La llamada

Por Fernando Mora MW

No es mi propósito de hoy contar mi historia, ni cómo llegué al mundo del vino, ni tampoco las vueltas que dio mi vida para ello. Seguramente, eso me daría para otro artículo.

Hoy me quiero centrar en el periodo “Master of Wine”. Cómo esas dos siglas “MW” llegaron a captar mi curiosidad, mi atención, mi tiempo y casi mi mente, del mismo modo que esas lámparas de neón hacen con los mosquitos que siguen su luz como hipnotizados sin poder evitar ser atrapados por ella. Es difícil de explicar, y quizá más aún de comprender, pero eso es lo que me pasó a mí.

La primera vez que escuché algo sobre el Instituto de Masters of Wine (IMW) fue allá por el año 2008, cuando sólo me dedicaba semi-profesionalmente al sector del vino. Aún no había dejado mi antigua profesión, pero ya había elaborado mi primer vino en casa y empezaba a sacar adelante otra primera marca junto con dos amigos. Leí un artículo escrito por uno de los miembros del IMW, así como de refilón, sin llegar a captarme o interesarme demasiado.

Algo más tarde, durante una visita a una feria a la que acudí para intentar buscar distribución para esa marca de vino que ya había podido sacar adelante, recuerdo como un compañero de Aragón me dijo: “mira, ese es Pedro Ballesteros, el único MW español, y le acompañan los futuros MWs”. La verdad es que me impactó tanta devoción, cómo los “pupilos” seguían al “maestro”, y cómo los bodegueros allí presentes casi hacían fila para que ellos cataran sus vinos, simplemente como un honor, o en algunos casos para buscar su aprobación, consejo o atención.

En esos primeros tiempos, enseguida me di cuenta de que, como todo en la vida, si quería ser alguien en esto, y verdaderamente aprender, tenía que empezar a estudiar y sobre todo a catar. Así que comencé mis estudios del Diploma WSET en Londres. Éstos me enseñaron a ir profundizando mucho más en este mundo, relacionar conceptos, comencé a viajar, a vender en consecuencia también mis vinos, y sobre todo a conocer a mucha gente interesante, y con la misma pasión por el vino que yo. Ellos son los verdaderos responsables de que volviera a oír hablar del IMW, mientras fantaseaban con acabar el Diploma y ser admitido. Por descontado decir que a mí ya me picaba intensamente la curiosidad, y también empezaba igual que ellos a fantasear con esa idea. Pero entonces era algo platónico, como ese amor adolescente que sientes por la hermana mayor de tu mejor amigo, que sueñas con tener, pero sabes que existe solo una minúscula posibilidad… (pero existe).

De las casualidades maravillosas que tiene la vida, fue que a una semana de mi examen final del Diploma WSET, el IMW eligiera La Rioja para dar ese año su Masterclass y buscar potenciales estudiantes españoles.

© Gabi Orte

No podía dejar escapar esa posibilidad, pero más que la de entrar en el Instituto, la de pasar tres días con seis MWs, catando vinos internacionales y mejorando mi nivel de cata para aprobar mi examen WSET.

El evento tuvo lugar en Bodegas Muga, un clásico donde los haya. Quedé impresionado por todo. El marco, la seriedad y sobre todo por los “grandes” del vino español que había concentrados en esa sala y de los que había leído por internet o había oído hablar en innumerables ocasiones. Ahí me di cuenta de la importancia del acto. Ahí verdaderamente sentí “la llamada”.

Estos tres días fueron mágicos. Catas de vinos, comidas con gente súper interesante, noches infinitas hablando con MWs, y sobre todo un fin de semana para quitarme complejos. Al final, yo, un chaval de Aragón, que sabía más de tornillos que de antocianos, con un nivel de inglés en proceso de construcción, y con un conocimiento que entonces consideraba bajo, descubrí que estaba en ese entorno relativamente cómodo, y descubrí que esos MWs que hablaban, respiraban conocimiento y pasión a partes iguales. Estos tres intensos días finalizaban con un examen de acceso que, por supuesto, y ya que estábamos ahí, íbamos a intentar superar.

