Las bodegas cooperativas o la invisibilidad de lo esencial

Por Marc Lecha

El 70% del vino que se elabora en España lo producen las bodegas cooperativas. [1]

El dato es demoledor por su simplicidad y contundencia. Sin matices. Repitámoslo, porque hay que hacerlo: el 70% del vino que se elabora en España lo producen las bodegas cooperativas.

De hecho, me atrevería a afirmar que un dato así, extrapolado a cualquier otro aspecto de nuestra cotidianidad tendría consecuencias implacables e incuestionables. Imaginemos por ejemplo que un 70% de la población votara por un mismo partido político, que un 70% tuviera una idea exacta sobre un aspecto social o ideológico, o que este mismo porcentaje lo copara una actividad económica sobre todas las demás. Sería una cuestión monopolista. Este dato, por sí mismo, debería suponer una reflexión y un replanteamiento, desde la base porque las cooperativas están en la base, de prácticamente toda la estructura productiva, comercial y discursiva del sector del vino en nuestro país.

Y por el contrario… ¿cuántos nombres de cooperativas podríamos poner encima la mesa sin pensarlo demasiado (o pensando lo que sea necesario pero sin consultas externas) todos los que podéis estar leyendo este artículo y que formáis parte de una forma o de otra de lo que se conoce como sector del vino? Efectivamente la subrepresentación del universo cooperativo en prácticamente todas las esferas sectoriales, excepto las más estrechamente vinculadas al campo y al viñedo, resulta escandalosamente manifiesta.

El objeto de este artículo no es ni mantener una defensa enconada de la tarea de las bodegas cooperativas, que como todo, las hay que lo hacen bien y otras que no tanto, ni hacer un repaso exhaustivo a la historia de estas estructuras productivas, porque necesitaría de unas dimensiones que no corresponden y de una ambición que está fuera de mi alcance. El modesto objetivo es hacer unas consideraciones, exponiendo datos, continuar con un pequeño repaso histórico para contextualizar y para entender cómo hemos llegado hasta aquí y apuntar algunas líneas que intenten aportar una visión distinta y enriquecedora sectorialmente a una de las estructuras agrarias fundamentales, invisibles pero a la vez imprescindibles para entender la actualidad y el último siglo de la historia del vino en nuestro país.

Tinas de hormigón de 18.000 litros de la Cooperativa Vinícola de Valdepeñas

Importancia versus subrepresentación:

En España hay unas 540 cooperativas vinícolas, según datos del INE, que en 2018 facturaron aproximadamente unos 1.800 millones de euros. Las componen más de 108.000 socios y suman unos 3.800 trabajadores [2]. El dato del personal empleado es interesante, pues nos dimensiona la cuestión: 7 trabajadores de media por cooperativa. Y estos 7 trabajadores gestionan millones de kilos de uva. Es un dato que nos habla de eficiencia. Hay que exponer abiertamente los elementos positivos y los valores que las cooperativas aportan. Empezando por el territorial y todo lo que de él se deriva. La implantación territorial supone una generación económica: liquidan anualmente, por lo tanto estructuran sociedad fijando población. Son profundamente democráticas en su esencia (cada socio un voto: así se pensaron) e incluso lo son en la discutible decisión de igualar la uva que entran, juntándolo todo. En el fondo es una práctica a la que se llega des del sentido fundacional, con estándares de baja calidad y el paso de la historia, y que algunas cooperativas actualmente ya entienden que tienen que superar jerarquizando y clasificando. Pero de hecho esta igualdad pone de manifiesto una conexión bastante franca y directa con lo que es la representación vinícola de un territorio.

Esta fijación poblacional en el territorio supone, indirectamente, la ingente tarea de mantenimiento del paisaje: sin ningún tipo de duda hoy en día no tendríamos tantas viñas viejas y singulares, únicas en el mundo, si no hubiera sido en gran parte por la tarea abnegada y silenciosa de las cooperativas. Es este patrimonio paisajístico que el mundo estelar pretende estratificar partiendo de la cúspide y dejando al margen la vastísima base, menos seductora y espectacular, pero esencial.

