Involúcrame y lo aprendo

Por Ruth Troyano

Reconozco que he entrado tarde en el mundo del vino pero soy consciente de su importancia desde muy temprano, quizás por mi estrecha relación con la vida rural en las comarcas del Ebro. Mis veranos son las meriendas de pan recién horneado, azúcar y vino que nos preparaba mi abuela. O el viaje a regañadientes escaleras abajo cuando mi abuelo me mandaba a rellenar el porrón de la barrica que resguardaba del sol, en el sótano. También la historia que, como un mantra, nos ha contado mi madre: “Solo tenía tres años cuando confundí un cántaro de agua con un porrón de vino en el balcón de casa. Tuve sed y bebí mucho… Pero aún sigo aquí”.

Tomar vino con moderación es lo acertado. Está claro. Y la responsabilidad empieza por uno mismo. Nos lo recuerda la pirámide de la Dieta Mediterránea, declarada Patrimonio Mundial Inmaterial de la Humanidad, que incluye la copa de vino en armonía con las comidas. Está claro también que los niños no deben tomarlo. Pero, ¿y conocerlo? ¿Y catarlo? ¿Y el mosto? El nuestro es el país con la mayor extensión de viñedo del mundo, por lo que  mujeres y hombres tenemos la responsabilidad colectiva de conocer primero y de poner en valor después el cultivo de la vid, el paisaje, la tradición, las costumbres, el patrimonio oral, la historia y la cultura que esconde. Bueno, será cultura el día que al vino lo abrace todo un pueblo; de momento dejémoslo en alimento. Que casi todos tengamos un viñedo a menos de 20 minutos de casa (¡incluso a pie!) y muchos no reconozcan el papel vertebrador que juega el vino, con sus longevas raíces y tantos guiños culturales, nos obliga a realizar un ejercicio urgente de toma de conciencia primero y de acción después, para volver a dar la importancia que merecen el sector, el oficio y el alimento que es. 

De pequeños, aunque inconscientemente, sabíamos de la importancia que jugaba el vino porque lo veíamos a diario en la mesa. Para los abuelos más bien fue nutriente; para los padres ya alimento y placer. Al vino no le prestábamos demasiada atención, porque era algo natural y cotidiano. Pero de pronto cambiaron los hábitos, las conductas, las lógicas, llegó la competencia y sucumbimos a nuevas modas. Bajó drásticamente su consumo, regularon en su contra, y ahora estamos aún dolientes de este descenso que sólo podremos revertir si los jóvenes se apuntan, con responsabilidad y moderación, a ello. Son el consumidor del futuro. O no lo habrá. Releo, con la misma ilusión que recelo, como en Estados Unidos los millenials representan el 33% del consumo total de vino. Su cultura dista mucho de la nuestra gracias, por ejemplo, a la potente industria cinematográfica que lo ha presentado siempre como un elemento y alimento socializador. Aparece triunfante y sin complejos en las series de televisión; porque tomar vino en el after work es muy cool. Sin embargo, en nuestro país sólo un 11% de los jóvenes reconocen haber catado vino en el último año y lo vinculan siempre a ocasiones muy especiales. Y, ¿qué pasa con el día a día?

Pues que el vino se esfumó, porque hay demasiada poca cultura. Y además lo hemos ido sofisticando con lenguaje y esnobismo a partes iguales. Cambiaron los hábitos y no nos mantuvimos fieles a la tradición. Ni mantuvimos el respeto por el porrón. De hecho supuso, durante un tiempo, algo rancio y antiguo para los jóvenes. Por suerte ahora lo volvemos a rescatar para los encuentros más hípsters, como hemos hecho también con el vermut. A las antiguas costumbres ahora les llamamos identidad y no queremos dejar de presumir de ellas. Al mismo tiempo que menospreciábamos el porrón o el vaso de vino –en lugar de la copa– perdimos el vínculo con el mundo rural, con sus ritmos y tradiciones. Por múltiples motivos. Y ahora queremos imponernos lo slow, cansados a ratos de lo urbanita, pero a marchas forzadas. Y me pregunto: ¿Cómo vamos a hacer para que los más pequeños, que no han conocido los hábitos y costumbres del vino como nosotros, vuelvan a ello? ¿Puede enseñarse en la escuela?

Defiendo desde hace tiempo una iniciativa que me descubrió la enóloga Marta Milà de la bodega Mas Comtal. Es un proyecto educativo que lleva por nombre “La Vinya dels Nens”. Se desarrolla en la escuela rural ZER Sant Jordi, en Sant Pau de l’Ordal, en Penedès. Trabajan por proyectos y el viñedo es uno de ellos. Lo promovieron viticultores de la zona a imagen y semejanza de un proyecto francés. Y lo impulsaron junto con la dirección del centro con un resultado que no puede ser más satisfactorio. Todas las asignaturas del aula están en el viñedo: matemáticas, biología, responsabilidad, ciencia, arte, naturaleza… E idiomas, pues existe también un hermanamiento con escuelas de Francia e Italia que desarrollan programas similares. Los más pequeños demuestran a diario su compromiso y reconocimiento enormes para con el campo; entienden la ausencia de velocidad y la cultura del esfuerzo. Tiempo y dedicación, sólo así se consigue una buena uva. Y lo más importante es la conexión que establecen con lo auténtico y esencial, con la tierra, de la que emanan los valores y de la que cada año se obtiene el fruto que más tarde será el vino. Sin magia, porque el vino es naturaleza y humanidad, o sea, respeto. Reconocen por lo tanto la realidad vitivinícola rica y diversa del país, en la escuela y luego transfieren el conocimiento en casa. Hay padres que aprenden de variedades de uva con sus hijos, como cuando empezaron a practicar el reciclaje, después de que fuera imperativo moral en la escuela.

