El mejor viñedo del mundo

Por Telmo Rodríguez

Hace dos años, empezábamos a restaurar nuestro tercer viñedo en las laderas del Bibei “As Ermitas”, un valle misterioso en la frontera entre Ribeira Sacra y Valdeorras. Ahí chocan la Galicia continental con la Atlántica, el castaño con la encina y el helecho con la jara. Los bancales de granito cubierto de musgo y liquen serpentean por todo el valle para perderse camino del Sil. Tener la intuición de los sitios, imaginar lo que fueron y soñar en el gusto del futuro vino ha sido siempre lo que más me ha gustado de nuestro trabajo. Viendo un día con Pablo Eguzkiza, mi socio de siempre, como se desbrozaba una zona salvaje de esa parcela tupida de “toxo”, aparecieron unos bancales con buenas piezas de granito, muy labradas, seguramente de la época de los romanos.

Imaginábamos como sería esa viña cuando un paisano que nos ayudaba se acercó y nos dijo que nos veía ya muy mayores para acometer semejante empresa. Nos reímos y seguimos la corriente al zorro gallego que no paró de hacer cálculos para demostrar su teoría. Aquella noche nos fuimos pensativos a casa. ¿Y si ya fuéramos viejos para esto? Casi llevo treinta años haciendo vino. Veintiún años desde que iniciamos la Compañía de Vinos Telmo Rodríguez. Siempre hemos mirado hacia delante, nunca tuvimos tiempo para otra cosa. Hemos dado muchas vueltas, algunas complicadas, y hoy estamos felices y orgullosos del camino recorrido. Creo que nos ha tocado vivir una época difícil pero de grandes oportunidades.

Para mí fue fundamental Francia, una fuente inagotable de inspiración. Me diplomé en la facultad de Enología de Burdeos (donde nació la Enología moderna en los años cincuenta) en el 89. Allí mi primer contacto con el vino de calidad. Durante tres años, pateé todas las zonas emblemáticas. Descubrí el mundo de los “Châteaux” y me dejé conquistar por el misterioso y decadente ambiente de Sauternes. Cuando surgió la oportunidad de trabajar en un primer Grand Cru del Médoc, me di cuenta de que buscaba otra cosa. Sentía la necesidad de conectar más con la tierra. En Burdeos, el lujo había alejado al hombre de la viña. Descubrí en el Ródano a los verdaderos héroes de la tierra. Generaciones que habían luchado para preservar viñedos imposibles. Viticultores que se sacrificaron por proteger lo recibido. Hasta plantar frutales en los valles cuando la viña no daba para vivir. Estos años me marcaron definitivamente y dejaron una profunda huella en el trabajo de la Compañía de Vinos. Aprendimos a luchar por cada tierra e intentar estar siempre a la altura de los viñedos excepcionales.

Cebreros_Castilla_Telmo Rodriguez_Vila Viniteca

Cebreros

El regreso a España no fue fácil. El vino lo elaboraban los gerentes de las bodegas y sus comerciales. Los vinos no se reconocían por los lugares, territorios y paisajes, sino por sus marcas. En esa época, las grandes zonas vitícolas también invirtieron en hacerse marca genérica. Se hablaba de kilos de uva y litros de vinos, evitando hablar de pueblos, términos o parajes. Igualar todo por lo bajo. Las cartas de los restaurantes eran monótonas. A nadie le interesaba el vino. Ni siquiera a los críticos que solo bebían el vino regalado por las bodegas. Fueron años perdidos en los que el consumidor, actor principal de la cadena, no se educó. En este contexto iniciamos nuestro sueño. Con muy pocos medios y las ideas claras. Iríamos despacio, trabajaríamos estudiando nuestra historia respetando a nuestros ancestros. Los grandes vinos y viñedos necesitan mucho tiempo. No fue fácil. La moda del momento era plantar variedades francesas que ya eran internacionales. España quería convertirse en el nuevo mundo a golpe de cabernet y tuvimos que vender fuera cuando elaborábamos garnachas de Navarra viejas y con increíble gusto a naranja. Aquí no interesaba. Hasta el Priorat tuvo que adornarse con variedades “mejorantes” para poder venderse y en el Bierzo la gran noticia fue descubrir el gewüztraminer… ¡¡Invertiríamos solo en viña, defenderíamos los viñedos olvidados y las uvas de siempre!!

Ahora somos testigos del renacer de un auténtico país vitícola que un siglo de contexto difícil ha diluido. España tiene una diversidad y una riqueza incomparable. Nuestros grandes “sitios” no tienen nada que envidiar a las parcelas históricas de Francia e Italia que tanto admiramos. Se ha activado una nueva generación dispuesta a trabajarlo todo, a dedicar su vida a los grandes viñedos. Desde Jerez a Galicia, pasando por Levante, Sierra de Gredos, Castilla, Cataluña, Rioja… También hemos asistido al nacimiento de comerciantes que no han dudado en adentrarse en el mundo del gran vino al mismo tiempo que apoyan la regeneración de la viticultura de nuestro país. Han creído en nuestras viñas y su valor. Los vinos han pasado de venderse en las tiendas de comestibles a venderse en tiendas especializadas en los lugares más emblemáticos de nuestras ciudades.

Rioja_Telmo Rodriguez_Vila Viniteca

Rioja

Emile Peynaud, en el prólogo del imprescindible Le goût du Vin, dejaba claro que el vino lo elaboraba el consumidor, no el productor. Tendríamos buenos vinos si tuviéramos buenos consumidores. Quizás ahora, por esto, solo falta que el consumidor español confíe, que tenga fe en el excepcional potencial de nuestros lugares, que se sienta orgulloso de sus vinos y los proteja. Y nosotros, los productores de la vieja guardia, tenemos que conocer a la nueva generación, preocuparnos por lo que hace, beber sus vinos y compartir con ella nuestro trabajo.

Para terminar me gustaría contestarle a nuestro viejo amigo gallego, decirle que está equivocado. Nunca es demasiado tarde. La magia de la viticultura es plantar para la siguiente generación. Plantar los mejores sitios olvidados de nuestro territorio vitícola para los que vendrán es también vital para nosotros, para que se cumpla el sueño de nuestra Compañía. Estoy convencido de que esto nos dará vida. Como en la fábula de La Fontaine donde tres jóvenes se burlan de un anciano que planta unos árboles.

“Toda humana empresa viene tarde y dura poco. La mano de las pálidas Parcas se ríe de vuestros días y de los míos. Iguales por su brevedad son nuestras vidas. ¿Quién gozará de nosotros las últimas luces de la bóveda azul? ¿Hay algún momento en que podáis contar con el minuto siguiente? Mis tataranietos me agradecerán esta sombra. ¿Es que podéis prohibir al hombre cuerdo que se tome fatigas por el placer ajeno? He aquí un fruto del que gozo hoy, del que podré gozar mañana y muchos días aún”.

Telmo Rodríguez
Se forma en Francia, estudiando enología en Burdeos y continuando después su formación en el valle del Ródano. A su regreso a España trabaja durante diez años en Remelluri, la bodega familiar, hasta que en 1994 decide poner en marcha la Compañía de Vinos Telmo Rodríguez junto a Pablo Eguzkiza. Actualmente es responsable de Remelluri y de la Compañía de Vinos Telmo Rodríguez.

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