¡¡Larga vida al distribuidor!!

Por Ramón Coalla

Poner el vino al alcance de todo el mundo es tarea de unos muchos. Necesario lo es desde luego. Las cifras, al menos en España, están por los suelos y hay que levantarlas sí o sí. Es nuestra obligación, nuestra cultura, nuestra profesión, nuestro patrimonio y nuestra memoria. Dentro del circuito hay dos estadios fundamentales: productores y consumidores, las subdivisiones son múltiples y tan largas como uno quiera. Es lógico que la viña sea tan importante como la bodega, pero también hay que pensar que el viñedo sin el agricultor se muere. Sigan ustedes sumando eslabones a toda esta cadena. Todos y cada uno de ellos son igual de imprescindibles. Yo voy a pararme en el que me toca de cerca, la intermediación.

En la década de los 80, cuando se instaló uno de los primeros hipermercados en nuestra cercanía, para todos los comerciantes de la región fue una catástrofe, más psicológica que económica. Como se ha ultra demostrado, esa evolución natural es determinante para sentar las bases de la continuidad de un necesario y próspero comercio. Por y para siempre, en la historia moderna, gracias al Dios que uno quiera, la evolución es patente: de las tiendas de coloniales o ultramarinos, se ha pasado a los autoservicios hasta llegar a las tiendas online, apps de turno o RRSS que se utilizan como trampolín para la venta de hoy en día. Súmenle a eso, todo lo que queda por venir.

¿Qué partido juegan los distribuidores? Antes de profundizar, mi definición de distribuidor es la de esa empresa física o jurídica que, con más o menos medios disponibles, selecciona lo que más le gusta, se encarga de descubrir y conocer las bodegas y sus vinos, difundir esos conocimientos y acercarlos a los consumidores, ya sea de forma directa o a través de sus clientes, tiendas y restaurantes. Ese papel de distribución es importantísimo. ¡¡Larga vida al distribuidor!! No esperen que les diga lo contrario. Un buen distribuidor, y he dicho bueno, ha de conocer profundamente todos los entresijos del vino, pero antes de que lleguen esos conocimientos, lo realmente imprescindible es amarlo para saber transmitir en consecuencia. Soy de los que piensan que los distribuidores que no funcionan son aquellos a los que no les gusta el vino. Grande o chico, un distribuidor ha de conocer el viñedo y al agricultor, al bodeguero y al enólogo, al transportista y al de los embalajes y, por supuesto, a sus clientes y a los clientes de sus clientes. Fuera de esto, dedícate a otra cosa mariposa.

A lo largo de mis años de profesión he conocido y he visto de todo, pero citaré algunas de las cosas que más me han llamado la atención. Arranco: de siempre he admirado a todos aquellos colegas que han crecido y han desarrollado una distribución moderna y eficaz, con una filosofía de trabajo muy clara y coherente, de esas que no te queda más remedio que seguir a pies juntillas o de decir, de mayor quiero ser como tú. No hace falta que les ponga ejemplos, si están leyendo este texto sabrán ustedes mismos citar uno de ellos sin falta que yo les ayude, está bien cerca. Lo malo del asunto es que algunos colegas gastan más recursos en protestar y en chivarse a los patronos de la bodega que fulano o mengano ha entrado a vender vino en mi territorio, que a resolver por ellos mismos su propio problema o hacer bien su trabajo. Como dice un compañero de fatigas, fino estilista en estas cosas del trueque, si tenemos un tipo de Cádiz tocándonos las narices en Asturias vendiendo los mismos vinos a nuestros clientes, es que el problema somos nosotros mismos. No es normal que con una desventaja de 1.000 km alguien nos sonroje de esa manera. Problema de no ver la viga en el ojo propio. Hay bodegas que en lugar de ayudar y corregir al que hace mal su trabajo, reprende al que se lo curra. ¿Ustedes lo entienden? Yo no.

Continúo y no paro. Ahora vamos con un poco de autocrítica que nos viene más que bien para bajarnos de la burra. Es muy trendy, molón o chachi piruli, llámenlo como quieran, salir a la calle a vender y presumir más que un pavo real con el último vino que ha salido al mercado y que por precio o cantidad es alcanzable por muy pocos. Me encantan los vinos que llegan o están muy cerquita de los 10, 20, 100 o Mil puntos en el magazín de moda. Puede parecer que nos encanta poner cupos y que los clientes nos supliquen. ¡¡Venga ya!! Me fascina Las Beatas, la vez que lo probé con Telmo en su bodega, casi me echo a llorar de emoción en sus brazos, pero sinceramente, me quedo con su Remelluri que fue, es y será por siempre jamás un vino de referencia en mi bodega. De esos que hacen afición, de los que necesitamos para enganchar a los jóvenes y con el que los no tan jóvenes adoran y presumen en las cenas íntimas o de negocios.

