El péndulo líquido: vino, arte y sociedad. Una disertación mediterránea.

Por Bernat Vilarrubla

Érase una vez una princesa llamada Europa. Se había criado en las costas del mediterráneo oriental, hija de un rey Fenicio. Europa irradiaba belleza, y el más poderoso de los seres que poblaban aquel mundo que hoy es el nuestro, Zeus, quedó inmediatamente prendado de la muchacha. Para no impresionarla en demasía, pues los dioses imponían entonces tanto como ahora (aunque hayan cambiado de nombre y sean hoy un tanto menos lúdicos) Zeus se acercó a Europa oculto bajo la forma de un toro blanco.

Ovidio, inspirado por una copa de buen Falernum en sus años de bonanza antes de ser desterrado, narra de forma fascinante el rapto de la princesa en el libro II de la Metamorfosis, que terminó en el año 8 d.C:

“Se atrevió también la princesa, sin saber a quién montaba, a sentarse sobre el lomo del toro; entonces el dios, apartándose poco a poco de la tierra y de la arena seca(…). Se asusta Europa y vuelve su mirada a la costa que, raptada, va dejando atrás, y con la diestra agarra un cuerno, apoya la otra sobre el lomo; tremolantes, sus ropas se ondulan con el viento”.

El rapto de Europa, mosaico del s.II d.C procedente de Mérida

La fábula, contrariamente a la naturaleza trágica de gran parte de los mitos clásicos, tiene un dulce final, y la princesa se corona como reina de Creta. El mito, al fin y al cabo, no es más que una herramienta para explicar la realidad y responde a la necesidad de respuestas esenciales para una comunidad. Y, claro está, el lector avispado puede encontrar en ellos elementos que ofrezcan información sobre la realidad del momento.

Europa es trasladada a Creta, es decir, traída de la barbarie al corazón de la civilización. Tal vez por eso, en casi todas las representaciones de la escena (de Rubens a Rembrandt pasando por la psicodélica escultura de Fernando Botero en Barajas), la princesa no muestra pánico alguno, sino cierto confort, y la imprescindible mano sujetando férreamente el cuerno del flamante toro blanco, simbolizando así la fortaleza de la civilización griega como luz de todos los hombres.

Picasso lo vierte en un trazo simple, donde el toro muestra la misma firmeza que el animal mostrará en el Gernika, con la mirada firme e impasible delante del horror. ¿Será esta la mirada de la verdad y la civilización, que no se amedrentan ni siquiera frente a los actos más atroces?

El rapto de Europa, Picasso

Y es que esa fue la gran dicotomía de la antigüedad, aunque, tal vez no fuera tan territorial como ideológica: occidente y oriente.

Esa dicotomía encontrará su auge en las legendarias guerras Médicas que enfrentarán a los persas, habiendo ya sometido todo el mediterráneo oriental, contra los helenos. Un modelo de imperio y de conquista a sangre contrapuesto con una serie de ciudades estado de libre asociación. Un modelo de imposición dogmática frente a uno eminentemente libertario.

La victoria de las ciudades de Atenas y Esparta aun encontrándose en clara minoría numérica frente a las huestes del rey Jerjes, propició dos de los siglos de mayor luminosidad para la humanidad. Ahí se gestó el que hoy asumimos (¡qué remedio!)  como mejor sistema de convivencia entre seres humanos, la democracia. Dio a luz la filosofía, el pensamiento científico y todo lo que de él se desprende: medicina, ciencias naturales, matemática…

En cierto modo, Grecia, como corazón del mediterráneo occidental, y la victoria de atenienses y espartanos, son el único motivo que nos diferencia en el modo de entender el mundo de la mirada asiática que tan exótica nos parece.

