La lengua del vino

Por Federico Oldenburg

Todas las iniciativas que emprende el sector del vino para promover la cultura de esta bebida y acercarla al consumidor final ignoran, vaya a saber por qué, una cuestión fundamental: el lenguaje con el que se pretende transmitir el cúmulo de sensaciones que el vino atesora.

Valga como evidencia la ausencia de un capítulo dedicado a comunicación –en el sentido literal del término, que remite a la transmisión de conocimiento, experiencias y sensaciones– en los programas de formación de sumilleres, enólogos y demás futuros actores que supuestamente tendrán un papel relevante en este escenario. Porque, al fin y al cabo, ¿qué sentido tiene que los profesionales que están en la primera línea de batalla en la promoción del vino acumulen información sobre técnicas de vinificación, regiones productoras, variedades de uva y demás pormenores de este asunto, si no tienen las armas para comunicarlo de una manera efectiva?

DESCRIPTORES INDESCRIPTIBLES

En cualquier caso, lo peor del ninguneo que sufre la lengua del vino en casi todos los foros de formación profesional es que contribuye a postergar una de las revoluciones pendientes en el ámbito vinícola: la formulación de un nuevo código de comunicación, que resulte más próximo al consumidor, y, en consecuencia, más efectivo.

Alcanza con ojear unas cuantas páginas de cualquier guía vinícola de referencia –por no dar nombres– para comprobar que el lenguaje que en estas se emplea para describir los vinos resulta lejano, críptico, excesivamente técnico y muchas veces francamente obtuso.

Ya se sabe que en estas publicaciones, los catadores recurren a la enumeración de los llamados descriptores, términos que en principio deberían ayudar a definir las características organolépticas de cada vino pero que, a la postre, por su uso convencional, manido y machacón, acaban por transformarse en palabras vacuas.     

Tal es así que, sin tener la puntuación como referencia, leyendo la nota de cata resultaría muy difícil distinguir un vino bueno de uno mediocre. Los descriptores son, a menudo, los mismos, puestos en el papel sin el menor atisbo de emoción.

Para el lector profano, lo mismo da si un vino tiene notas de cassis, especias y minerales o si atesora matices de fruta roja madura, monte bajo y violetas. Estas palabras ya no reflejan sensaciones: son tan manidas que han perdido su significado.

DE LAS GUÍAS A LAS CONTRAETIQUETAS

Los catadores que intentan desmarcarse de la terminología más ramplona en sus notas de cata, muchas veces terminan perdidos en un terreno aún más fangoso, empleando palabros que suenan a chino al aficionado de a pie: “hidrocarburos”, “polifenoles”, “tanicidad”, “volátil”…

Para colmo, el léxico convencional de la cata no sólo pervive en las guías de mayor tirón: también ha saltado al entrecejo de los responsables de marketing de las bodegas, que insisten en incluir notas de cata en las contraetiquetas. Afortunadamente, este despropósito sólo se da en el mundo del vino. ¿Qué diríamos si cada frasco de yogur, lata de tomate frito o paquete de galletas nos explicara en la etiqueta lo que tenemos que sentir al llevarnos el producto a la boca o a la nariz?

LENGUAJE EMOCIONAL

El vino es demasiado rico, diverso y poliédrico como para sufrir el lenguaje constreñido que balbucean los señores catadores en sus sesiones interminables o someterse a los dictados del marketing de supermercado.

Por eso, aprovecho el megáfono virtual que me cede el blog de Vila Viniteca para invocar una nueva lengua para el vino, que anteponga las emociones a las sensaciones y permita contar, más que los aspectos técnicos, las historias fascinantes que se esconden en el interior de cada botella.

A ver si hay suerte, porque un buen vino se disfruta mejor si está bien contado.

Federico Oldenburg
Periodista sueco-argentino, radicado en España en 1989. Desde entonces ha trabajado como periodista y editor, especializándose en temas de gastronomía, vinos, destilados y estilo de vida. Ha publicado en medios como Vogue, Sibaritas, Vinum, Diario 16, Envero, Cocina Futuro, Mía, Marie Claire, Dunia, Foreign Affaires Magazine, El Economista, Spain Gourmetour, Fuera de Serie, Gentleman, Selectus Wines y Metrópoli, entre otros. En su bibliografía reciente, destacan los libros 101 experiencias gastronómicas que no te puedes perder (Planeta, 2010) escrito en colaboración con Julia Pérez y José Carlos Capel y Saber de vino en tres horas (Planeta, 2011), traducida al italiano como Il profumo del vino (De Agostini, 2012). Actualmente prepara la primera edición de la Guía de Vinos de España para la revista Condé Nast Traveler. Ha sido reconocido con el Premio Nacional de Gastronomía de España a la mejor labor periodística del año 2007.

 

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