo proceso de maduración que requiere crecer sin prisas.

Hay un vino para cada momento, hay vinos que nos ayudan en la búsqueda de inspiración, de motivación, los hay de chimenea y de celebración después del esfuerzo o ante una buena noticia. Hay vinos para conversar y otros para beber a solas, para olvidar. El factor emocional forma parte del vino, acompañando en cada momento a las características sensoriales, la emoción, sin duda, es uno de los beneficios que trae el vino bebido con moderación.

Así, deducimos que el vino con amigos sabe mejor, aumenta la sensación de placer, nos evoca recuerdos familiares y transportan a otros lugares. El vino es un paisaje. Por esta razón no hay nada más agradable que visitar y pasear por tierras de vides, conocer sus orígenes, palpar el terreno, observar la uva en julio y poder decir, años más tarde: yo conocí este vino antes de que lo fuera. Sé de dónde viene y el trabajo de elaboración que ha generado. Paisaje sí. También historia. El neocórtex, donde reside nuestra razón, trata de separarlas, pero nunca lo llega a conseguir totalmente. Y, por ello, la información que recibimos de nuestros sentidos nunca es del todo objetiva y está influido por recuerdos, estados de ánimo o experiencias.

Si hoy aparecieran en uno de nuestros viñedos mediterráneos aquellos inventores georgianos de hace 8.000 años, qué mejor manera de empezar a granjear una buena amistad que ofreciéndoles una copa de vino. Sería el mejor mensaje. Un mensaje lleno de emoción. No haría falta decir nada. Bastaría una sonrisa.

«El vino siembra poesía en los corazones.» Dante Alighieri.

Anna Martí
Anna Martí Font es licenciada en psicología clínica por la Universitat Ramón Llull. Es expatrona fundadora de la Fundación Eduard Punset y empresaria del sector de Recursos Humanos. Partner en Working for Happiness, fundadora de The Talent Lab-Life Sciences, Connecting-Hads y Martin Warwick y cofundadora de Traveling for Happiness, Happiness Institute Awards, Emotional Smartest Companies e Ingerniero Work. 

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