Y es más, si consideramos que en origen, es el pueblo fenicio, quien extiende inicialmente el viñedo por toda la cuenca del mediterráneo, es cuanto menos considerable, el hecho de que nuestra princesa simbolice la vid, arrancada de las manos de oriente, con su naturaleza ascendente y caótica, para formar parte del corazón cultural de los pueblos helenos, a los que Roma tomara el relevo, haciéndola llegar hasta las zonas de producción modernas de la Europa del norte: Borgoña, Rhin, Champagne, el Danubio…

Recordemos que según sabemos, el pueblo fenicio cultivaba el viñedo como enredadera, sujetándose en muchas ocasiones de frutales u olivos. También el pueblo etrusco, algo menos dado a viajes y aventuras lo entendía de ese modo. Algunos ejemplos arcaicos pueden encontrarse en las Marcas (Italia) por poner un ejemplo, donde en algunas zonas remotas, la malvasía abraza los manzanos buscando el cielo.

Conducción etrusca (propia del levante mediterráneo)

Es el mundo occidental quien “domestica” el viñedo. Cuando observamos la belleza de los brazos agrietados de un viñedo en alberello (o vaso, o gobelet) podemos vislumbrar la herencia que la europeización de la planta simboliza.

Tal vez podamos agarrar con firmeza uno de los brazos de las aún existentes cepas centenarias de este país como si del cuerno de Zeus se tratara, para mantenernos firmes frente a la que se nos viene encima. 

Viejo viñedo en la Axarquía, Málaga

Las dos Europas modernas

En todo ello me hallo pensando mientras escucho con poco asombro la última pero no menos dolorosa maniobra insolidaria de la Europa del norte en medio de la epidemia y la sombra de la inevitable recesión.

Europa, sí.

La dicotomía que nos ocupaba hace unas líneas se ha modificado en los tiempos modernos. Se ha simplificado me atrevería a decir. El Norte – Sur no esconde significados profundos en ningún modo. Ni siquiera requiere de eufemismo el despotismo de quien posee recursos, frente a los que los requieren.

Y es que, de forma ancestral, para la ética mediterránea, el deber social y el ocio priman muy por delante del control financiero y así puede (aunque cada vez menos) comprobarse con joya en las calles de Trieste, de Málaga o de Patras. 

Pero el poder obliga, y la rígida mano del estado capitalista voraz, se opone naturalmente a compartir, a acoger por razones que no sean exclusivamente productivas, al intercambio entonces, con aquel que se presume de extracto bancario ridículo. Miren hoy, las costas del otro lado del espejo (desde aquí, desde Barcelona), los puertos des de los que partieron los fenicios, Líbano, Siria, la llamada desoída de una emigración forzada de nuestros hermanos de mar.

Claro que la ética escuece. Porque aun cuando se desprecia de forma institucional el humanismo empobrecedor que circula por nuestras venas de navegantes que comparten canciones en diez mil lenguas mezcladas, gran parte del gran símbolo heleno, el Partenón, se encuentran en el British Museum. El conde de Elgin secuestró a principios del s. XIX más de treinta por ciento de las métopas del friso y una gran colección de esculturas, y aunque en muchas ocasiones se ha intentado forzar al parlamento británico a devolverlas, nunca se ha conseguido.

De hecho, una de las demandas (aunque no especificada de forma explícita) en los documentos del brexit, hace mención a su retorno. Porque el alma de Europa, sabe bien Europa que no puede quedar fuera de sus fronteras, aunque estas mengüen.

El conde de Elgin, Thomas Bruce, murió 14 años antes del hecho que nos ocupa a continuación, y que es sin duda alguna, la joya de la corona de un sistema, que en pro de mercantilizarlo todo, hizo lo propio con otro de las raíces de la cultura mediterránea: el vino.

La mercantilización del gusto

El 1855 se crea la clasificación de Grands Crus de Bordeaux. Son la cristalización de la evolución, en gran modo, de los precios pagados por los vinos en la capital británica.

Por decirlo de otro modo, la constatación firmada y vinculante ad eternum, de qué valor y precio, son la misma cosa. La victoria última del modus vivendi anglosajón sobre el alma mediterránea es hacernos asimilar que el precio del producto modifica su valor intrínseco.

