La Cocina de Picasso

Por Emmanual Guigon

¿Una exposición sobre la cocina de Picasso? ¿Por qué no? La iniciativa no es en absoluto incongruente, pues la cocina es un sutil factor revelador de las artes de Picasso: pintura, grabado, escultura, cerámica, poesía, teatro. No hay que olvidar el papel de los restaurantes como lugar de encuentro de las vanguardias, desde Quatre Gats de Barcelona hasta el cabaré Au Lapin Agile de la colina de Montmartre, en cuyas mesas se sentaban los bohemios de la época y la pandilla de amigos de Picasso. Los platos, los utensilios y los lugares relacionados con la cocina tienen un fuerte poder de evocación o asociación. Para un creador, el propio acto de comer y digerir es una metáfora. A través de lo que se puede comer e incluso de lo incomestible se da la feliz posibilidad de engullir el mundo. Picasso posee esta afición por el mundo y lo concreto hasta hincarle de verdad el diente y cogerle el gusto: “Ya no puedo más de este milagro que es el no saber nada en este mundo y no haber aprendido nada sino a querer las cosas y a comérmelas vivas.” Sus invenciones permanentes y la euforia de su imaginario son el testimonio de un apetito insaciable. Picasso entra en escena en el ruedo de la cocina e inicia allí su gran ceremonial. Ya lo dijo Heráclito: “Los dioses están en la cocina.”

Portada del catálogo de la exposición La Cocina de Picasso

“¿Qué puede haber más familiar para un pintor, para pintores de Montmartre o de Montparnasse, que su pipa, su tabaco, la guitarra que cuelga sobre el diván o el sifón puesto encima de la mesita de café?” Así se expresa Picasso a propósito de la iconografía del cubismo, nacido en el bar y en la cocina. Así que no hay nada tan natural como el hecho de que las cosas más sencillas del día a día entren en su obra: una cuchara de verdad para el vaso de absenta, una botella de Anís del Mono o bien el letrero de un restaurante con todo lo que se puede degustar en él: vino, jamón del país o un buen pollo bien cebado. La alimentación y todos los objetos y espacios relacionados con ella son elementos de desacralización de la pintura y la escultura: dan valor a las acciones corrientes y arraigan el arte de Picasso en el “sabor de lo real”.

Los objetos, según Picasso, son los vehículos de su pensamiento. En un destello, capta su capacidad de evocación. Un cucharón, por su forma redondeada, puede “significar” la cabeza de un personaje. En otros casos son los coladores los que realizan dicha función. Gracias al potencial sugestivo del objeto de acuerdo con el contexto de su uso, Picasso juega con las combinaciones de la metamorfosis. En cuanto a sus naturalezas muertas, captura en el instante las cosas sencillas: el desayuno o el plato de queso, una chuleta de cordero o un pescado con su papel de periódico para envolverlo. De este modo reafirma la poética de lo cotidiano por medio de su faceta más corriente.

El 30 de mayo de 1943 Picasso pinta dos versiones de El bufé de Le Catalan. Este restaurante regentado por un catalán llamado Arnau se convirtió en la cantina de Picasso, a donde llevó a varios de sus amigos, entre ellos a Georges Hugnet (que se erigiría en su cronista), Paul y Nusch Éluard, Dora Maar, Pierre Reverdy, Óscar Domínguez, Michel Leiris y Zette, Léon-Paul Fargue, Jacques Prévert, Apel·les Fenosa y algunos más. En uno de los últimos textos escritos antes de ser arrestado por los alemanes, Robert Desnos recoge estas sorprendentes y esclarecedoras palabras de Picasso: “Llevaba meses almorzando en Le Catalan, y hacía meses que observaba su bufé sin pensar en nada más que en qué es un bufé. Un día decido hacer un cuadro. Lo hago. Al día siguiente, cuando llego, el bufé ha desaparecido, el lugar que ocupaba está vacío… Debí de cogerlo sin darme cuenta al pintarlo.” En cuanto Picasso codicia un objeto, se adueña de él y lo arrastra a su mundo: se alimenta de él, lo engulle y lo integra en el espacio del cuadro. Este objeto recreado, digerido y cocinado cobra una nueva existencia, esta vez por obra y gracia del pincel.

Replegado en Royan en el momento de la declaración de guerra en septiembre de 1939, Picasso se quedará allí cerca de un año. El pintor instala su estudio en el piso de arriba de la villa Les Voiliers, situada en el frente marítimo, desde donde pinta el Café de Royan (fechado el 15 de agosto de 1940). El 25 de agosto de 1940 Picasso llega a París, donde, mientras dure la ocupación, permanecerá refugiado en su estudio de Grands-Augustins. Picasso trata de adaptarse a los tiempos de guerra, hecho que se refleja en su pintura. Decoración, muebles, utensilios y comida —en suma, todos los ingredientes relativos a la cocina— se diseminan en sus bodegones: tarros y fruteros, pescados y crustáceos, morcillas y alcachofas, cuchillos y tenedores, mesas y sillas, mantel a cuadros azules y planta de tomates del estudio. Todo tiene un aire destartalado y caótico, donde uno come lo que se trae. Es también la encarnación de una abundancia fabulosa en tiempos de carestía, aunque esta ostentación del consumo se formula como un desafío a las penurias de la época. «¿Lo ves? También una cacerola puede gritar… Todo puede gritar», le dice a Pierre Daix.

“[Picasso] acababa de filetear un lenguado à la meunière con una precisión casi quirúrgica, y agarró la espina para rebañarla. Parecía que estaba tocando la harmónica; y le hicieron esta fotografía sin importarme lo más mínimo que tuviera la mirada perdida […]. Cuando hubo terminado, Picasso dejó la espina en el plato, se fue por el pasillo de la entrada de la casa y volvió con un fragmento de arcilla de alfarero tierna. Se había comido el lenguado, pero pensaba inmortalizar su espina.” David Douglas Duncan, Viva Picasso. Nova York, Viking Press, 1980, p. 142

Portada del petit journal, versión en inglés

“La cocina de Picasso”, exposición en el Museu Picasso de Barcelona, del 25 de mayo al 30 de septiembre de 2018, con el comisariado de Emmanuel Guigon, Androula Michel y Claustre Rafart. El proyecto incluía el espacio “¿Qué es cocinar?” concebido con Ferran Adrià.

Visita guiada de la exposición La Cocina de Picasso, con Ferran Adrià y Emmanuel Guigon. Museu Picasso, Barcelona 7 de junio de 2018 ©Oriol Clavera

Emmanuel Guigon
Emmanuel Guigon (Besançon, 1959) es un museólogo, doctor en historia del arte contemporáneo por la Universidad de La Sorbona (Francia), y especialista en vanguardias históricas, surrealismo, arte español moderno y contemporáneo y arte europeo de posguerra. Ha sido director delegado responsable de los museos de Besançon (Francia) y director y conservador del Museo de Arte Moderno y Contemporáneo de Estrasburgo (Francia), así como conservador jefe del Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM). Actualmente es director del Museo Picasso de Barcelona y miembro de varias asociaciones como el Comité científico del Musée Picasso (París) o la Reial Acadèmia de Sant Jordi. Tiene la distinción de Caballero de la Orden de las Palmas Académicas y Caballero de la Orden de las Artes y las Letras concedidas por el Ministerio de Cultura del gobierno francés. Además de ejercer como docente, ha publicado entre otros libros: “Historia del collage en España”, “El objeto surrealista”, “El surrealismo y la guerra civil española”, “Revoir Magritte” y monografías sobre, Picasso, Georges Grosz, Antonio Saura, entre otros.

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