En defensa de los buenos vinos corrientes

Por Amaya Cervera

Uno de los fenómenos actuales que me resultan más irritantes es la facilidad con la que muchas palabras se emplean con fines comerciales o de marketing para realzar el atractivo de ideas, productos o proyectos que, evidentemente, no siempre están a la altura de lo que predican.

En el mundo del vino esto ocurre en ocasiones de forma exagerada. Si un vino no es de terruño o de autor, no tiene alma o no emociona, tiene los días contados (aunque luego en la copa no diga mucho, se hayan pasado de madera o la acidez añadida esté bailando por su lado). España es el tercer productor mundial de vino (o segundo y excepcionalmente primero en función de lo que ocurra con las cosechas de Francia e Italia) y eso quiere decir que tiene capacidad para generar vino de todas las calidades posibles, desde los graneles más vastos a las etiquetas más sublimes.

Hoy se da la paradoja de que si en la exportación se ha de luchar contra la imagen de vino barato que dificulta el posicionamiento de marcas de calidad, en casa cada vez cuesta más captar el interés por el vino tal y como demuestra la alarmante tendencia de descenso del consumo.

Muy probablemente, el primer contacto de un consumidor con el vino sea a través del lineal del supermercado y en la mayoría de los casos a través de lo que se puede considerar un vino sencillo y corriente que estará generalmente por debajo de los cuatro o cinco euros. Aquí caben desde el llamado envase de cartón que representa en torno al 20% del mercado según los últimos datos del MAGRAMA (Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente) y la garrafa (14%), al vino embotellado.

Hace unas semanas descubrí en twitter a un grupo de jóvenes que había organizado una cata de vinos en envase de cartón para llegar a la conclusión que el de precio más elevado (ligeramente por encima del euro) era el que más les había gustado. Antes de que estallen en sonoras carcajadas, deberíamos congratularnos de que su objeto de deseo fuera el vino en lugar de la cerveza o los refrescos de cola. Si la experiencia fue divertida, no es raro que repitan en el futuro con vino embotellado. ¿No podría ser éste el germen de un futuro grupo de cata?

Lo verdaderamente importante es que ese vino barato y sencillo que se adquiere en el supermercado (por mucho que no emocione o no llegue a reflejar la identidad de un terruño o de una variedad) sea lo suficientemente correcto y, sobre todo, responda a las expectativas de lo que se ha pagado por él. Si no es así, la próxima vez es posible que el consumidor salte a otra categoría, la más probable, sin duda, la cerveza.

Enfrentarse al lineal de vinos del supermercado no es fácil. Si pensamos en vino embotellado, ¿se elige por precio, por región, por variedad quizás? Un estudio recientemente realizado en el Reino Unido por la aplicación Wotwine para determinar dónde estaba la mejor relación calidad-precio llegó a la conclusión de que la mayoría de consumidores se equivocaba al elegir el vino que estaba en promoción en cada momento. Personalmente siempre me ha parecido más seguro ir a buscar vinos en los que puede haber una expresión más definida de fruta y huir de la madera. En la banda de precios más ajustados, me inclinaría por un tinto joven de Aragón con bastante presencia de garnacha frente a un rioja de crianza dudosamente barato. También elegiría antes un verdejo de Rueda (ésta es una zona altamente mecanizada y tecnificada) que un albariño de saldo porque los costes de producción en Galicia son mucho más altos.

Pero al consumidor español medio le gusta el sabor a madera. En este punto unos chips bien empleados pueden superar de largo a una barrica vieja y mal cuidada. Conozco a una persona que se dedica a temas de formación que suele incluir en catas a ciegas alguna muy conocida y a menudo denostada etiqueta de Castilla-La Mancha que es siempre muy bien valorada por sus alumnos como un vino muy agradable para beber. ¿No es eso lo mínimo que podemos esperar de un vino corriente? Que se beba bien, aunque no llame la atención y desde luego que no chirríe por la parte negativa; que no haya defectos ni desequilibrios importantes. El modelo australiano de los vinos de precio ajustado y producción masiva con Yellow Tail a la cabeza ha podido tener sus excesos, pero sigue siendo válido en este segmento del mercado. Exige una gran planificación y control de la materia prima encontrar la mejor relación posible entre un máximo de rendimientos y una calidad aceptable, y mucho pragmatismo a la hora de emplear chips o virutas de roble y técnicas como la micro-oxigenación para suavizar las sensaciones en el paladar. Realmente, no podemos pretender que todo el vino que se hace en España emocione y sea de terruño.