Está bien nombrar los valores y las importancias de las cooperativas. Porque sus defectos son conocidos y a menudo interesadamente ampliados. Fundamentalmente están subrepresentadas porque son anónimas y por tanto no son atractivas ni luminosas ni pueden converger todo lo que hacen en un personaje representativo. Son invisibles y no generan discurso, por tanto no seducen ni al comercio ni al cliente global, que busca stars creativas individuales. Es así como no saben moverse en el complejo terreno comercial, todavía menos en el del prestigio, y esto las suele condenar a dependencias de terceros, con suerte estableciendo tratos justos, pero no siempre es así y la historia nos muestra ejemplos de abusos continuos. Los precios irrisoriamente bajos son la demostración. Acostumbran a ser grandes y por tanto estáticas, y el panorama no es muy motivador en la medida que el grueso de sus socios tienen edades muy avanzadas, sin continuación ni relevo generacional. Esta es una constante en toda la geografía nacional.

En cuanto a la calidad… las bodegas cooperativas soportan la gran losa de la estigmatización: como el vino es barato, seguro que no vale gran cosa, siempre ha sido así, ¿no? Pero entonces… ¿cómo explicamos la cantidad ingente de “por-para” que algunas cooperativas embotellan? ¿Cómo explicamos que desde distintos agentes se busque el volumen productivo de las cooperativas para crear marcas y más marcas que proporcionen vinos de base aunque dignos con unos márgenes de beneficio importantes por aquellos quienes los comercializan?

Lo que nos dice la historia:

Quizás la pregunta que hay que hacernos en este punto es, ¿por qué existen las cooperativas?

Y es aquí donde hay que parar y hacer un apunte sobre la historia de estas estructuras, para intentar entender cómo nacen y por qué razones se han desarrollado y han ido cambiando hasta la actualidad.

Puede no ser ortodoxo pero me resulta clarificador dividir la historia de las cooperativas vinícolas en tres momentos: un primer momento iría desde la última década del siglo XIX hasta la Guerra Civil (1936-1939), un segundo momento que alcanzaría el periodo de posguerra y sobre todo los años del desarrollismo (1960-1970) y un tercer momento que iría desde el inicio de los años setenta pasando por la transición hasta la consolidación de la democracia.

En el primer momento, justo en el cambio de siglo del XIX al XX, y a consecuencia de la sobreoferta existente tras la filoxera, los mercados que habían ido consumiendo los excedentes nacionales estaban saturados. Las estructuras comerciales eran muy fluctuantes. Y junto a unos modos productivos altamente atomizados en pequeños viticultores, todos estos factores desembocaron en una crisis de excedentes y precios decrecientes sin precedentes. Como respuesta a esta situación nacieron las primeras cooperativas, en la transición entre ambos siglos, y se desarrollarían fuertemente durante las tres décadas posteriores.

Esencialmente en Cataluña, pero también en el Levante, en Aragón y en Navarra, las primeras cooperativas ejercieron de dique de contención de las oleadas que desestabilizaban los mercados y conducían los agricultores a precariedades insoportables. La concentración de la producción, las inversiones realizadas en los edificios y maquinarias o las iniciativas comerciales para acceder directamente a los mercados internacionales sin intermediaciones abusivas, significaron una mejora en los precios de las liquidaciones de la uva y los ingresos de los socios en un momento clave como fue el del paso del autoconsumo a la industrialización del vino. El testigo de la arquitectura monumental de aquellas primeras cooperativas, algunas auténticas catedrales del vino, resulta significativo y ejemplificador de lo que supuso el impulso organizativo a la vez que funcional de la época.

La monumental bodega de la Vinícola de Nulles, obra de Cèsar Martinell

No obstante, a medida que avanzaba la década de los años veinte, un lento declive fue impregnando el mundo cooperativista. Por varias razones, pero fundamentalmente porque el problema de la venta no estaba resuelto. Este es un factor recurrente: las cooperativas tradicionalmente se han centrado en la liquidación de la uva a los socios, la venta no ha sido un aspecto que hayan sabido abordar con solvencia. Y sin una fuerza de venta, tarde o temprano todo tambalea. El impulso inicial se fue diluyendo y se sumaron problemas de financiación y endeudamiento cada vez mayores [3].

Tras el trauma de la Guerra Civil y los primeros años de posguerra, autárquicos y de subsistencia, encontramos un segundo momento importante de fundación de cooperativas, en este caso repartido por casi toda la geografía nacional, quizás con las excepciones de Andalucía, La Rioja y el País Vasco. 1959 fue el año clave tras la puesta en marcha del Plan Nacional de Estabilización Económica, que dio el pistoletazo de salida a un periodo de crecimiento económico sin precedentes en nuestro país. El desarrollo necesitaba organización. La apuesta esencial fue la industrialización de los grandes polos urbanos del país, aunque el campo no quedó al margen. El éxodo rural fue grande y traumático pero una de las respuestas políticas y administrativas al reto territorial del momento fue implantar un proceso de planificación estatal que incentivó la constitución de nuevas cooperativas agrarias así como la ampliación de las existentes. Había un plan para industrializar la viña, para controlar la producción en un sector con habituales problemas de sobreoferta y caída de precios y también para ejercer un control social del territorio rural [4].

