Encantos de la luz difusa por Mihail Moldoveanu

Rembrandt, Filósofo meditando, 1633

Ver en la oscuridad o en la penumbra es una sensación que a menudo se acerca más a la intuición que a la visión nítida de los oculistas –aunque no se ve “todo”, se ve lo suficiente para que la imaginación se ponga en marcha, sin verse frenada por mucha descripción; indefinición imprescindible a veces, parte del refinamiento de ciertos lugares, de ciertas obras de arte– o también de ciertos objetos que nos rodean en la vida diaria. Emergiendo del negro de la conciencia, una imagen se está formando, como una aparición incierta, indefinida, que tiene vocación de quedarse así: este es su estado de plenitud.

Cuando Tiziano –ya mayor– empezó a pintar unos cuadros grandes muy oscuros en los que solamente algunos detalles tienen nitidez, su visión resultó cautivante, involucrando de forma inaudita al observador en el misterio de la pintura. Muchos artistas siguieron experimentando en esta dirección; Rembrandt, por ejemplo, se lanzó a la búsqueda de un “oscuro ideal” de donde pudiesen surgir sus personajes y sus formas. Algunos de sus grabados nos han llegado en varios estados que permiten ver cómo la oscuridad del fondo se incrementa de forma progresiva, hasta invadir casi toda la composición: los pocos detalles que se perciben se apoderan de la oscuridad, dando un sentido conmovedor a estos últimos estados.

Rembrandt, Negra tumbada, estado II, 1658

Rembrandt, Negra tumbada, estado V, 1658

Según el escritor y pensador japonés Tanizaki, una búsqueda parecida guía a los artesanos que producen los cuencos de laca destinados a servir la sopa: “…desde que destapas un cuenco de laca hasta que lo llevas a la boca, experimentas el placer de contemplar en sus profundidades oscuras un líquido cuyo color apenas se distingue del color del continente y que se estanca, silencioso, en el fondo. Imposible de discernir la naturaleza de lo que hay en las tinieblas del cuenco, pero tu mano percibe una lenta oscilación fluida, una ligera exudación que cubre los bordes del cuenco y que dice que hay un vapor y el perfume que exhala dicho vapor ofrece un sutil anticipo del sabor del líquido antes de que te llene la boca. ¡Qué placer este instante, qué diferente del que experimentas ante un sopa presentada en un plato plano y blancuzco de estilo occidental! No resulta muy exagerado afirmar que es un placer de naturaleza mística, con un ligero saborcillo zen”. Junichiro Tanizaki escribió estas líneas en 1933, en su conocido “Elogio a la sombra”, meditación sobre los valores japoneses tradicionales. En su pensamiento todos los sentidos se ven invocados: “Se dice que los amantes del té, al oír el ruido del agua hirviendo, que a ellos les evoca el viento en los pinos…”

Más cerca de nuestra sensibilidad occidental, algunos fotógrafos han logrado expresar en su obra la fascinación que puede proporcionar esta forma de ver. El más conocido es Brassaï, el gran poeta del París nocturno. Pero Edward Steichen es quizá el primero que ha dejado obras muy significativas de este género, como sus vistas nocturnas del Flatiron en el Nueva York de principios del siglo XX, o la gran escultura de Rodin que representa a Balzac, fotografiada a la luz de la Luna.

Edward Steichen, The open sky, 11P.M. Rodins’s Balzac, 1908

Edward Steichen, The Flatiron, 1904

Siguiendo estos ejemplos, o simplemente guiados por una intención comparable, hay toda una familia de fotógrafos que han explorado con gran fortuna los matices de la oscuridad: Walker Evans, Robert Frank, Alvarez-Bravo, ManRay, Rodchenko, Català-Roca, Bernard Plossu, Bill Brandt, Germaine Krull, Maspons, Mimmo Jodice, Cartier-Bresson, Josef Sudek…

Brassaï, Allumeur de bec de gas, rue Emile-Richard, 1931

Brassaï, Allumeur de bec de gas, 1933

Por otro lado, Luis Buñuel ha descrito en palabras la necesidad de la penumbra como dimensión en la que la imaginación puede prosperar. Son unos apuntes sobre las cualidades que debe tener un bar, que se encuentran en su libro “Mon dernier soupir” publicado en 1982. De hecho, “Mi último suspiro” –escrito originalmente en un francés a veces muy personal del cineasta– es realmente un libro esencial: desde que se publicó lo he tenido siempre a mano. Cierto, en el cine hay varios creadores que han mostrado brillantemente esta sensibilidad particular en su obra –Fritz Lang o Murnau antes de Buñuel, y después de él directores como Orson Welles, Antonioni, Bergman, Polansky, Jerry Schatzberg, Coppola o Stanley Kubrick– pero, cuando se trata de definir el problema, Don Luis es insuperable:

“Debo precisar, antes que nada, que distingo el bar del café. En París, por ejemplo, no pude jamás encontrar un bar conveniente” (aunque gran admirador de sus cafés, sin duda: “¿Puede uno imaginar París sin sus cafés, sus maravillosas terrazas, sin sus tabacs? Sería como vivir en una ciudad devastada por una explosión atómica”– palabras que tienen una particular resonancia estos días).

