El vino y la identidad

Por Oriol Pérez de Tudela

Identidad es un sustantivo pesado, al cual algunos se refieren con dolor, porque sienten las ataduras que conlleva y encorsetan, y otros invocan como encarnación de lo sagrado.

Vázquez Montalbán dijo una vez que “el país que desconoce sus vinos tiene un problema de identidad”. Y lo dijo en una tierra que andaba atareada en eso de encontrar sus raíces y a la vez consolidar un corpus simbólico fuerte y robusto para vender al exterior, pero para consumo interno en primera instancia. Montalbán llamó la atención sobre un aspecto de la identidad que estaba desatendido porque era poco folklórico, y quizá resultaba algo más oculto y sutil, poco apto para consumir cual “souvenir”.

El vino estaba entre nosotros desde la noche de los tiempos y salvo algunas referencias geográficas genéricas, carecíamos del conocimiento mínimo exigible para una pertinente clasificación de terruños, variedades y vinos. Colectivamente sabíamos de lugares que acreditaban tradición y poco más.

Andábamos atrasadísimos y la vocación y el empeño los identificaríamos con la adopción del esquema francés, clásico y exitoso por otro lado. Consistía en un estilo de crianzas y −muy importante− unas variedades de referencia que tenían que llevarnos a la homologación. Fue la época de la cabernet, la merlot y la chardonnay: sin ellas era imposible presentarse a ninguna parte… Aprendimos todos un montón. Los enólogos y bodegueros los primeros, que por su capacitación introdujeron ese progreso de la época. Les siguieron los agricultores, que plantaron esas vides de reconocimiento internacional, y los Consejos Reguladores las incorporaron en sus catálogos con la categoría de “mejorantes”, en clara alusión a la limitación de la materia vegetal autóctona. Y siguieron los consumidores que quisieron aprender e incorporar a su bagaje esos vinos que gozaron de consideración.

Las dos circunstancias coincidieron en el tiempo: triunfó la imagen internacional del triunvirato vegetal francés (negando y simplificando el enorme catálogo que la misma Francia podía ofrecer en este sentido), y nosotros andábamos debatiéndonos entre nuestra necesidad de incorporación y homologación global, modernizándonos social y económicamente, y a la búsqueda de identidades múltiples con las que seguir afirmándonos.

Aunque en ese debate, entre lo cosmopolita y la tradición, el vino estaba ausente, quizá por su dimensión comercial que vislumbraba oportunidades a través de la imitación de lo francés. Y ahí estuvo pertinente Vázquez Montalbán. Porque señalaba un desconocimiento de lo local que nos incapacitaba para el amor, según la vieja idea occidental del auto-conocimiento que Platón nos enseñó con el mito de la caverna. Estábamos modernizándonos, porque andábamos algo atrasados y teníamos conciencia de ello. El vino era, inicialmente, un producto de cotización de los mercados del sector primario y, en lo simbólico, estábamos enzarzados en una batalla folklórica superficial. Y este despertar cultural, social, económico y político se daba, además, en un entorno general de globalización. Los tiempos parecían caminar hacia un (¿feliz?) final de la historia (en palabras de F. Fukuyama) que se explica como consecuencia de la caída del muro de Berlín y del final de la Guerra Fría. El modelo occidental había triunfado y tenía sus reglas que, en cuestiones de vino, tenían el epicentro en Francia, desde donde irradiaban por doquier, con la bendición de los mercados mundiales y con USA como principal valedor.

Mondovino, el documental estrenado en el Festival de Cannes de 2004, representa un corto-circuito en este camino trazado desde los años 90 (en los que en el caso de España nos estábamos presentando al mundo). Michel Roland, el gran enólogo global, imitado en todas partes, máximo representante de una receta triunfal que cosechaba éxitos en los mercados, tuvo una respuesta de la tradición. Algunos bodegueros europeos osaron discutir el sentido de la hegemonía que representaba y abrieron el debate de nuevo. La promesa del final de la historia era, en realidad, un atentado a la diversidad y a la vida en última instancia. Y en el sentido del péndulo se invirtieron las fuerzas. Desde la misma Francia empezaron a sonar las campanas de la singularidad de lo local.

Y crecieron los movimientos anti-globalización, que se hicieron oír en la cumbre del G8 de Génova de forma violenta, y creció la conciencia biológica, para hacer frente al desarrollo y a los intereses de la industria agro-química, que amenazaba con el control y la consiguiente desaparición de la diversidad genética… Porque el orgullo hegemónico que Mondovino captó en M. Roland impulsó una contestación de las patrias vínicas que Montalbán añoraba entre nosotros. Hay un bodeguero italiano, mayor, que quizá exprese mejor que nadie este espíritu en el documental, porque detrás de una sonrisa trágica, soportada por su decisión de seguir haciendo vinos sin fines comerciales, se convierte en una garantía antropológica de la diversidad a través de sus vinos típicos, que obedecen a la tradición y, fundamentalmente, a un lugar determinado, y a sus circunstancias.