Los edificios cooperativos de la época no son tan espectaculares ni colosales como los del primer momento, más bien tienden a una sobriedad arquitectónica donde sobre todo predomina la funcionalidad y la higiene. En este sentido el objetivo seguía siendo el mismo: modernizar y asear. Fueron los años en que una nueva generación de gente formada con perfiles técnicos, especialmente ingenieros agrónomos y enólogos, empezaban a ocupar lugares de gestión en las estructuras.

Tinas de hormigón en la Sociedad Cooperativa Viñas del Bierzo

El proceso de concentración y de crecimiento en dimensiones de las cooperativas acabó desembocando en una separación clara entre productores y comerciantes. Las cooperativas finalmente resultaron las entidades productoras de mayor dimensión de sus zonas, que comercializaban por varios canales el vino elaborado, prácticamente la totalidad en forma de granel. En las tres zonas históricas de industria vinícola con fuerte presencia de empresas elaboradoras y comercializadoras de tipo mercantil: La Rioja, Penedès-Cava y Jerez, con sus áreas de influencia, las cooperativas tradicionalmente suministraban, y todavía lo hacen, el vino base a la industria.

El boom de creación de nuevas cooperativas seguiría hasta los años ochenta, y aquí enlazamos con el tercer momento, que se inicia prácticamente con la transición y la llegada de la democracia. Es un momento donde ocurren muchas cosas. Hay que considerar que en tres décadas España ha doblado la producción total de vino.

Por un lado sigue la tendencia de creación de nuevas cooperativas. En algunos casos se producen situaciones vinculadas a los cambios políticos. Por ejemplo en Andalucía se organiza un importante movimiento sindicalista en el campo a inicios de los años setenta que culmina con la creación de cooperativas como reacción de los agricultores a las condiciones de compra de las bodegas mercantiles, a menudo inciertas y precarias. No habría sido posible sin connivencias estrechas con algunos de los protagonistas de los cambios políticos que se estaban produciendo.

En Galicia, la fundación de cooperativas queda muy vinculada al nacimiento de las nuevas denominaciones de origen, necesitadas de estructurar la elaboración de vino en un mundo de tradición minifundista. El caso gallego es interesante porque las grandes cooperativas que operan desde los años ochenta embotellan prácticamente la totalidad de sus vinos con marcas propias.

La profesionalización del personal técnico pasa a serlo también de gestión, con la creación de figuras de gerencia. En general, se adquiere una mejor visión de toda la cadena sectorial. El periodo ve nacer muchas denominaciones de origen. Por lo tanto hay una nueva fase de organización. España se moderniza definitivamente y se incorpora a la CEE, con los retos que los mercados europeo primero e internacional con la globalización después acaban significando. Pero el hecho que empieza a frenar toda esta situación de expansión de la que se provenía es el constante e inapelable descenso del consumo de vino per cápita. Este declive es especialmente sangriento en lo que se refiere al vino a granel. El cambio sociológico del paso del vino de alimento cotidiano a producto cada vez más vinculado a la gastronomía, por lo tanto a cierto estatus social, resulta un hecho de consecuencias económicas devastadoras para las grandes casas productoras, que a pesar de todo siguen teniendo la venta mal resuelta.

Una reacción fue la creación de las cooperativas de segundo grado, al modo europeo, grandes consorcios de cooperativas encargados de comprar y comercializar el vino producido en las cooperativas locales. Hacer la pelota más grande para acceder a mercados globales con nuevas estrategias como la distribución propia y entrar a jugar en el terreno comercial de las bodegas privadas. A pesar de todo, los datos de consumo de vino interior son tercas y los mercados globales ya no se mueven con los mismos parámetros que en décadas anteriores. Las últimas derivadas del comercio global solicitan a los elaboradores origen y tipicidad. Las cooperativas de segundo grado suponen una mayor eficiencia pero ciertamente cierta disolución de la singularidad.