Salón de las Estrellas de la Guía Peñín

Salón de las Estrellas de la Guía Peñín

Este año tuve la oportunidad de visitar una de las bodegas más grandes de Rioja, responsable del crianza más vendido de la denominación. Muchos dirán despectivamente que El Coto es una fábrica de vino. En cierto modo tienen razón, pero piensen que en cada nueva cosecha deben procesar 22 millones de kilos de uva o el equivalente a la producción de entre 4.000 y 6.000 hectáreas de viñedo. La planificación, el control de los procesos y de la calidad y, sobre todo, el gran reto que supone la homogeneización de semejantes cantidades de vino para que el cliente devoto de la marca se encuentre cada año con su crianza de siempre constituyen una labor ímproba.

Por otro lado, es reconfortante que elaboradores de vinos de alta calidad como la familia Eguren no tengan problemas para compaginar sus etiquetas más míticas con gamas de vinos bastantes más humildes como las que elaboran en la zona de Manchuela bajo las marcas Protocolo y Códice y comercializan como V.T. Castilla entre los tres y cuatro euros. No es el único ejemplo en este sentido. Muchos grandes grupos españoles intentan abarcar hoy en día un amplio espectro de precios.

Con un acercamiento más intelectual, el siempre provocador Telmo Rodríguez elabora en Rioja una etiqueta que se llama literalmente Corriente en lo que parece una buena reivindicación para devolver al vino su lugar en lo cotidiano y en el día a día. El precio es algo superior a lo que venimos hablando porque se sitúa entre los ocho y diez euros, pero puede ser una buena propuesta para subir un escalón más desde los vinos de supermercado. De la misma manera, las guías especializadas en vinos de precio más ajustado aparecidas en los últimos años, como La Guía del Vino Cotidiano o Los 100 Mejores Vinos por menos de 10 € de Alicia Estrada, también pueden ayudar a conectar al consumidor de marcas masivas con los vinos más asequibles de bodegas de calidad. Y lo mismo ocurre con eventos como el Salón de las Estrellas de la Guía Peñín, celebrado en Madrid y Barcelona, el 25 y 27 de noviembre respectivamente, y abierto al público general previo pago de una módica entrada.

Corriente 2012 de Telmo Rodríguez, portadas de 'Guía de vino cotidian' y ´Los 100 mejores vinos por menos de 10€'

Corriente 2012 de Telmo Rodríguez, portadas de ‘Guía de vino cotidian’ y ´Los 100 mejores vinos por menos de 10€’

Como dijo el Master of  Wine y consultor de Laithwaites Justin Howard-Sneyd, en la DWCC (Digital Wine Communications Conference) hace unas semanas, hay muchos consumidores que quieren disfrutar del vino y recibir unas pequeñas pildoritas que les ayuden a disfrutarlo, pero no quieren ser educados ni están interesados en profundizar en la materia.

Probablemente, simplificar los mensajes ayudaría a que se consumiera más. Y no cabe duda de que cualquier producto se vende mejor cuando cuenta una historia y genera un vínculo emocional. Esto no tendría que estar vedado a los vinos baratos, humildes, sencillos o de supermercado. Solo que la emoción debería ser proporcional al precio y a las expectativas que genera la botella o el envase elegido. ¿Por qué empeñarse en vender un vino con (falsa) alma? ¿No sería mejor convencer al consumidor de que simplemente le va hacer pasar un buen rato con los amigos: barbacoa, aperitivo, base ideal para la sangría o, por qué no, partido de fútbol con el bag-in-box en lugar del barrilito de cerveza?

Abogo por reconciliarnos con la definición de “corriente” de la RAE (Real Academia Española): “medio, común, regular, no extraordinario”. Si la trasladamos al vino debería ser un producto perfectamente bebible, correcto y que cumple muy bien su función de aportar un cierto disfrute o acompañar la comida. 

Amaya Cervera

Periodista especializada en vino desde hace más de 15 años, con cientos de artículos escritos sobre la materia. En septiembre pasado lanzó la web spanishwinelover.com que pretende ser un portal de referencia sobre el vino español gracias a su formato bilingüe inglés-castellano, así como reflejar el actual momento de efervescencia y descubrimiento de terruños y variedades en España. Es miembro del Circle of Wine Writers y colabora con otras publicaciones como la revista inglesa The World of Fine Wine o las españolas Planeta Vino y Sobremesa. Ha sido redactora-jefe de la revista Sibaritas y miembro del equipo de cata de la Guía Peñín así como responsable de contenidos de Todovino y también catadora para su guía.

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