Cuando Joan Miró andaba por el mundo con una algarroba en el bolsillo, llevaba consigo una conexión con su masía mediterránea de Montroig del Camp (que se acaba de abrir al público como casa museo del artista). Su universo creativo singularísimo, interpretado desde todos los puntos de vista por su capacidad sugestiva, nos habla de una dimensión auténtica de lo local, absolutamente anti-folklórica, de radical radicalidad, imprescindible para la comprensión del conjunto que habitualmente vinculamos con lo global y que en el caso de Miró casi podríamos conectar con lo cosmológico y lo celestial, aunque con una mirada oníricamente limpia y virginal…

Ahora, cuando todos estamos en ello, en el descubrimiento de la singularidad de lo local, rastreando en las variedades autóctonas primero, pero también en esos viñedos que fundamentalmente son encarnaciones del tiempo −y de la garantía de equilibrio−, cuando viajamos hacia el abismo de la naturalidad, flexibilizando los parámetros del vino, ahora que necesitamos ir más allá del vino bueno (era un reto de madurez que hemos logrado), cuando ese equilibrio que un legado anónimo nos ha brindado nos descubre geografías alegres y nos ayuda a construir paisajes donde sólo había topografía, cuando el trabajo con las plantas −y con las uvas en la bodega− nos descubre oportunidades únicas, vinculando vinos con lugares concretos, revelando mensajes botánicos jamás explicitados, ensanchando la paleta cromática cual un impresionismo puntillista, tenemos que acordarnos de Montalbán, que nos advirtió de que teníamos que alejarnos de las patrias folklóricas de cartón y atender al conocimiento certero de la geografía para buscar placer y comprensión. Y un peldaño más arriba, cuando empezamos a disfrutar de la sutileza y el matiz de cada detalle, nos encontramos con Miró que, cual misántropo, nos indicó el camino tras el que, alejándose de las banderas, consiguió ver la maravilla del mundo con sus ojos.

La sonrisa del bodeguero italiano de Mondovino que rechazaba radicalmente la oferta de la globalización homogénea es antropológica, es el efecto feliz que el vino transmite a quien se acerca al terruño desde esta perspectiva que nos insinuó Miró y de la que hablaba Montalbán, que es biológica y climática, geográfica; y que es humana y cultural.

Oriol Pérez de Tudela
De los múltiples significados del vino, los que interesan a Oriol Pérez de Tudela son los de la geografía, entendida desde el punto de vista físico y humano. Como comerciante, impulsa desde hace 12 años una marca, para que el vino vuelva a la mesa de todos los días: vinos con identidad y tipicidad para el consumo cotidiano. EL VI A PUNT propone el territorio de la Terra Alta y el Montsant en un bag in box. Como productor, conjuntamente con su familia, ha puesto en marcha un proyecto de recuperación de viñedos viejos de los que obtiene vinos expresivos, de fuerte carácter, marcados por la edad de la viña, por una viticultura artesanal y feliz, y por la búsqueda de la identidad varietal y regional. Esto lo hace en Vilabella, en el valle del río Gaià, en Tarragona. Y fundamentalmentE con macabeos y xarel·los. Ha participado e impulsado proyectos culturales, para discutir sobre los efectos del vino sobre el territorio, así como de sociología.

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Este artículo tiene 2 comentarios

  1. Manuel Rivera Moral Reply

    En un mundo que se habla (demasiado) de identidades y sentimientos “nacionales” en choque, ya sean políticos o deportivos, así como de crisis y déficits económicos, resultan interesantes microensayos o mesoensayos como este de Oriol Pérez de Tudela, que piensan y hacen pensar, que usan no solo las herramientas del lenguaje y la filosofía sino también de la experiencia. Desde hace años, degusto sus caldos -los propios de elviapunt o de otros queridos por él– y sus palabras, y siento que me enriquecen y me divierten y me vinculan a la tierra. Decía Antonio Machado que “todo necio confunde valor y precio”. Las propuestas de Oriol no son marcas con precio sino valores. Lo dice alguien que se dedica a editar libros y revistas pero que más de una vez le ha acompañado en la viña, en su bodega, en su casa, en sus fiestas amicales, en sus actos ciudadanos -de la Catalunya rural y de la más urbana- y que se siente un sencillo pero privilegiado compañero de viaje, un Sancho más de este irrepetible Quijote. “Todo el mundo está cuerdo, horrible, terriblemente cuerdo” advirtió el poeta León Felipe y cantó Paco Ibañez.

  2. Francisco Ramos Herrera Reply

    Si bonum uinum lateificat cor hominis, gratificant i enriquidor és aquest post signat per l’Oriol Pérez de Tudela Guasch.
    Possiblement la seva estada a la Sorbonne li va ser un punt d’inflexió vital, on “primum uiuere, deinde philosophare es va convertir una màxima que ha intentat dur a terme.
    Què millor que dominar l’ars edendi et bibendi per a seure plegats en una taula i on gaudir, no només de l’àpat i el vi, sinó de la sobretaula en què tota opinió val i on, sortosament molts problemes s’han resolt.
    Felicitats, Oriol, pel teu escrit conciliador, digne d’un antropròleg i del seguidor més fervent dels existencialistes.

    Paco Ramos

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