Jumilla, las “variedades oxidativas”, y 25 años de vino español

Por Enrique Calduch

Era a finales de octubre de 1994, es decir hace casi 25 años, en que en un destartalado Peugeot 205, el periodista y crítico vinícola Andrés Proensa y yo, circulábamos desde Madrid a la localidad murciana de Jumilla. Él conducía y yo iba con un mapa de carreteras sobre las piernas porque todavía no había autopista a Murcia, y había que salirse por la de Alicante en Chinchilla de Montearagón y meterse por un laberinto de carreteras secundarias. Teníamos una cita en el Consejo Regulador de la Denominación de Origen de Jumilla con tres vocales encargados y el secretario, para valorar la manera de “poner a Jumilla en el mapa vinícola”, como decían ellos. El intermediario había sido Pepe Serrano, técnico del Instituto Nacional de Denominaciones de Origen (INDO), representante del Ministerio de Agricultura en Jumilla, porque es una Denominación en la que participan más de una comunidad autónoma, igual que Cava y La Rioja.

Proensa tenía experiencia y ya era un grandísimo catador, y yo no tenía ni idea sobre Jumilla, porque no hacía ni dos meses que había dejado el periodismo, digamos normal, en el que había trabajado hasta entonces, para meterme en el periodismo vinícola. “¿Qué plantan aquí?”, pregunté. “Piedras”, respondió Proensa, ante el duro paisaje del Altiplano Murciano. Los del Consejo que nos recibieron eran unos visionarios. Su zona estaba cómodamente instalada en el granel; pero era evidente que el futuro pasaba por el vino embotellado y de calidad. La Denominación entraba ya en las que se empezaban a llamar “malditas”, de las que había unas cuantas en España. El añorado Forges de vez en cuando sacaba en sus viñetas a algún borrachín bajo los efectos de lo que él llamaba “pelotazo Jumilla”, que dolía mucho en la zona. La variedad rotundamente dominante era y sigue siendo, aunque ya no de forma tan dominante, la monastrell, que se consideraba oxidativa, es decir, mala para envejecer. Eso sí, no era la única, y en aquella época la crítica y los técnicos también consideraban “oxidativas” a la mencía (incluso yo en cierta ocasión di pábulo a esa estupidez); la bobal; y por supuesto la garnacha y la cariñena; en resumen, todas las que no fueran la tempranillo o las francesas, que se llamaban “mejorantes”.

El Certamen de Calidad

La idea que se propuso en aquella primera reunión en Jumilla fue la de organizar un Certamen de Calidad o concurso de vinos, con el objetivo de estimular a las bodegas a participar en una sana competencia, mejorar sus elaboraciones, que embotellaran en busca de valor añadido. El jurado serían periodistas cualificados del mundo del vino, que tendrían la misión de catar a ciegas, dar los premios y, lo mejor de todo, difundir en sus medios las virtudes de los vinos de Jumilla y de su variedad reina. Y el plan resultó. En aquella primera ocasión, que encima se celebró en noviembre de ese mismo año, se presentaron sobre 50 muestras, la mitad de vinos eran a granel que a la tercera edición se retiraron, claro. Se establecieron tres categorías, rosados, tintos jóvenes y tintos de segundo año. Entre el jurado aparte de Proensa y Pepe Serrano, estaba gente de Vinoselección, como José Luis González Cledera, Ana Sandoval, Pep Peiró de Sobremesa, un jovencísimo José Luis Casado de Gourmet y Víctor Rodríguez.

Yo al principio, tenía mis dudas. Jumilla era una zona rica gracias al vino a granel. Cuando comenzó el tema de la filoxera, los franceses, aparte de ir a La Rioja, se plantaron en Jumilla y hasta el principio de los años noventa tenían allí bodegas propias. El vino que se hacía era duro y pastoso, a propósito. Mucho color, mucho grado y poca acidez. Se embarcaban en el puerto de Alicante y se llevaban a Francia o Centroeuropa, donde se mezclaban con vinos franceses o italianos del norte y de zonas frías, que iban desvaídos de color, sin grado, pero eso sí, con una acidez de cuchillo. El resultado era un vinillo aceptable que se vendía barato. Por eso, cuando alguien tomaba un jumilla de aquellos, que encima se vendían en la ciudad de Murcia, en barrilitos oxidados y hasta insalubres, el “pelotazo Jumilla” estaba garantizado. Los bodegueros jumillanos empezaron a demostrar que no eran tontos y al embotellar sus vinos ya no buscaban el grado por encima de todo, sino el equilibrio; y el resultado ha sido un espectáculo.      

