El vino de la vida

Por Xavier Graset

La vida me ha enseñado que va asociada al vino, como el aire que respiramos. Mi padre recitaba unos versos populares, una rima de esas para decir en una fiesta, en una boda. Lo recuerdo, yo de pequeño, él levantado en medio de un comedor con la copa en alto diciendo aquello de: “La copa es lo bastante ancha, bebamos ambos de ella, todos dositos a la vez que será mejor. Bebamos el vino de la vida, el vino del amor, tu boca y la mía se unirán en un beso. ¡La copa es bastante ancha bebamos los dos de ella!”. Me debe fallar la memoria porque cuando yo lo he relevado en la declaración, tengo que terminar diciendo que los que beban sean tres para redondear la rima (beso es bes en catalán).

Sea como sea, aunque hay muchos poetas que se han fijado en la viña y en la copa como fuente de inspiración, me parece que esta asociación de cultura popular, de fiesta y vino remarca uno de los aspectos que siempre han ido relacionados.

Está claro que el vino también es un alimento, incluso es cocina, porque hay una elaboración, una transformación, pero también es cultura, también es placer, también es fiesta. Y también debería seguir siendo cotidianidad.

Éste es quizás otro de los cambios que han afectado la relación entre nuestras vidas diarias y el vino.

Entre los gestos cotidianos, aquellos que no se ven alterados ni por un desamor, ni por unas elecciones, está el de poner la mesa. Poner el mantel, las servilletas, los cubiertos, platos y vasos, el agua y el vino. Volviendo a la infancia, el porrón tenía siempre una presencia vital en esa mesa familiar.

Posiblemente, nuestros padres y abuelos tenían unos trabajos más físicos, vinculados al campo en muchos casos, y las casas no estaban tan bien calentadas en invierno como ahora, pero el vino, a menudo comprado a granel en la cooperativa de mi pueblo (Vila-seca) presidía las mesas junto al pan y del agua.

Los cambios laborales, sociológicos, de ritmos diarios, los nuevos trabajos, las dietas han acabado arrinconando el vino, y también muchas veces el pan. Aquel consumo, presencia y conformación de hábitos han cambiado. Quién nos iba a decir que en los hogares mediterráneos habría soja y wasabi para acompañar comida japonesa, o que entrarían burritos y tortitas mexicanas, o los ceviches peruanos, por citar tres ejemplos.

Pues si esto ha pasado con la comida, qué no ha pasado con el vino, que a menudo sólo se consume el fin de semana o como motivo de fiesta. De nuevo la celebración.

Para mí que me gusta recuperar en cierto modo el calendario vital, que también se va modificando con el cambio climático, el vino es un centro de gravedad al que procuro agarrarme. Poder ver la evolución de la uva en la cepa, en la viña, ver el cambio de color con la maduración, me sigue seduciendo más que la voracidad del twitter y la cascada de informaciones vertiginosas. Por eso, del mismo modo, recuperar el vino en la mesa a diario quiero que me ayude a recuperar un latido vital que me hace sentir feliz. Me devuelve las paredes del comedor y los cuadros del mantel que ponía de pequeño.

Y trata de no demonizarlo más. Una demonización que termina abriendo las puertas y los mercados a otras bebidas y refrescos que no suponen ningún beneficio para nuestra salud.

Me encanta que me cuenten 10.000 veces el proceso de elaboración cada vez que visito una bodega nueva. Casi como si fuera un cuento frente a la chimenea. Me encanta ver los tractores y remolques cargados y llegando la bodega. Y catar un mosto, y catarlo evolucionado, y ver los depósitos por donde pasa el vino antes de ir a la barrica, y antes de ir a la botella.

Hacer todo este recorrido, también es la vida. También es un recorrido vital, que termina en la copa, termina en la mesa, acaba en nuestro paladar. Y alrededor del vino siempre habrá modas y tendencias, como la que llega de América, la de los vinos azules. Quizás es una manera de decirnos que ya no tenemos olfato, que no tenemos nariz, y que el reclamo visual tiene más fuerza. Del mismo modo que ya no comemos picante (a menos que sea de cocinas “exóticas”), ni asaduras, ni cosas demasiado duras.

Por eso creo que tenemos que ser abanderados de este vino cotidiano, en la mesa, de presencia diaria, que no excluye por supuesto, la de la fiesta, la de la celebración. Porque en la vida hay de todo, cosas de mal roer y pasteles. ¡Bebamos el vino de la vida, el vino del amor!

Xavier Graset
Periodista y hombre de radio y televisión, licenciado en CCI por la UAB, dirige y presenta en el Canal 324 y TV3 el programa de actualidad política con tertulia y entrevistas, Més324. También dirige la tertulia diaria de actualidad L’Oracle (de 15 a 16h), que fue premio RAC al mejor programa de radio 2009. Recibió también el Premio Proteus 2014 por Líquids, el programa de verano de L’OracleEn Catalunya Ràdio ha dirigido y realizado los programas El món s’acaba, Tot Gira y De 4 a 7. Ha sido durante siete años corresponsal en Madrid y subdirector de El matí de Catalunya RàdioEn TV3, también ha presentado 12 punts y Artèria 33, ha colaborado en Sense Títol y en El Club, S-avis, Com som. En la Xarxa de TV, Situacions extraordinàries y Etiqueta Negra. Ha colaborado en prensa escrita en El Pont de Fusta, Catalunya Sud, El Periódico, Metro, El Temps y, actualmente, a El Punt Avui, Nació Digital, Revista de Reus y Diari de TarragonaSu último libro es Bon vent (Cossetània).
También tiene un largo recorrido como actor de teatro, con La Tramoia de Vila-seca, con quien ha representante La cantant calba, Tafalitats, Aigües encantades, La dama del mar, Així és si us ho sembla, L’esquella de la Torratxa… Ha participado en el montaje El mort del CAER, y bajo la dirección de Francisco Cerro ha interpretado Sobre danys del tabac i les ostres de Anton Txèkhov, representado en el Teatre Lliure y en la Sala Villarroel de BCN, y Novel·la en nou cartes de Fiodor Dostoievski. Ha colaborado como rapsoda con la Orquesta Camera Musicae, y con Eszena. Ha participado en la representación popular de El rescat de Sant Esteve y, anualmente, en Els Pastorets de Folch i Torres de Vila-seca. Presenta el ciclo Converses amb els artistes del Festival Grec de Barcelona ​​y los coloquios postfunción del Teatre Lliure, y ha sido miembro de la comisión artística del teatro Bartrina de Reus. Sus vínculos con el vino pasan por la copa y la botella. De pequeño había vendimiado, ya que su padre era pagès antes de dedicarse al sector turístico en la Costa Dorada. Y aún conserva cuatro cepas de moscatel en Pratdip (Baix Camp). Tiene amigos en el sector, bodegueros de casi todas las denominaciones de origen de Cataluña. En casa tenían vino en barricas y aún recuerda el Lluquet de sofre que quemaba para evitar el oxígeno en la barrica. Del porrón ha pasado a la botella, y ha podido catar desde un Astralis, a un Vega Sicilia de 1965, o un Clos Mogador de las primeras añadas, por citar tres. En el Bar del Diego en Madrid, hay un cóctel que lleva su nombre.

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