Una de las reacciones importantes es el nacimiento del vino embotellado y el desarrollo de las marcas propias. Y este sí que es un hecho revolucionario y novedoso. En esto algunas cooperativas inician una auténtica cruzada y un camino exploratorio inédito. Embotellar vino propio significa, para ellas, cambiar todo el esquema mental tradicional de funcionamiento. En un primer momento significa volver a reorganizar el sistema de producción de arriba abajo. Rehacerlo pensando en la marca nueva a embotellar. Y significa, con una visión quizás primero de carácter intuitivo pero después con una valoración real y propia del potencial existente, ir a buscar, identificar y clasificar aquellas parcelas concretas, singulares y únicas que las cooperativas tienen. Y significa hacer una cosa incluso más importante: ponerle un precio a la botella que justifique su mantenimiento. Es un acto de afecto hacia la propia tarea enológica y hacia una tierra anónima que acaba viajando en una botella de vino auténtico y genuino. Muchas cooperativas han iniciado, con mayor o menor éxito, este camino. Y la pregunta quizás sería: ¿lo tienen que hacer solas? ¿No necesitan para esta tarea de complicidades múltiples sectoriales, en especial la complicidad comercial?

Marcas propias embotelladas por la Cooperativa Albarizas de Trebujena

Es cierto que la historia de las cooperativas es distinta según la geografía, pero siempre surgen como respuesta a crisis sectoriales agudas y en el fondo siempre suponen volver a imaginar, desde la base del poder de lo colectivo y requiriendo y estableciendo compromisos con el conjunto. Son importantes porque son de todos y están ahí, sosteniendo estructuras económicas y sociales a lo largo y ancho de toda la geografía.

Hace aproximadamente un año y medio (desde inicios del 2020) yo mismo y el compañero Oriol Pérez de Tudela hemos publicado en un medio digital, en periodicidad quincenal, una serie de artículos sobre vinos de cooperativas bajo el nombre El vino que nos une [5]. Ciertamente estas publicaciones, que ya superan la treintena, han coincidido con la eclosión de una pandemia que, en cuanto a estos artículos, ha impedido que nos pudiéramos desplazar para conocer las cooperativas y su tarea. Hemos buscado, comprado, probado y trabajado haciendo ejercicios de conceptualización y contextualización con la intención de visibilizar, dentro nuestras posibilidades, el trabajo y la existencia de marcas propias elaboradas por las bodegas cooperativas. Marcas que prácticamente son invisibles, que a veces reflejan modestas pero firmes selecciones parcelarias, vinos que a nosotros mismos nos han sorprendido y que consideramos necesario dar a conocer porque representan como pocos la tipicidad vinícola de su zona.

Conciencia y compromiso:

A modo de eterno retorno nietzscheano, uno de los debates que siempre acaban regresando a primera línea en nuestro país es el del reto territorial. El 2016 se publicó La España vacía, de Sergio del Molino [6], una obra que ponía nombres y apellidos, de forma intencional, a esta singularidad ibérica, prácticamente inédita en Europa occidental. España dispone de un territorio extenso, con una gran superficie que tiene índices de despoblación altísimos y una concentración poblacional en las periferias y en el gran centro, generando un tipo de efecto “donut” inmenso. Esta singularidad dual española obedece a causas diversas y profundas, y tiene consecuencias de gran alcance, que se plasman, hoy en día por ejemplo, en el debate del modelo energético, la redistribución económica y la falta de inversiones o en el abandono del campo y la gestión forestal para evitar episodios de incendios como los que sufrimos. De una forma o de otra, el debate se ha abierto de nuevo y vuelve a estar encima la mesa con sus múltiples derivadas.

El sector del vino no es ajeno, o no debería serlo, precisamente porque se trata de una actividad económica que parte de una base agrícola con implantación histórica y presencia real en prácticamente todos los rincones de la geografía nacional. Esencialmente el vino se hace en el territorio, en todo el territorio, y el viñedo es un elemento destacado del paisaje.

Las cooperativas ya estaban y todavía están. Se ha dedicado una cantidad ingente de energía y recursos públicos para hacerlas funcionar. Son un patrimonio colectivo, organizado y organizador que ha cumplido y todavía cumple con una función vital. A lo largo de su historia han vivido momentos de luces y exuberancias, de ilusiones compartidas y esperanzas, así como momentos de oscuridad y olvido, de grandes dificultades, de decadencia e incluso de expolios escandalosos. Algunas han tirado la toalla y han cesado su actividad. Pero muchas todavía siguen al pie del cañón, luchando para liberarse de la camisa de fuerza de la estigmatización, la invisibilidad y los bajos precios, vinificando con dignidad y humildad, liquidando año tras año a sus socios y contribuyendo a preservar las viñas más viejas y valiosas de sus pueblos. Manteniendo, al fin y al cabo, estructuras económicas territoriales, quizás a menudo demasiado precarias pero efectivamente reales.