Es la mercantilización del gusto, ya sea en el arte, la música o el vino, que coincide con el gran auge del capitalismo reestructurando las escaleras de valores estéticos.

Y es que… el gusto, el juicio estético, más que esa imagen de tótem mental que nos individualiza como individuos, se desplaza con el poder, y nosotros, (¡claro está!) bailamos con él.

Creamos por un segundo aquel tópico de que una imagen vale más que mil palabras, y observemos, por ejemplo, la Afrodita de Praxísteles, el mejor representante de la escultura clásica frente a la mujer de tez pálida y figura escueta de cualquier obra centroeuropea, ya roce el medievo o se acerque a la época Victoriana, (con la excepción obviamente del renacimiento) donde la belleza radica en la fragilidad de la figura. El canon de belleza se mueve desde los muslos generosos (¡generoso, anótese el término!) y la fuerza y plenitud, al corsé que estrecha la figura para hacerla más ligera y estrecha, al límite de resquebrajarse al menor soplido. La expresión última de belleza se ha trasladado de la feminidad mediterránea a la germánica.

Afrodita de Knidos, de Praxíteles.

Pero lo auténticamente curioso, es que ese prisma también se impuso en la iconografía del sur, quienes, aunque seguramente tendrían más dificultades para endosar el endiablado corsé a sus pobres y torturadas mujeres, pasan a representarlas con una aurea blanquecina. Todos los retratos de duquesas y condesas castellanas y aragonesas, con los mismos rasgos norteños de la noche a la mañana, como si en Zaragoza, Nápoles o Barcelona les diera la misma luz que en Flandes, mire usted.

Nuestras preferencias estéticas, claro está, se nutren de aquello que hemos visto y valorado (¡por nosotros, pero por otros antes!) como bello. Nadie es ajeno a sus contemporáneos.  Y aquello que se nos ha sido presentado como susceptible de serlo, está sujeto al momento histórico y al yugo de la cultura dominante. ¡Cuán falsa es la ilusión de los que nos place y nos desagrada, si creemos que esta es fruto únicamente de nuestro juicio!

Si algo evoluciona a menor velocidad que la pintura es sin duda la agricultura y los bienes que de ella se desprenden. Así que, durante la mayor parte de la historia, podemos asumir que los vinos se mantienen fieles a su propia naturaleza, y no se modifican para adaptarse a las tendencias del mercado. Hay excepciones a ello. Como el uso del governo toscano para elaborar vinos en la zona del Chianti más robustos, con la finalidad de poder viajar de modo más estable, pero en general es sencillamente este centro de poder nómada quien modificará las preferencias, un péndulo que cubrirá de gloria ciertos viñedos para someterlos al más completo olvido a posteriori.

Así se encuentran ánforas Fenicias (de vinos originarios entre la actual Palestina y las costas del Líbano) en la bahía de Cádiz, fruto de su hegemonía comercial en el mediterráneo allá desde el 1600 a.C esparciendo con su pericia de grandes navegantes la mayoría de variedades blancas que hoy bebemos (o las madres de todas ellas).

Así mismo una ánfora de preciado Falerno del Massico (Campania) de la gloriosa cosecha del 121 a.C (si confiamos en la nariz y el buen juicio de Plinio el Viejo) fue servido para honrar ciertas conquistas de Julio César en el 60 a.C con, nada más y nada menos que sesenta-y-un años de madurez!

Mosaico romano retratando la vendimia, Argelia

Del mismo modo Luis XIV tomará Borgoña por prescripción médica para combatir su gota hacia las acaballas del siglo XVII. En Masandra (Crimea) se construirá un imperio de inigualable versatilidad enológica bajo el capricho de los Zares de Rusia a finales del XIX. La lista de ejemplos es tan divertida como interminable.

El modelo agrícola: el cultivo extensivo frente a la cultura promiscua.

Sabemos bien que la velocidad en el cambio de tendencias tiende a aumentar de forma vertiginosa en el s.XXI. De algún modo sometemos la agricultura al mismo cronómetro que marca el cambio de moda en la pasarela de desfile, o a la diabólica escalada tecnológica que nos empuja a desechar aparatos electrónicos cuya vida útil apenas supera ya el año.