Volví a casa con esa “llamada” creciendo en mi interior con fuerza, mucha fuerza. Con esa fuerza fui a hacer mi examen final del Diploma WSET (el cual superé con éxito) y al día siguiente comencé mis merecidas vacaciones. Playa, sol, relax, amor, amigos, pero me faltaba algo… Algo para estar disfrutando de esos días al 100% y ese algo por fin llegó en forma de mail del Instituto, el cual decía  “ha sido aceptado en el IMW”. Ahí la llamada se convirtió en un “vale, esto ya no es platónico”, en un “sí, estoy dentro” y en un “ya no hay vuelta atrás” y ya no la hubo. No podía permitir que la falta de patrocinadores (que me cansé de buscar), ni el esfuerzo económico importante que implican estos estudios, ni tampoco el tiempo que debía sacar de debajo de las piedras, ni las dudas (que no ánimos) de familiares y amigos, me impidieran cumplir mi sueño.

Recuerdo el primer seminario del primer año en Rust, Austria. Cuarenta personas desorientadas, con sus problemas, miedos e inseguridades. Fue una de las semanas más duras de mi vida (académicamente hablando) en la que pensé que quizá esto no era para mí, y entendí que en realidad no sabía casi nada. Pero aprendí muchísimo y también conocí gente maravillosa de más de veinte países. Y todos éramos compañeros, no contrincantes.

Este compañerismo y camaradería pasaron a formar parte de las claves del IMW. Tras esa “llamada”, eso es lo que consiguió engancharme aún más.

Aquí comienzan tres años de vértigo. Recuerdo con cariño, en los primeros tiempos, anécdotas de mis viajes a Londres, como alguna noche durmiendo en el suelo, comprando comida en Sainsburys Basic o buscando excusas para no ir a cenar con los compañeros. Tras aprobar el primer año y consolidarme a la vez como elaborador de grandes Garnachas en mi región, crecieron de nuevo las fuerzas necesarias para continuar. Seguí poniéndome en contacto y entrevistándome con todas las personas que pude del sector, comprando y catando vinos sin parar, y viajando y creando anécdotas junto a mi compañero de “mili” (Jonas Tofterup) que nunca olvidaré. No hubiera sido lo mismo sin esos ratos y sin esos lazos que se crean.

Así el segundo año terminó con otro tipo de “llamada” aún más importante o deseada si cabe. Una que todo estudiante de MW espera con enormes nervios y ansias tras sus exámenes. La de la directora del IMW: “Hello, this is Penny Richards from the IMW. You have passed all the exams”. No me lo podía creer, se estaban cumpliendo mis sueños. Por una parte, sacando estos estudios en tiempo récord y, por otra, haciendo crecer mi bodega consiguiendo poco a poco elaborar algunas de las mejores Garnachas del mundo en mi tierra.

Así que el tercer año lo invertí desarrollando mi tesis sobre sistemas de clasificación de vinos con el que conseguí ganar el premio al mejor “Research Paper” del IMW de mi promoción. Gracias a éste, conocí a gente interesante que jamás hubiese soñado tener frente a mí, y de la que aprendí infinito.

Foto cedida por el Instituto Masters of Wine

El día 4 de septiembre de 2017 volví a recibir la dulce llamada de Penny Richards para comunicarme que ya era Master of Wine.

Imaginad lo emocional que esto ha sido para mí. De ingeniero industrial a elaborador de Garnachas en Aragón y Master of Wine. Para mí fue mucho más que conseguir un título. Fue la manera de confirmarme a mí mismo que había conseguido cambiar de sector, que a veces los sueños se hacen realidad, y que el sacrificio es la clave del éxito.

El otro día en las redes, leí un comentario de un conocido amigo que decía. “si fuese Master of Wine, lo último que haría es poner MW después de mi nombre”. En primer lugar imaginad la cantidad de debate que éste suscitó. Pero para mí lo importante de esta declaración fue que me hizo pensar si realmente yo, Fernando Mora, quería usar esas siglas “MW” detrás de mi nombre. Y tras recordar y releer mis propias vivencias escribiendo este artículo, sobra decir que sí, estoy orgulloso de ser “Fernando Mora MW”.