Viñas viejas de moscatel en la Axarquía

Después, y solo después, venimos quienes nos autodenominamos el sector del vino, quienes venimos detrás en esta cadena, haciendo “por-para”, haciendo grandes trabajos de diseño y marketing, creando marcas que seduzcan a los mercados, comprando a muy buen precio y vendiendo todavía y también a un buen precio, exportando porque nosotros tenemos los contactos y los canales, comerciando con esta materia prima que ellas transforman. Intentamos capturar este mensaje territorial embotellado porque en el fondo nos ofrece la máxima tipicidad. Nosotros, todos, les debemos algo a las cooperativas. Sin condescendencia pero con honestidad. Quizás tendríamos que tomar conciencia y ser capaces de establecer compromisos reales con ellas, con mirada afectiva y no solo estrictamente mercantil.

Porque el día de mañana, cuando las caídas de precios alcancen niveles insostenibles, cosa que ya estamos viendo de nuevo, cuando colapse alguna de las casas realmente grandes dejando un agujero inmenso, cuando los socios más grandes se cansen y cesen su actividad, o se mueran, puesto que muchos siguen en el campo en edades que no corresponden, a menudo sin relevo generacional, cuando el campo acelere su abandono, porque nunca se ha hecho nada, entonces miraremos estas viñas viejas, que todos buscamos desesperadamente, en una carrera “de a ver quién la tiene más vieja”, y lloraremos porque lo que ha sucedido en realidad es que se han abandonado.

Mirada, toma de conciencia y compromiso. Es responsabilidad de todo un sector. Encuentro en las últimas frases de La España vacía una magnífica coda para cerrar este artículo:

Es muy difícil que la despoblación se corrija, como difícil es que aparezca en el orden del día de la discusión pública, pero si algunos toman conciencia de lo peculiar que es España y escuchan los ruidos que llegan desde el yermo, tal vez seamos capaces de imaginar una convivencia que tenga en cuenta las rarezas demográficas y sentimentales de este trozo de tierra al sur de Europa. Hemos sabido romper la inercia de la crueldad y el desprecio de los siglos. Nos falta darnos cuenta y hacer algo con esa conciencia.

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Citas:

[1] Fernando Ezquerro, President de FEOCOAR.
[2] Interprofesional del vino: https://www.interprofesionaldelvino.es/
[3] Mees, Ludger. Nagel, Klaus-Jürgen. Puhle, Hans-Jürgen. Una historia social del vino. Rioja, Navarra, Cataluña 1860-1940. Madrid, Tecnos, 2010.
[4] Medina-Albaladejo, Francisco J. Planas, Jordi. Investigaciones de historia económica Elsevier. https://www.elsevier.es/es-revista-investigaciones-historia- economica-economic-328-avance-resumen-las-bodegas-cooperativas- comercializacion-del-S1698698918300341
[5] Pérez de Tudela, Oriol. Lecha, Marc. El vino que nos une: https://cronicaglobal.elespanol.com/vino-nos-une.html
[6] Del Molino, Sergio. La España vacía. Madrid, Turner, 2016.

Otros datos consultados:

-INE: https://www.ine.es/
-Cooperativas Agro-alimentarias: http://www.agro-alimentarias.coop

Marc Lecha Adan
Nacido en Barcelona en 1977 se licenció en Historia Contemporánea y, aunque nunca se ha definido como historiador, sí admite que esta formación le ha marcado en su aproximación a los distintos temas que le interesan. Tras desarrollar la primera década de su actividad profesional vinculado al sector editorial, da el salto al sector del vino allá por el 2009. Afirma que 2013 fue el año que le cambió la mirada sobre el vino. Tras alternar algunos pasos simpáticos con otros erráticos, desde 2016 es socio fundador de Lectores Vini, elaboradora y comercializadora de vino de diversas zonas vinícolas del Mediterráneo (Priorat, Montsant, Conca de Barberà). También co-organiza el Salón Vinos “Off the Record” y desde 2013 embotella los Encuentros: cada año un vino con un amigo distinto de un lugar distinto de España. No concibe la vida sin grandes dosis de lectura y algunas pequeñas de escritura. Desde hace un año y medio colabora escribiendo, con el compañero Oriol Pérez de Tudela, una serie de publicaciones de periodicidad quincenal sobre vinos de cooperativas en España. Sueña despierto con tener un pequeño viñedo propio, cosa que cada día está más cerca.

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