El viñedo, per se, difícilmente puede ajustarse a la velocidad de nuestros tiempos. Es un animal de ritmo tan constante y pausado como el mar que lo trajo a occidente.

Esperamos anticiparnos al cambio de mercado y terminamos comprometiendo el ADN de nuestros pueblos para nutrir una demanda de cabernet oscuro a 15% que mañana será de gamay plantado en Alicante. En el fondo, esa visión desde la cúspide del rascacielos en Bruselas  es la raíz de que, desde la más profunda visión numérica y sin ánimo sincero de genocidio genético, la Unión Europea haya financiado durante décadas la más demoledora ola de aniquilación sistemática de viñedos históricos en Italia, Grecia, Portugal,  el sur de Francia, y notablemente España desde la filoxera. Ese es el fruto de la demonización del “mercado negro” que suponían los millares de pequeños propietarios de viñedo al que se amenazó con multas desorbitantes si no arrancaban.

El ánimo regulador que abarca todos los aspectos de la vida pública encuentra un mal encaje en la cultura promiscua, un término que encuentra su origen en los tiempos de Lorenzo de Medici, pero que en la práctica es consustancial al desarrollo mediterráneo. La cultura promiscua es la extensión de la sabiduría agronómica de un territorio. Se trata, de aquello que vemos hoy como una solución sostenible, el cultivo múltiple de cereales, hortalizas viñedo y olivos junto a la crianza de animales de granja, a sabiendas que los antojos del clima bien pueden privarnos de la totalidad de cualquiera de ellos y dejarnos sin cosecha. Eso la sitúa a las antípodas de la visión capitalista del monocultivo, donde en la especialización radica la clave para disminuir costes y aumentar de ese modo  el beneficio al final del ejercicio.

Un pequeño apunte al respecto: sin policultivo no hay biodinámica posible, por muchos sellos que añadamos a la etiqueta.

No voy a extenderme en la tarea de explicar detalladamente lo que el monocultivo representa para un territorio, puesto que es sin duda de conocimiento público el que éste ha sido desde la industrialización el motivo de que la aplicación de productos de síntesis haya tenido tanto éxito en la segunda mitad del s XX. Un solo cultivo significa la modificación inherente de la diversidad de un medio, con la consecuente aparición de plagas que aunque ya existían de forma endémica en un territorio se encontraban autorreguladas por el equilibrio natural del entorno. A ello podemos sumarle la pérdida del conocimiento agrario popular, la mecanización incesante del campo, un sector agrario que no llega al 1% de la población y la consiguiente necesidad de la aplicación de transgénicos que tanto demonizamos, y que tan a diario consumimos.

En Montalcino cohabitan viñedo, cereal, olivos y hasta hace bien poco, tabaco

Estilo y crítica en los tiempos del gran mercado.

“Nadie nace dotado de un gusto infalible, nadie lo adquiere súbitamente al llegar a la pubertad, o más tarde. La persona de experiencia limitada está siempre expuesta a dejarse engañar por la falsificación o por el articulo adulterado; y así vemos generación tras generación de lectores bisoños engañarse con lo ficticio y adulterado de su propia época, prefiriéndolo incluso, por ser más fácilmente asimilable, al producto genuino. “

La cita es de un maravilloso libro del poeta T.S Eliot sobre la función de la crítica poética, aunque bien podemos extenderla a cualquier campo artístico susceptible de ser juzgado desde la estética, donde sin duda podemos incluir el mundo del vino.

Decía aquel, que los mediterráneos hemos perdido el primer puesto del pódium en todo salvo en la literatura.

Tal vez en ella deberíamos apoyarnos para lograr una comprensión de los vinos mediterráneos que los juzgara desde una óptica menos anglosajona. Y es que la casi absoluta carencia de crítica seria y letrada en países como España resulta cuanto menos incomprensible. Plumas, haberlas hay las, contadas y a menudo demasiado alejadas de las instituciones como para hacer concesiones y lograr una voz de más peso. Especialmente cuando son realmente brillantes, con el aspecto crítico que la escritura noble acarrea.

