El manual de tu exceso

Por Bertrand Sourdais

¿Por qué bebemos vino? ¿Podríamos afirmar que nos gusta el vino simplemente por el alcohol que contiene? Son preguntas atrevidas, pero posibles. Tienen también algo de juego, pero de antemano, no me las prohíbo. Porque debemos reconocer que vivimos conceptualmente abrazados por una sociedad forzada, que nos dicta todo lo que debemos hacer en cada momento. Y en esa precisión prescrita sólo se nos permiten pequeñas fugas de entusiasmo, como la que se puede efectuar, por ejemplo, con la ingesta del alcohol el sexto o séptimo día de la semana, sin sobrepasar el fatídico punto tóxico crítico.

Me gusta definir, reflexionar, al fin y al cabo soy de tierra de filósofos y escritores. Desmitifico el consumo del alcohol tratando de proponer una inocente deliberación. Confirmo que cada vez bebemos menos vino, justo en un momento, en el que la televisión por cable, las Redes Sociales, nos circunscribe a nuestras pequeñas parcelas de confort –la vuelta al nido o el efecto ‘Cocooning’, tal y como se definió en los años 90, caracterizado por la búsqueda de la protección en el hogar–, alejándonos de nuestro ‘yo social’, de aquellos momentos plácidos que compartíamos con una copa de vino o, permítanme escandalizar, con una copa de alcohol.

Estudio el manual del exceso del ciudadano occidental y lo veo de la siguiente manera: el exceso de la cerveza y sidra supone un efecto llevadero, controlado, visitamos con frecuencia el baño o en el peor de los casos, la propia calle –pregunten por la fiesta en el barrio de San Pauli, en Hamburgo–; más glamuroso se presenta el festejo del champán, la cabeza se llena de burbujas y los pensamientos son creativos; la secuela en términos de exceso resulta más fulminante si preferimos los vinos blancos y rosados, ya que la ‘cabeza engorda’.

Me acuerdo de los vinos del norte de Francia –máximos de 12,5º– y los reduzco a un exceso prolongado, encerrado entre cuatro paredes, mi hogar como lugar de reunión con amigos, en el que el vino es vino, pero también sustituye al ‘gin-tonic’. Se empieza la mañana con vino y se acaba la noche con vino; efecto de fraternidad, amistad, la ‘pequeña aldea gala de mi casa’, diferente en todo caso a la expresión de los vinos mediterráneos, entre los que incluyo los españoles –ahora más que nunca de 14º–, de efecto rápido, apagan la mente y restan creatividad, pero su consecuencia convive con una sensación de estar en comunión natural con la gente que quieres y respetas, con la que disfrutas, casi siempre en sociedad, nunca es un fin, sino un medio de socialización perfecto; por último no me olvidaré del Occidente más extremo, el gusto allí acompaña también las bebidas espirituosas, coñac, vodka, whisky, ron y ginebra, de tránsito hacia un oscuro portal, que tiene remedio si sabes que “las resacas son siempre para los que dejan de beber”, como dijo Lemmy Kilmister, cantante de la banda Motörhead.

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Reconozcamos que disfrutamos con la liturgia del alcohol. Incluso en Estados Unidos, más espontáneos, se atreven a descorchar un ‘grand cru’ a cualquier hora del día, para experimentar el placer de la bebida. La vida necesita de un pequeño exceso de alcohol, ya que nos permite elevar el espíritu, nos hace más agradables, más expuestos, más partidarios de la vida y de sus flujos.

Reivindico ese tipo de sociedad que se regía por el vino, con el que se ganaba el sustento y se alimentaba con los caldos de la cosecha, esa comunidad pausada y prevista, y en la que el alcohol improvisaba el carácter de todo el mundo, incluso de aquél que lo necesitaba para ser más humano, menos único. Reivindico el hombre asombrado, aquel cuya conciencia reflejaba el goce de beber vino, sin dominar todavía la expresión verbal del mismo. Permítanme pues este pequeño ‘Antídoto’, una licencia imprudente de lo que supone para mí este pequeño universo.

firma Bertrand Sourdais

Bertrand Sourdais
Bertrand Sourdais nació en Chinon (Loira, Francia), en el seno de una familia de cinco generaciones de viticultores y elaboradores, propietarios de Domaine de Pallus. Estudió en el Valle del Loira y en Burdeos y su formación transcurrió en el Château Mouton Rothschild, Château Léoville Las Cases, Bodegas Viña Santa Rita (Chile), con Alvaro Palacios en el Priorat y Château Nenin en Pomerol. En el año 2000, se asienta definitivamente en España y dirige el proyecto Dominio de Atauta. Desde 2005 es gerente de Domaine de Pallús y en 2010 de Bodegas Antídoto y Dominio de Es, en el extremo oriental de la DO Ribera del Duero, en los campos de Soria.

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