25 años después

El pasado 14 de junio, viernes, se celebró en la ciudad de Jumilla la gala y cena de entrega de premios del XXV Certamen de Calidad DOP Jumilla. En un enorme salón, de esos para bodas, cerca de 500 personas, bodegueros, familiares y empleados, vestidos para la ocasión, esperaban expectantes los resultados que el jurado de cata, formado por lo más granado de la prensa especializada, así como personalidades de prestigio del mundo del vino, había decidido durante dos jornadas de cata a ciegas, realizada unos días antes. Se habían catado unas 130 muestras de vinos embotellados, con una producción mínima de 5.000 botellas que los veedores del Consejo habían ido a recoger directamente, según les parecía bien, entre las cajas de vinos que había en las bodegas. En esta ocasión se habían distribuido en ocho categorías distintas, donde había vinos de medias y largas crianzas. Había auténticas maravillas. ¿Qué la monastrell, gran protagonista de estos vinos es oxidativa? ¡Anda ya! Simplemente se trabaja bien, no como antiguamente; y si no que se lo digan a Pepe Mendoza en Alicante, bodega de prestigio y que orienta sus mejores vinos trabajando con esta variedad. Que los bodegueros de Jumilla me hayan aceptado durante 25 años, me llena de orgullo, incluso de sorpresa. Yo en compensación amo decididamente esas tierras y de alguna manera me siento partícipe de sus éxitos. Estos son algunos datos: en el año 2000 el Consejo Regulador emitió casi 15 millones de contraetiquetas; y en el año 2018, superó los 30. En 1998 había en la zona 36 bodegas, de las cuales, 19 eran embotelladoras; veinte años después, hay 48 bodegas y 39 embotellan. En 2000 se exportaron a granel nueve millones de litros de vino; mientras en el 2018, apenas se llegó al millón. En embotellados, en 2000 fueron 11 millones de litros, de los cuales uno y medio fueron para la exportación. En 2018 se superaron los 23 millones de litros de vino embotellado, de los cuales 15 millones son para el mercado exterior. 

Hará unos ocho años, en una revista de vinos francesa, cuyo nombre no recuerdo, realizaron una cata a ciegas entre los vinos de Bandol, una “Apellatión” de la Provenza, donde la monastrell es la variedad dominante, y los vinos de Jumilla. Y el resultado fue que los presuntamente chauvinistas franceses, puntuaron mejor los vinos jumillanos que los suyos. 

Hace unos años en Nueva York, me encontré en una estantería de una tienda de vinos una botella de El Nido, de Jumilla, por 150 dólares la botella; y por lo visto se vendía bien. En enero estuve también en aquel país, concretamente en Miami y alrededores, y por curiosidad me metí en varias tiendas especializadas en vinos a mirar los españoles. Muga, Marqués de Cáceres, me sorprendió Valtravieso que había en muchos sitios; pero el ganador rotundo fue el vino de Jumilla Juan Gil etiqueta azul. ¡Estaba en todas partes! Me volví a acordar del Primer Certamen de Calidad de Jumilla. Me he centrado en esta zona, que conozco bien y que reitero que amo, como una demostración de la evolución del vino español en estos 25 años, al margen de las grandes D.O.s, e incluso de las zonas malditas; pero hay más.

El Bierzo

Hace unos 22 años, o por ahí, la revista Spain Gourmetour, editada por el Instituto de Comercio Exterior (ICEX), me envió al Bierzo a hacer un reportaje sobre la D.O., y en defensa de la mencía. Estaba bien pagado y se hacían cargo de todos los gastos. Miré el mapa local. Había dos bodegas particulares que sonaban mucho, Pérez Caramés y Luna Beberide. El problema es que los dos pasaban de la mencía y trabajaban como siempre, la cabernet, merlot y demás “mejorantes”. Luego estaba Prada a Tope, que sí trabajaba con la uva local; y las cooperativas. Con Prada disfruté. Sus vinos jóvenes y rosados estaban casi tan ricos como ese botillo que me comí en su mesón. Con las cooperativas fue peor. Todavía existían resabios de minería e industria, y el viticultor era de fin de semana en el mejor de los casos. Buena parte de las uvas se cultivaban casi a la orilla del Sil, donde los pimientos, las manzanas reinetas y las guindas. Claro, parecían ciruelas. Los vinos flojos; y los más seleccionados, mejor, pero poco más. ¿Su objetivo? Vender tintos en la siempre sedienta y cercana Galicia. También visité a ese gran personaje que era Daniel Vuelta, al frente de Palacio de Arganza. La bodega no estaba admitida en el Consejo, pero tenía otra que sí. Me recibió en el Palacio y tengo una anécdota que no olvidaré. Me preguntó cuando había nacido. Le dije la fecha y apareció con una botella etiquetada de ese año. La sirvió con toda prosopopeya. Era un tinto que salía con un color violeta que solo con verle se notaba que era joven. Me tiraba al suelo de la risa, pero hice todo lo posible para que no se me notara. Había sido muy amable conmigo y era una persona que me merecía respeto.