La crítica enológica tiene hoy una absoluta transparencia: hacemos crítica para influir en el consumidor. De ese modo se juzga el vino en base a su posible mercado, lo cual no nos dice necesariamente nada del vino en cuestión, porque el sujeto de la crítica es en el fondo el comprador. Publicaciones como Porthos, en Italia, de carácter independiente y de altísimo nivel cultural, sin enlace directo con el mercado, parecen destinadas a la desaparición.

La crítica por el valor del mero juicio estético prácticamente ha desaparecido del mapa. Ya no nos quedan “Luigi Veronellis”, encarnando el humanista que juzga de forma multidisciplinar, un solo hombre con muchas lentes y grandes principios.

“La comunidad europea -en la que habíamos puesto la esperanza- ha dictado reglas sutiles y falsamente higiénicas para sacar del juego, a favor de la industria, las conservas, salsas, quesos y embutidos, elaborados de forma artesanal, sin ningún riesgo real durante milenios.” (Luigi Veronelli)

Y es que mire como se mire, desde la óptica de las tendencias al timón desde los años 80, nuestros vinos siempre pierden.

Si antes de la revolución enológica de Bordeaux, que se extiende a partir de finales de los 70 hacia todo el mundo, nuestros vinos eran rudos y carentes de técnica, a finales de los 90 solo interesaban aquellos que habían adoptado la fórmula de éxito Parker, cuya decadencia por cierto, probablemente a causa de una despersonalización de la marca, podemos celebrar.

Hoy Parker ya no es Parker. Es una amalgama de puntos de vista absolutamente divergentes sobre cada territorio. En nuestro caso, hemos tenido la inmensa suerte de contar con alguien que conoce el territorio al dedillo y ve la vanguardia ( y el tradicionalismo, ¿o acaso no convergen en muchas ocasiones?) a leguas. Otros no han tenido tanta suerte…

Madurez e inmadurez

Del mismo modo que el canon de belleza tiende a prescindir de las líneas sinuosas en las representaciones humanas, así se nos presenta el alcohol, la madurez y la voluptuosidad hoy: como el mayor de los pecados en nuestra copa. Acido, prieto, estirado, crujiente son los adjetivos más escuchados por los que nos ganamos el pan escuchando y descorchando (creo sinceramente no haber confundido el orden).

¿Qué retorcido mecanismo mental entiende la maravillosa generosidad de un fruto maduro como un exceso barroco y trampa mortal?, excede los límites de mi inteligencia. ¿Tal vez el exceso de abundancia nos lleva al rechazo de la voluptuosidad? He aquí el triunfo último de lo apolíneo frente a lo dionisiaco, el justo exceso de desmedida.

Porque mucho, y en palabras muy bien hilvanadas, se ha escrito sobre el Gevrey Chambertin, por poner un buen ejemplo. Cuando hace ya casi doce años, me sumergí en la cultura del vino galo, nunca dejé de sentir fascinación por las notas de cata de alto valor literario, donde la jerga entendia “le fruit croquant” o la “noblesse du jus” como un símbolo inequívoco de nobleza en un vino. Porque los adjetivos, varían de función según la óptica.

Y cuando la óptica es la de un archiconocido crítico adepto a Bordeaux y Bourgogne que destapa un Hermitage para variar, y algo de la Saar cuando se le despierta el apetito exótico, un tinto de Nemea, o de Jumilla con 0’8 de acidez volátil es una obra cuanto menos diabólica.

Asimilar las mismas técnicas vitivinícolas y enológicas para Saint Emilion y Felanitx, buscando así una mejoría en el propio producto a través de un maquillaje burdo y una transformación profunda de sus propias bondades (pronto asimiladas como objetivos a batir) fue, es, y siempre será, un fracaso estrepitoso. Tal vez hoy empecemos a vislumbrarlo de forma clara, pero recordemos que no hace mucho que el cielo se oscureció con tanto flying winemaker dando tumbos.