Más madera que es la guerra. Cuando salimos a vender, no se puede consentir que tengamos el valor de entrar al trapo en las críticas hacia los vinos procedentes de las mega bodegas industriales que venden, solo en la ruta de vinos de nuestro pueblo, treinta millones de botellas. Mal asunto, si queremos que nuestros vinos se batan el cobre con la industria cervecera, por ejemplo, hemos de ser una absoluta piña. Ojalá esa mega bodega algún día llegue a doblar su millonaria tirada, eso querrá decir que hay muchísimos más adeptos dispuestos a escucharnos y a probar uno de los vinos con los que trajinamos día a día.

Sigamos en la misma línea de machacona autocrítica. Por Baco esta vez, no permitamos que nuestra labor se empañe hablando a nuestros clientes de acidez volátil, acetaldehídos o altos índices terpénicos ¡¡Ahí es ná!! Dejemos esas estupideces para nuestras catas profesionales o para hablar con los enólogos que, por cierto, muchos de nosotros nos ponemos a ejercer de ello y no tenemos ni pajolera de que va el asunto. Coño. ¿No es mucho más bonito y eficaz tener una historia que contar? No recuerdo, en más de treinta años de profesión, haber enganchado a nadie a base de hablarle de los dulces taninos que se te pegan al paladar. Vamos hombre, no me jodas, discúlpenme, a veces pierdo la educación cuando hablo de según qué cosa.

Lo último de lo último, el famoso Km 0. Me encanta, sigamos esta doctrina, no lo duden más, pero que cada uno interprete el Km 0 como le dé la gana. A mi déjenme, ahora mismo, seguir disfrutando con el Km 0 de Mark Angelí, ese Monopole llamado Les Fouchardes, que me estoy bebiendo mientras les aburro con mi distrófica prosa. Pienso que podemos meter en el mismo saco del Km 0, para conseguir un batiburrillo de leyenda, la no menos famosa decisión de distribuir vinos de la zona más afamada del momento y que no puedes dejar de vender para no quedar fuera de juego o escuchar que estás acabado por los enterados de turno. Bueno, eso es lo que pensamos la mayoría de los distribuidores, que para seguir siendo molones incorporamos en nuestra colección vinacos que no hay por dónde cogerlos. El famoso y mediocre: ¡¡Todo vale!!, Viva el Jura, Viva Jerez, los vinos naturales y la madre que lo parió. Un poco de seriedad, oiga, que debemos de ganarnos el respeto, que está la cosa muy mala y hay que hilar fino filipino.

Iré concluyendo que me estoy aburriendo a mí mismo. Los distribuidores debemos de jugar un papel muy importante para el desarrollo del consumo coherente del vino. Meto en este mismo saco a nuestros probos compañeros de viaje, léase restaurantes, tiendas, sumilleres y tenderos. Quiero pensar, y estoy convencido de ello, que somos los principales responsables de la difusión del vino en nuestra sociedad. De nosotros depende el noble trabajo del agricultor, sobre todo de aquel que cuida con mimo sus viñas. El director técnico que ha aprendido su oficio en una de las mejores universidades del mundo o de la sabiduría de su predecesor que la ha enseñado que la madera nueva no tiene por qué ser el mejor habitáculo. El trabajo de periodistas y prescriptores que nos ayudan a descubrir nuevos valores. Las bodegas que ayuden arrimando el hombro y no convirtiéndose indirectamente en desleal competencia, que suele ocurrir muy a menudo. Pero, sobre todo, por encima de todo, debemos de ayudar a los consumidores a comprender que somos capaces de venderles intenso placer, placer que difícilmente encontrarán en otra parte.

Permítanme dedicar este artículo a la memoria de mi buen amigo Pepe Iglesias. Extraordinario gastrónomo de sabio criterio, tosco, pero ejemplar; con el que numerosos profesionales asturianos hemos aprendido a amar y respetar el bello arte del vino y la gastronomía.

¡¡Va por ti, Pepe!!

Ramón Coalla
Segunda generación y responsable de un negocio que comenzó en 1955 como una tienda de ultramarinos que vendía productos de calidad. Hoy tiene diferentes establecimientos, dos en el centro de Gijón, otro en Oviedo, en una de las zonas más carismáticas de la capital asturiana y un cuarto establecimiento situado en la Calle Serrano de Madrid. En las tiendas se pueden degustar sus productos, aunque esto no es una novedad, hace 30 años ya se hacía en los bares-tiendas de los pueblos o pequeñas ciudades. Lo importante sigue siendo el producto, cuidarlo y ofrecer siempre el mejor y en su mejor momento. Coalla está formado por un equipo de unas 50 personas entre dependientes, sumilleres, comerciales, expertos de marketing y tecnología online, administrativos y logística. El vino es el centro del negocio y distribuye importantes bodegas nacionales. Importa vinos y productos de alimentación de varios países. También es responsable de la exportación de vinos españoles, contando con clientes en 35 países. La empresa y sus tiendas fueron destacadas varios años, y por diferentes medios especializados, entre algunas de las mejores de España.

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