El placer del vino

Por Didier Belondrade

Podría empezar con “Érase una vez” o por la frase de Lamartine “El éxito es conseguir a los 50 años sus sueños de juventud”.

Siempre soñé desde la infancia y continúo hoy en día, tal vez porque siempre he buscado el placer de mi trabajo y continúo haciéndolo con mi vino.

Al hablar sobre el vino, la mayoría de gente utiliza el término de épicurien. Creo que en mi caso la palabra “sibarita” es más conveniente porque nunca he sido partidario de la abstinencia para así tener el placer de disfrutar. Me gustan mucho más los calificativos de delicado, disfrute, sensual, voluptuoso propios de los sibaritas y perfectamente adaptables al vino que es, sin duda, el único alimento que describimos utilizando palabras propias del género humano. Se puede decir de un vino que tiene cuerpo, carne, “de la jambe”, que tiene lágrimas, que es joven, maduro o viejo, pleno, discreto, elegante o equilibrado. Puede ser también goloso, agradable, vivo o rústico como rico o tranquilo.

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Pero volvemos al principio, ¿qué es el placer?
“Las causas y efectos”
En mi caso, la causa o causas son mi amor por España, por esta tierra de contrastes de sol y sombra, de sequía y frío, de silencio y ruido, de pasión y de tranquilidad, por esta tierra mística y pagana a la vez.

Todo esto es en gran parte debido al que fue mi profesor de castellano, Joaquín Ruiz, hijo de inmigrantes republicanos que lleva consigo el dolor del desarraigo.

Nos habló de la Dama de Elche, de las navajas de Albacete, de las campanas de Covadonga, de las cuevas de Atapuerca, de la Universidad de Salamanca, de La Casa de las Conchas, de Miguel de Unamuno y Lazarillo de Tormes, así como de la poesía de García Lorca, la música de Albéniz o Falla, de las pinturas de Velázquez y el Greco, de Toledo y su Alcázar, nos animaba a cantar “La Fonseca”, a llamar al sereno, a ver la luz de las calles de Madrid y el ambiente que se respiraba en el Café Gijón, el Café de Oriente, los toros de Sevilla o la Maestranza. Sus conferencias eran un placer.

Así que hoy cuando un periodista me pregunta: “¿por qué un francés viene a elaborar vino a España?”. Siempre le respondo con: “¿He venido a España para hacer vino o hago vino para vivir en España?”.

La respuesta es clara y puedo decir que el efecto de mi placer es elaborar un producto magnífico en un lugar en el que tengo el placer de vivir.

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El placer del vino está en la estética y la magia de los paisajes y en los lugares donde se elabora, está en la poesía del lenguaje que lo acompaña. ¿Cómo no sentir placer hablando de notas florales, de cítricos en nariz, de rosa o limón, de jazmín, mango, frutas exóticas y de flores de acacia al describir un vino blanco, o cuando la definición de un vino tinto va acompañada de frutos rojos, de cassis en nariz, de grosellas, de violetas, de pimienta, de notas de sotobosque, y donde para calificar cualquier defecto se habla de cuero, sudor de caballo o animal de caza en nariz?

Todas estas palabras apelan a nuestra memoria sensorial (la famosa Magdalena de Proust). El placer del vino está en el gusto, el olfato, la vista, en el oído cuando se sirve en una copa delicada que tendremos el placer de tocar.

El vino es también el placer de conocer el descubrimiento de los demás, el placer de compartirlo, de ser alabado o criticado, de ser prohibido o deseado.

El vino es el placer de acompañar las tertulias tras los partidos del Real Madrid o el Barça o las tardes de José Tomás o de los toros de Victorino Martín.

Pero tal vez mi mayor placer es el de interpretar cada año, en las palabras de Colette, el lenguaje de una tierra y un clima. Es también acompañar las alegrías, éxitos, celebraciones y reuniones de mis compañeros que, sin saberlo, me dan el placer de elegir mi vino para celebrarlos.

Podría decir que el placer del vino es inagotable porque es como un largo viaje, lo elegimos, lo disfrutamos, lo recordamos y cómo no podemos creer en el placer de la eternidad leyendo esta frase de Víctor Hugo: “Dios solo hizo el agua, pero el hombre hizo el vino”.

¡QUÉ PLACER!

Didier Belondrade
La historia de Belondrade es la historia de su fundador, Didier BELONDRADE. Y de cómo una copa de verdejo, que probó en un viaje a España a principios de los noventa, cambió su vida. El descubrimiento del vino, le llevó a la búsqueda del lugar de donde provenía y se encontró con el vasto paisaje castellano, con unas condiciones climáticas excepcionales y un terruño de cantos rodados. Didier supo enseguida que estos dos descubrimientos iban a transformar su existencia para siempre. Había encontrado su lugar en el mundo. Así que, este ejecutivo francés, nacido cerca de Toulouse, decidió dejar su trabajo en Air France y embarcarse en la gran aventura de su vida: convertirse en bodeguero en España. El año 1994 supuso un año importante para la D.O. Rueda. En ese ya lejano año, un recién llegado a Nava del Rey (Valladolid), un francés, iba a cambiar para siempre el panorama de los blancos españoles con BELONDRADE Y LURTON: un verdejo fermentado y criado en barrica sobre sus lías, elegante, integrado, untuoso y que expresa la complejidad que le aportan las diferentes parcelas de las que se obtiene la uva. Porque, como dice Didier: “El vino es el lenguaje de la tierra y el reflejo de un clima, el hombre es solo el intérprete”. La apuesta de Didier Belondrade era arriesgada, su vino no tenía nada que ver con los típicos Rueda que se hacían hasta ese momento, pero el vino que él quería hacer era el reflejo de su filosofía, de su visión personal, y, por tanto, el riesgo estaba más que justificado. Esta filosofía se basa en una breve serie de normas, sencillas pero innegociables: respeto por la naturaleza; trabajo razonado en el viñedo; cuidada selección de la uva, para tratarla después con todo el mimo; desarrollo de las propias levaduras de la uva y crianza de casi un año del vino en barrica y, como mínimo, cinco meses en botella.

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