Porque no podemos leer ambos vinos desde los mismos parámetros analíticos ni desde el dogma de la latitud. Y recordemos, en palabras del maravilloso escritor J. Norwich, que el mediterráneo empieza con el primer olivo en el norte y termina con la última palmera en el sur.

Racimos de Zibbibo en Pantelleria, a escasos kilómetros de Túnez

Hacia una sumillería mediterránea

Hagamos pues un ejercicio de imaginación y de creatividad enriquecedor, devolver el ojo a la mediterraneidad adjetivando aquello que es inherente a nuestros vinos.

Humildemente, y tras haber tratado de saciar durante ya una década las gargantas de bebedores de todas procedencias, y haber aprendido infinitamente de todas ellas, puedo corroborar que a base de ingenio e investigación uno puede construir un universo completo y satisfactorio para cualquier bebedor fino sin sobrepasar el paralelo 45, cruzando más o menos  por encima del Ródano sur.

Así lo experimento en Alkimia, mi actual segunda casa hoy, donde viendo como alguien termina una picada con los interiores de un conejo y frutos secos, no puedo sino sonreír y pensar que no puede haber sede mejor para defender esa causa.

Y entonces claro está, sueño. Sueño con la aridez de un Châteauneuf y su distintivo aroma de piedra arenisca. La firmeza de una Xinomavro, fibrosa, rugosa en su tacto vegetal. El bouquet metálico de una cariñena de Porrera, y la jugosidad interminable de una monastrel alicantina. Sueño con las mil facetas de la lavanda salvaje y el romero borde tan a menudo englobadas en un triste “bajo monte”. La oscuridad sugerente del bouquet de un Brunello maduro, y la sapidez salada y refrescante de un vino de Macharnudo. Sin olvidar el ahumado in crescendo con los años de cautiverio en botella de un gran Fiano d’Avellino, el sensual aroma de acacia y naranja amarga de un moscatel de Samos y el hinojo, más o menos anisado, según se encuentre uno paseando por Sant Sadurní rodeado de Xarel·lo, o por Ancona, en las Marcas con un buen Verdicchio en la copa.

 Y es que, a nivel estilístico, el mediterráneo demuestra como nadie una versatilidad que desestabiliza al principiante charlatán que ha interiorizado su cursillo sobre vinos del mundo para proclamarlo a los cuatro vientos. La latitud, en el mare nostrum puede llevar de cabeza al catador más experimentado.

¿Buscáis la violenta sensación de mineralidad racial junto a una trama acida a la altura del más grande de los Chablis? Inspeccionar Santorini, buscad en pueblos como Imerovigli o Pyrgos para una experiencia trascendental y un agujero en las encías.

¿Un equivalente Piamontés? Adentraos en la tanicidad granulosa de un Taurasi, o Aglianico del Vulture, para rodearos de alquitrán y rosa marchita, como si de un Cannubi se tratara.

La mágica sensación del placer etéreo, del placer sin peso, la encontrareis en nuestra garnacha de umbría, o escalando en virtud de paisajes abruptos.

Sin olvidar que la crianza bajo velo es sin duda mediterránea. Los que hoy descubren Jerez y Jura, olvidan la Vernaccia di Oristano Sarda, o los vinos de Zákinthos por citar algunos ejemplos.

El Skin contact, el orange, no es sino la forma mediterránea de envejecer vinos que no pudiendo ser sujetados por la acidez lo hacen por la mórbida estructura del contacto con las pieles. En el Friuli, sí, pero en Gandesa y en Marsella (¡y mil puntos más!) también históricamente.

Y a todos aquellos que aborrecen la madera nueva (no es mi caso cuando su uso ensalza el conjunto como tantas veces sucede con la Pinot Noir), cuyas narices acaso heredaran el mundo vínico, recuerden que el uso de madera nueva no es más que una herramienta necesaria para dotar vinos con carencias táctiles y en ocasiones hacer apetecible una falta de madurez que raramente encontrarán bajo el sol de Palermo o Córdoba.