“El café supone la conversación, el ir y venir, la amistad a veces bulliciosa de las mujeres. El bar, al contrario, es un ejercicio de soledad. Tiene que ser antes que nada tranquilo, bastante oscuro, muy confortable. Cualquier música, incluso lejana, debe estar severamente proscrita (al contrario del infame uso que hoy prolifera por el mundo). Una docena de mesas como máximo, con sus asiduos muy poco habladores.”

Un buen bar se puede encontrar también en un sótano “… porque hay que desconfiar de los paisajes… La luz del ambiente es muy discreta, pero las mesas están suficientemente iluminadas.” A solas, en compañía de su bebida preferida, se abstraía sin esfuerzo, abriéndose a las imágenes que no tardaban en desfilar por la sala…; aparecían a veces personajes que hablaban de sus problemas, escenas sorprendentes –ideas errantes que se tenían que encauzar y ordenar.

Ciertos bares me han inspirado unas fotografías en las que yo también –sin darme cuenta– rastreaba unas sombras en movimiento; a menudo recuerdo las meditaciones de Buñuel, como una forma de pensar que me es muy familiar. Con un poco de fortuna y la atención despierta, persiguiendo estas sombras encuentras cosas magnificas.

Mihail Moldoveanu, Santa Maria Della Nativita, Noci, 2002

Mihail Moldoveanu, Macadam Aviatori, Bucarest, 2005

Mihail Moldoveanu, Palazzo Doria, Roma, 2001

Mihail Moldoveanu, Pier, Santa Monica , 1991

Para situar mejor las concepciones de Don Luis respecto a los bares, hay que tomar en cuenta también sus opiniones sobre las bebidas: “En lo más alto pongo el vino, especialmente el vino tinto”, sin tardar mucho en aclarar –“Desde luego, nunca bebo vino en un bar. El vino es un placer puramente físico, que no excita en modo alguno la imaginación. En un bar, para provocar y mantener el ensueño, se necesita ginebra inglesa. Mi bebida favorita es el dry-martini […] Al igual que todos los cocteles, el dry-martini es un invento norteamericano. Esencialmente, se compone de ginebra y de unas gotas de vermut, preferentemente “Noilly-Prat”. Los verdaderos aficionados, que toman su dry-martini muy seco, incluso han llegado a pretender que simplemente basta con dejar que un rayo de sol pase a través de una botella de Noilly-Prat antes de dar en la copa de ginebra. Un buen dry-martini, se decía en una cierta época en América, debe parecerse a la concepción de la Virgen. Efectivamente, ya se sabe que, según Santo Tomás de Aquino, el poder generador del Espíritu Santo pasó a través del himen de la Virgen “como un rayo de sol atraviesa un cristal, sin romperlo”. Lo mismo por el Noilly-Prat, decían. Pero a mí me parece algo excesivo. Otra recomendación: el hielo utilizado debe ser muy frio, muy duro, para que no suelte agua. No hay nada peor que un Martini mojado. Permítaseme dar mi fórmula personal […]. Sobre el hielo bien duro echo primero unas gotas de Noilly-Prat y media cucharadita de café, de angostura. Agito bien todo y tiro el líquido. Conservo únicamente el hielo que ha quedado, que lleva la huella ligera de los dos perfumes y sobre este hielo vierto la ginebra pura. Agito un poco más y sirvo. Esto es todo, pero no hay nada mejor.”

 

 

 

 

 

Mihail MoldoveanuMihail Moldoveanu (Bucarest, 1953) ha estudiado Bellas Artes y Arquitectura en Bucarest; es doctor en Historia del Arte, Paris (La Sorbonne). Activo en varios campos de creación artística – pintura, fotografía, arquitectura, ensayo. Ha publicado una serie de libros de autor, ensayos y otras realizaciones editoriales. Su obra se encuentra en varias colecciones públicas y privadas. Es representado por las galerías Baudoin Lebon en París y Joan Prats en Barcelona.

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