Sí, la cultura del vino se puede aprender en el aula. Que los jardines y huertos incluyan por favor el cultivo de la vid y un programa pedagógico que le acompañe, con salidas periódicas al viñedo; el ciclo vegetativo natural agradece visitas todo el año. “Adventures en Provence” es un material de reciente creación que comparten maestros y alumnos de distintas escuelas de la Provenza, en Francia, para que los escolares de primaria tengan sensibilidad y conciencia ambiental por los viñedos que les rodean, para que reconozcan su importancia social, cultural, histórica y económica, para que aprendan nuevo vocabulario y sobre todo para que mantengan un contacto permanente con los viticultores, fuente de sabiduría y bondad. ¿No es algo que deberíamos promover aquí también?

En España hay iniciativas que acercan la cultura del vino a los más pequeños, pero aún tímidas y poco extendidas. Son extracurriculares la mayoría y con poca, muy poca, implicación gubernamental. Deberíamos lamentarlo más a menudo, yo lo hago, porque un país que no bebe sus vinos como bien dijo Vázquez Montalbán, adolece de un problema de fondo muy grave. No los conoce ni reconoce. Ni siente el orgullo que tanto elogiamos del país vecino, Francia. 

Quizás es porque en nuestra sociedad ha ido siempre por delante el discurso del miedo, la asociación fácil, la del triángulo maligno entre vino, alcohol y menores. ¡Cuan perjudicial ha sido! Pero quien lo interprete así, no sabe que prohibir o esconder no es la manera de enseñar. Demuestra muy poca sensibilidad por la capacidad que tiene la tierra de arraigarnos y de formarnos. Y de dignificar a quienes la trabajan. Y de emocionarnos, también, empezando por el lloro del viñedo y terminando en la fascinante vendimia. Hace unos días, el biólogo Josep Lluís Pérez (Mas Martinet) me contaba que la elaboración de vino forma parte del programa educativo de sus nietos, en casa. “¡Y fíjate que, con la misma uva y utilizando métodos similares, el vino de cada uno es distinto!”, reconocía. Le brillaban los ojos. ¿Será que el vino se nos parece? Él, Josep Lluís, con un gran fondo humano y  toda una institución en el mundo del vino, me ha recordado muchas veces lo que afirmó el científico Benjamin Franklin: “Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo”.

Pues en el vino habrá que involucrar más y mucho antes. Si al sector le interesa conquistar el target que va de los 28 a los 40 años, deberemos educarlo en lo que somos, un país de vino, desde pequeños. Y que prueben y que caten. Primero el mosto y luego el vino. Y que se den cuenta de que es algo moderno y seductor. Que es experiencial y que puede ser de consumo diario. Estoy convencida de que mi abuela siempre me deseó lo mejor… El entusiasmo con el que ahora me adentro en el mundo del vino nació en sus meriendas con vino, seguramente. De su voluntad de alimentarme y enseñarme a consumir  lo cercano, lo saludable, lo sostenible, lo solidario, lo inteligente. Porque el vino lo es. Vean y compartan conversaciones con las mujeres y los hombres que se dedican a ello. Escúchenlos. O emociónense con las etiquetas de los niños que las pintan para el proyecto del Masroig Vi Solidari que se organiza anualmente para recaudar fondos para la investigación del cáncer infantil en el Hospital Sant Joan de Déu de Barcelona.

“Soy un vino lleno de esperanza” escribió un niño en letras mayúsculas, irregulares y de color lila para ilustrar una de las cientos de botellas de vino solidario. Coincidimos muchos en que la suya era una creatividad tan real como perturbadora. Asumió el mensaje y lo compartió. El vino es vida. “El vino ya sabe lo que quiere deciros”, me contaba el otro día el enólogo Toni Sánchez-Ortiz. Y añadió: “Es el instrumento de civilización más grande que la historia ha visto nunca”. Yo creo que todos estamos de acuerdo. ¿Nos comprometemos pues a enseñarlo así también?

Ruth Troyano
Ruth Troyano Puig (Reus, 1979) es licenciada en Periodismo por la Universidad Autónoma de Barcelona, Máster en Planificación y Gestión del Turismo Enológico y Sommelier Profesional por la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona. Ha trabajado en la Cadena SER-RàdioReus, en la Delegación del Gobierno de la Generalidad de Cataluña y en el Ayuntamiento de Tarragona. Actualmente, es periodista freelance dedicada al mundo del vino y el enoturismo, tareas de dirección de comunicación y asesoramiento. Colabora en las plataformas digitales La Conca 5.1 y Gastrotalkers, de la emisora RAC 1 (sección vinos y enoturismo en La Primera Pedra) y del Diari Ara Camp de Tarragona. También es autora del blog Vi·Moments·Persones (1er premio concurso BlocDOCat 2012 que convoca la DO Catalunya). Más recientemente, ha publicado el ciclo de libros #retratsdevi, editados por Publicaciones URV.

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