La barra de bar que un día fue altar

Por Clara Isamat

Era un día soleado de 1976. Desde primera hora de la mañana se trabajaba para tener la casa preparada para cuando llegaran los invitados. Por las ventanas que daban al jardín entraba una luz anaranjada, el suelo de parqué brillaba como si nunca se hubiera pisado. Los ramos de flores estaban perfectamente dispuestos por todo el salón y las copas de champagne de tipo Pompadour aguardaban relucientes en la bandeja. En la cocina, se preparaba una comida que se intuía inolvidable. Bajo la atenta supervisión de mi abuela, y una vez dado el visto bueno a todos los detalles, la casa estaba lista para recibir a toda la familia. Mis abuelos celebraban sus bodas de oro.

Como en cada fecha importante, ya fuera por Nochebuena, santos, cumpleaños u otras fiestas de guardar, el Padre Juanito celebraba la misa en el altar de la casa, que estaba cuidadosamente protegido tras una puerta corredera. El distribuidor que daba al jardín, se llenaba de sillas para seguir la ceremonia.

Paisaje de la viña en el Garraf

El Padre llegaba a casa de mis abuelos con la vestimenta típica de cura, alzacuellos incluido, con el tiempo suficiente para preparar la misa. Las puertas correderas que daban al altar chirriaban al abrirlas y él empezaba con su ritual de preparación mientras la familia iba tomando asiento. En uno de los laterales del armario, en un perchero que se deslizaba, se guardaba la casulla; en el otro lateral, en un armario cerrado con llave, se guardaba la Biblia, el cáliz, el corporal, el purificador, la palia y las vinajeras, todo lo necesario para celebrar la eucaristía. Al acabar la misa de las bodas de oro, mis abuelos dieron un aperitivo en el jardín, para más tarde, pasar al comedor con el Padre Juanito como invitado principal. Ese día de 1976, fue la última misa que se celebró en casa de mis abuelos.

Por aquel entonces yo tenía 5 años. Los recuerdos que tengo de esas misas y reuniones, me los contó mi madre o salían en conversaciones familiares. Las imágenes que creo en mi cabeza son fruto de lo que me contaron, pero las imagino como si hubiera estado allí y me siento parte de la escena. 

Cuatro años más tarde, con mi abuelo ya fallecido, mi abuela, ya mayor y algo enferma, se fue a vivir con su hermana. Fue entonces cuando mi familia y yo nos mudamos a vivir a la que había sido la casa de los abuelos y de mi madre. Mis padres reformaron la casa actualizándola a los tiempos de entonces. Entre muchos cambios, el que más molestó a mi abuela, y la entiendo, fue que el altar pasó a ser una barra de bar. El perchero en el que se guardaba la casulla del Padre Juanito, se adaptó para poner las botellas de whisky, brandy, ginebra, bourbon y otros destilados; el armario en el que se guardaba todo lo necesario para la eucaristía, se llenó de utensilios necesarios para la coctelería: vaso mezclador, medidor, cuchara, cubitera, pinzas… Mi padre preparaba cócteles casi con la misma solemnidad que el Padre Juanito preparaba la eucaristía. Yo pasé parte de mi adolescencia detrás de esa barra, experimentando, jugando a ser barman, reinterpretando recetas de cócteles que ni mis mejores amigos podían beberse. Me encantaba estar detrás de aquella barra, me gustaba jugar a ser camarera, de hecho, cuando recogía los platos de la mesa, lo hacía como en un restaurante y, con algo de práctica, aprendí a llevar 3 platos a la vez y 6 copas de vino en cada mano. Recuerdo cuando Ángela, una de mis hermanas, cumplió 21 años y celebró una cena elegante con sus amigos. Una amiga mía y yo fuimos “contratadas” como camareras para servir la cena y cómo si de un restaurante elegante se tratara, sacaba el plato por la derecha, marcaba los cubiertos y el plato por la izquierda, y servía el vino intentando no manchar el mantel de hilo.

Detalle del movimiento del vino en la copa en El Celler de Can Roca

Desde aquellos días de cócteles imposibles tras la barra, experimentando con clara de huevo, licores con animales muertos en el interior de las botellas, colorantes, frutas, tomate, pepino, azúcar, sal, pimienta, refrescos… Desde aquellos días de inconsciencia y diversión, con un estómago a prueba de la alquimia desbocada, de mal gusto e irreverencia a lo que en ese mismo lugar se había celebrado tantas veces con respeto y solemnidad, hoy abro las botellas de vino, huelo el corcho y lo sirvo imitando la liturgia del Padre Juanito, y se me escapa una risa floja imaginando la cara que hubiera puesto al verme tras esa barra.

Han pasado 42 años desde aquel día soleado de 1976. La casa de mis abuelos, en la que viví de los 9 a los 23 años, ya no existe. La barra de bar que un día fue altar, está en desuso, acumulando polvo en un guardamuebles, esperando a que algún hermano le encuentre su lugar. Quién sabe, quizás llegará el día en el que yo pueda devolverle todo lo que me ha aportado, dándole vida de nuevo, llenándola de cócteles elegantes, delicados y deliciosos, de copas de vinos y aperitivos. Un día en el que las conversaciones en la barra nos den la paz.

Clara Isamat está trabajando en su nuevo documental Revolución Líquida y en la mini serie Tras la Copa. Para poder acabar el proyecto, ha abierto una campaña de micro financiación a través de la plataforma Verkami. Puedes formar parte de esta Revolución Líquida ayudándola en la recta final y ser de los primeros en ver la mini serie y el documental. ¡Comparte!

Clara Isamat
Clara Isamat (Barcelona 1971) es fotógrafa y sumiller. En 2005 abrió su restaurante en el Alt Empordà (Girona) y estudió para ser sumiller. Hasta el 2013, trabajó como responsable de sala, maître y sumiller. Durante el 2015 y 2016, dirigió y produjo el documental Fermentación Espontánea. Además, asesora sobre vinos, organiza catas, prepara proyecciones sobre su documental, colabora con artículos y cápsulas de vídeo divulgativas en La Conca 5.1, y comparte lo que aprende, bebe y ve en su web de Vinos Compartidos.

Actualmente está trabajando en su segundo documental, Revolución Líquida, que trata sobre la figura del sumiller, y en la mini serie Tras la Copa, donde se hace el seguimiento de 3 participantes en el campeonato de España de sumilleres (es un Trabajo paralelo al documental).

También ha escrito el libro Raíces del vino natural, un año de viña (Sd. Edicions), inspirado en el viaje de todo un año por los viñedos que hizo en 2015. La obra trata sobre las experiencias vividas de la mano de 27 personajes relevantes del movimiento del vino natural en España. Un recorrido gráfico por los paisajes vitivinícolas del país, con el paso de las estaciones como decorado y, como contenido, la personalidad, historias, inquietudes y circunstancias de los vignerons.

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Este artículo tiene 1 comentarios

  1. Imma Reply

    ¡ Grande ! Felicidades Clara Isamat y mucho éxitos para tu nuevo documental. Seguro que cosechará como mínimo el mismo éxito que tu primer documental Fermentación Espontánea. #muyfan

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