En Inglaterra, al igual que en otros países, si se posee un título especial, utilizar unas siglas a continuación o previo a tu nombre es algo común, es una manera de identificarse con una situación profesional. Quizá en España suena raro, pero a medida que haya más MWs estoy seguro de que se volverá algo relativamente común. Es totalmente voluntario, pero desde el IMW son los primeros que animan a los miembros a utilizarlo.

© Gabi Orte

Ser MW implica que has firmado un código de conducta. De modo que la gente que colabora contigo espera un nivel ético y profesional de primer nivel, pero como todo, un título no garantiza el éxito, este dependerá de lo bueno que sea cada uno. Es cierto que poseer el MW te abre oportunidades, es decir la gente está dispuesta a escucharte, pero es la valía de la persona la que las convertirá en éxitos o no.

Por último me gustaría aclarar algunos de los mitos que hay alrededor del título MW:

  • Ser MW no significa que lo sepas todo. Un MW es una persona que ha aprobado una serie de exámenes muy complejos durante un periodo de tiempo que puede durar de 3 a 10 años (una media de 5-6) y que ha invertido mucho tiempo y esfuerzo personal y económico.
  • Los MWs ostentan el título más respetado en el mundo del vino. Han demostrado su comprensión de todos los aspectos del vino al aprobar el examen, reconocido en todo el mundo por su rigor.
  • Actualmente, hay 370 miembros que trabajan en 28 países. Estos son enólogos, compradores, vendedores, periodistas, propietarios de negocios, consultores, académicos y educadores del vino. Algunos de ellos muy famosos como Jancis Robinson, Tim Atkin, Gerard Basset, Olivier Humbrecht…
  • Un MW se ubica en el país en el que reside. Así, actualmente en España los MWs que residimos somos Norrel Robertson, Andreas Kubach y un servidor. Además de Pedro Ballesteros, a caballo entre Bélgica y España.

Hay más de 350 estudiantes de 40 países. Los MWs siempre invierten parte de su tiempo en ayudar a los estudiantes.

En España los MWs han sido poco conocidos, pues ha sido una comunidad muy pequeña, pero esperamos que cambie en los próximos años. Este junio se celebra en La Rioja el 9º Simposio internacional del Instituto. Es una fantástica oportunidad para nuestro país, donde MWs de todo el mundo van a conocer mucho más de cerca el vino español y el nuevo movimiento que se está gestando.

Estoy orgulloso de que mi proyecto Bodegas Frontonio forme parte de este movimiento. Hemos encontrado y recuperado exclusivos viñedos casi extintos en la zona, con los que estamos elaborando vinos que jamás soñábamos cuando comenzamos por el 2008. Aunque sé que sólo estamos a un tercio del camino que queremos recorrer.

España está inmersa en posiblemente una de las revoluciones vitícolas más importantes de su historia y tenemos que hacerlo saber.

Fernando Mora MW
Fernando Mora MW es un ingeniero y MBA que trabajaba en la industria del automóvil y eólica cuando se enamoró del vino e hizo todo lo que estuvo a su alcance para convertir su afición en su profesión. En su búsqueda por convertirse en winemaker plantó una pequeña viña en el jardín de sus abuelos en Alagón (Zaragoza), compró un kit para hacer su propio vino en casa y fermentó a temperatura controlada con hielo que colocó en su bañera. Su primera cosecha fue en 2008 cuando hizo vino con amigos en Valdejalón. Después de dejar su trabajo en 2013, creó Bodegas Frontonio y en 2015 lanzó un nuevo proyecto en Campo de Borja llamado Cuevas de Arom. Fernando aprobó todos sus exámenes de MW en primera convocatoria y ganó el premio Noval a mejor “Research Paper” de su promoción. Su vida gira entorno a la garnacha.

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