Internet a la taza

Por Jordi Vilà

Últimamente se está haciendo eco de la progresiva desaparición de comercios emblemáticos del centro de la ciudad de Barcelona, comercios con una larga historia arraigada a la ciudad y que en muchos casos, aparte de la actividad que se practicaba, tenían un mobiliario y una estética que los hacían emblemáticos y genuinos. En cierto modo no deja de ser un viaje en el tiempo y en la historia.

Pero los negocios son los negocios. Detrás de estos comercios hay familias y detrás de los locales donde están los comercios también. Éstos han pasado muchos años cobrando un precio muy por debajo de lo establecido por el mercado debido a un tipo de contrato (renta antigua) y ahora una vez finalizado, al tener que firmar un nuevo contrato con los precios actuales, los inquilinos se han encontrado (ya lo sabían) con que no podían hacer frente al nuevo precio debido a que están situados en un lugar céntrico.

¿Qué está pasando ahora con estos locales? Por suerte muchos de ellos están protegidos y no pueden retirar ni cambiar los carteles de fachadas ni vitrinas y en algunos casos ni el mobiliario interior, si bien es cierto que después nos podemos encontrar con una especie de Frankenstein donde detrás de un mostrador de sastrería antiguo, te venden teléfonos móviles, pero al menos de momento se ha salvado una parte de la historia.

Otro caso similar es cuando hay locales que ni tienen tanta historia ni son emblemáticos, tal vez por no ser, no son ni bonitos, pero se puede ir a tomar un buen café, un bocadillo digno e incluso en muchos casos pequeñas especialidades como un chorizo ​​concreto ya que resulta que el propietario es de un pueblo concreto y se lo lleva porque le hace ilusión y, evidentemente, sin hacer ningún estudio de mercado previo para saber qué aceptación tendrá. Pues este tipo de comercio también está desapareciendo por la presión de grandes multinacionales que sí o sí se acaban quedando estos locales. El resultado son unos centros de ciudad absolutamente homogéneos, estériles y sin ningún tipo de personalidad. Es igual estés donde estés porque siempre te encontrarás como en tu ciudad.

Lo que me pasa a mí es que ni en la mía ni en ninguna otra consumo nada por prescripción médica que conste, no es personal, de verdad. Pero además soy de los que piensa que una de las formas más interesantes de viajar y hacer cultura es a través de la comida. Me gusta cerrar los ojos y saber por lo que estoy comiendo dónde estoy y dónde no estoy. Detrás de un plato tradicional y regional está lo que en el mundo del vino se conoce como “terroir”. Sabemos el clima, la proximidad del mar o de la alta montaña, la fauna, los recursos naturales incluso la religión que se practica –y que tanto ha condicionado y condiciona a la cultura y en la cocina de un territorio–, en definitiva lo del paisaje puesto en la cazuela que decía Josep Pla.

El tercer caso lejos del paisaje en la cazuela es Internet a la taza. Y lo siento por el pionero –que no sé quién es–, pero sólo hay que echar un vistazo a Pinterest para ponerlo fácil. Veréis como en el mundo, sobre todo el occidental, lejos de ser un factor de autenticidad el hecho de montar locales de restauración con una bicicleta colgada –que me encantan– o de poner un banco en la entrada junto a una caja decapada de fruta –me encanta la fruta por cierto– con mesas de madera y sillas de color pastel, pizarras, ladrillos vista, pasteles de larga duración, jugos de zanahorias, bonitas tazas de café con leche de litro para poder estar dos horas conectado al portátil y gastar dos euros, camareros a los que –todos sabemos– les van cortos los pantalones, con más campanas que en una catedral pero con pocas cosas para comer… Pues cuando esto, que tenía que ser un proyecto original, auténtico y agradable, se ha convertido en una cadena de restauración como las de los centros de las ciudades a pesar de querer representar lo contrario, cuando es un estereotipo que, si bien es cierto, hoy en día funcionan, igual de cierto es que ya no emocionan.

Sabiendo que cada vez más el mundo de las ciudades se está convirtiendo en una gran calle comercial de ida y vuelta, al menos deseo que la próxima tendencia surja de Barcelona donde siempre se ha dicho que nos perdía la estética. Que así sea.

Jordi Vilà
Jordi Vilà es la definición de un chef con un estilo de cocina que evita por completo cualquier etiquetado. Autor de una cocina inclasificable, que se expresa a través de juegos y construcciones de sabores claramente actuales. Se trata de una cocina que se define como un nuevo clasicismo contemporáneo, a medio camino entre la llamada vanguardia y los defensores de una cierta tranquilidad culinaria. Sin embargo, otro gran mérito de Jordi Vilà es que toca todas las cuerdas. Domina la alta cocina –que servía en el Alkimia–, así como la tradición más popular en el Vivanda. A finales de 2011 emprendió una nueva aventura de la mano de Moritz y se convirtió en el director gastronómico del grupo. Hace unos meses, abrió el esperado Louis 1856, un espacio de alta gastronomía en la Fàbrica Moritz de Barcelona. El siguiente paso es trasladar el Alkimia al piso de arriba del local.

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