Luego, por la noche, en el tétrico hotel Temple, donde cometí la torpeza de alojarme (creo que lo han rehabilitado y ahora está estupendo), en Ponferrada, ante la mesita de la habitación con mi máquina de escribir portátil, me preguntaba qué demonios iba a contar para una revista orientada a potenciar nuestros vinos y que se enviaba al extranjero en tres idiomas distintos, sobre el Bierzo y la mencía. Decir la verdad sobre lo que había visto y catado era imposible. Empecé a pensar que me habían llamado a mí buscando un pardillo. Al final salí por peteneras y escribí sobre los ricos vinos jóvenes de la variedad mencía, frescos, alegres y veraniegos. Desde luego estos vinos son oxidativos, pensaba yo para mí, no sirven para envejecer. Quizá por eso, desde que surgió la revolución en el Bierzo, los vinos en altura, la nueva generación que le dio la vuelta como un calcetín a la zona, hasta los nuevos vinos de las cooperativas, que también han evolucionado, me he convertido en un propagandista del Bierzo y la mencía, quizá para penar mis pecados.

El Priorat

También por aquella época estuve en el Priorat, haciendo un reportaje sobre los vinos de misa de una bodega llamada De Müller, en Reus, Tarragona. Subí luego a Scala Dei en Priorat, y todo muy divertido, pero salí pitando porque aquello era un solar. Pero ya había espabilado, y jamás se me ocurrió pensar en variedades oxidativas, ni con la cariñena ni con la garnacha. Hice bien. Cuando nació la revista Fuera de Serie de Expansión, en marzo de 1999, hace ahora poco más de 20 años, tuve el pedazo de placer y satisfacción de que la portada del primer número fuera mía, con un gran reportaje sobre los vinos de El Priorat y los revolucionarios que lo trasformaron.

En estos 25 años he visto la espectacular evolución del vino español, de la casi nada a muchísimo, en tan poco tiempo. Una fortuna para mí y para los de mi generación. Del químico y la bodega cutrosa, a los buenos enólogos, buenos viñedos, buenas inversiones, la defensa de lo autóctono. En blancos y en unas tierras donde la acidez no es lo fuerte el avance de las godello, treixadura, torrontés, lado, garnacha blanca, xare.lo, entre otras, me parece una buena revolución con visos de futuro. La fuerza de las variedades autóctonas. Y es verdad, me da un poco de pena la cantidad de dinero que se están gastando muchas bodegas en revertir sus variedades “mejorantes”, en autóctonas, porque claro, quien se pone a exportar cabernet, merlot o chardonnay a mercados inundados y aburridos de estas variedades. He visto como las traían y ahora veo como las sacan. Sí, he sido un privilegiado viendo la evolución del vino español tan directamente, y encima echándomela en nariz y boca, entre el pecho y la espalda. Más cosas descubriremos, porque cada día se elabora mejor. Solo me queda una cosa por esperar y por lo que lucho todos los días. Por ver a Jerez y los vinos generosos en el sitio que les corresponden. Estoy seguro que lo conseguiré.

Enrique Calduch es periodista profesional. Tras trabajar en medios como El País, El Independiente o Antena 3 TV, en 1994 pasa a dedicarse al mundo del vino. Desde 1996 es el crítico vinícola del periódico Expansión, el medio económico más importante de España. Colabora en otras publicaciones como Planeta Vino, Vinos y Restaurantes o el programa radiofónico Gato Gourmet. Dirige la empresa Calduch Comunicación, dedicada a la comunicación vinícola fundamentalmente para instituciones y Consejos Reguladores. También es el organizador de los salones de los Vinos Generosos, Vinos Rosados, Vinos Blancos y de las Bodegas del Siglo XXI.  Es autor de varios libros, como los cuatro tomos de El Libro del Vino, las guías de los Mejores Vinos de España de Fuera de Serie, Los Mejores Vinos de España; así como publicaciones gastronómicas como Los Mejores Quesos de España, Los Mejores Productos de España o Los Aceites de Castilla-La Mancha.

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