Assyrtiko, cerca de Akrotiri, al sur de Santorini

Terroir & Talento, caballo ganador.

No hay que perder de vista que nuestro mercado del vino hoy se encuentra respaldado principalmente por aquellos nombres históricos que hoy se sujetan en una palabra: “terroir”, para diferenciarse del resto de mortales sin linaje.

Pero que no nos ciegue la carencia de perspectiva histórica, de los tres elementos que componen el terroir, suelo, cielo y hombre, el único cambiante a corto plazo, es sin duda este último. Y si así es, porque el emplazamiento es inmutable, entonces gozamos como mediterráneos de los más antiguos terroirs del mundo del vino. Se puede aún leer en los muros de Pompeya aquello de: “Por una moneda beberás vino, por tres, lo mejor. Por seis monedas beberás Falerno.”  El Musigny del mundo antiguo, el primer vino célebre internacionalmente se encuentra en la Campania (hoy) Italiana.

Hemos podido leer en este mismo blog, un maravilloso ejemplo de defensa mediterránea, “El despertar de los vinos del Sol” por Alberto Redrado. Y como prescriptores, es nuestra función interpretar desde un prisma propio. El sumiller, y es mi opinión sincera, debería aspirar a tejer un discurso propio, una narración única que nos fascine de tal modo, que los vinos y las palabras resuenen en nosotros en la distancia.

Y además, porque no decirlo, el talento florece y madura en todo el arco, desde el Líbano con Maher de Domaine Sept en la Bekaa explorando de forma natural y brillante las variedades propias del levante mediterráneo, hasta la magia de Yannis Economou en Creta y sus vinos de crianzas eternas a medio camino de Egipto. Vassaltis nos ofrece un Santorini que jamás hubiésemos soñado. Grecia será el próximo gran país de Europa en despertar de su largo letargo.

Stella di Campalto nos enseña que no todo estaba escrito en Montalcino tras la muerte de Gianfranco Soldera. El Chianti se reordena, vuelve a su grandeza con los vinos de Michele Braganti en Monteraponi.

La nueva generación Prioratina brilla con luz propia y nos ofrece incluso blancos desnudos, de núcleo cálido y líneas firmes como los vinos de René Jr.

Jerez renace de sus cenizas. Los vinos rancios saltan de nuevo a las botellas desde su olvido oscuro. Eslovenia (y la Istría entera, y Georgia!) se nos ponen de moda.

De repente el Ródano no es solo el Hermitage, y empezamos a vislumbrar la joya en los viejos Châteauneuf du Pape. Los blancos de Simone aparecen en los trofeos de tantos cazadores de botellas.  Eloi Cedó, con su Château Paquita mallorquín nos reemplaza el Beaujolais en la mesa, y absurdamente volvemos a mirarnos a los ojos con una familiaridad que nunca dejó de estar ahí.

Si en algo somos los primeros es en literatura decía aquel, y la tortilla nos pesa demasiado para darle la vuelta. Pero déjenme soñar. También en eso somos los primeros.

Se lo dice uno que nació en el mediterráneo.

Bernat Vilarrubla
Descubre el vino en su casa, en la Noguera y con 18 años se marcha hacia el Valle del Loira donde, en sus palabras, “me atrapa la cultura del vino a tal punto que ya no saldré”. Cursó sumillería en la URV y trabajó en Monvínic (Barcelona). Posteriormente desempeñó como Head Sommelier de Martin Berasategui y Ritz Carlton en Canarias. Pasó unos años en el País Vasco, como Head Sommelier de Azurmendi (Bizkaia). Fue “Mejor Sumiller de Euskadi 2019” y obtuvo también el Certified de la Court of Master Sommeliers. Actualmente divide su tiempo entre Alkimia y la asesoría a bodegas, además de trabajar de forma pausada pero constante en un proyecto propio de viticultura. En sus horas muertas, se declara amante de la literatura.

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