“Message in a bottle”, como cantaba The Police

Por Judith Cortina

El mayor esfuerzo del enoturismo consiste en mover una persona de un sofá a una bodega. La operación no es exactamente fácil. Las chaise longue estan lejos de las viñas. Las personas pesan, de media, unos 70 kilos. Y deberían recorrer, por ejemplo, entre 50 y 100 kilómetros para llegar a una viña visitable. Si el enoturismo fuera un problema de física se tendría que responder a la pregunta “¿cuánta energía es necesaria para trasladar un cuerpo a una distancia 1.000 veces más grande que la existente entre el sofá y la tienda de vinos de tu barrio?”. Y si la respuesta fuera: “La misma” ¿Podría una tienda de vinos ser el primer paso para visitar una bodega?

Dicho de otro modo, todos sabemos dónde culmina el enoturismo, ¿verdad? En una bodega, un restaurante, un hotel, un wine bar, un yacimiento… o lo que sea, de un determinado destino. Las webs que hacen propuestas de enoturismo suelen concretar estas ofertas pero… ¿hay vida más allá de estas propuestas? Sí. Para responder, habría que ir al origen y no al final del enoturismo.

El origen es la leyenda. Es aquella narración de hechos, transmitida de generación en generación, que mezcla mito y realidad, que desprende una cierta atracción. Leyenda es Rioja, Burdeos, Jerez, Napa, Penedés, Sauternes, Sant Sadurní d’Anoia, Borgoña, Rías Baixas, Priorato, Champagne… Aunque vayas con un cuñado abstemio irás a una bodega y comprarás una botella. Son destinos con una parte del trabajo hecho. El reto es mantenerla.

Cerca hay otra clase de destinos, que cada año atraen miles de turistas, pero el motivo principal no tiene porqué ser el vino (todavía). Aquí encontraríamos el Empordà, Madrid, Croacia, Lanzarote, Euskadi, Sonoma, Navarra, Sanlúcar de Barrameda, Terra Alta, Binissalem-Mallorca… Son destinos que tienen que aprovechar la fuerza de los turistas para atraer una parte al enoturismo, fantástico, pero todavía desconocido. He visitado muchos de estos lugares y son fabulosos.

Hacer enoturismo en Croacia te regala momentos como este

Y todavía hay una tercera corona: la de los destinos emergentes. Rueda, Rosselló, Somontano, Ribeira Sacra, Campo de Borja, Calatayud, Toro, Valdepeñas, Georgia, Nueva Zelanda, Chile… Todos estos son lugares que sueño en visitar algún día, atraída por el buen sabor que me han dejado sus vinos. Para entendernos, las etiquetas de los vinos son los nuevos billetes de avión.

¿Y si el primero y más importante de los trabajos que tuvieran que hacer los destinos de enoturismo fuera aprovechar mejor las etiquetas de las botellas? ¿Y si las nuevas agencias de viajes fueran las tiendas de vinos? El primer paso para querer visitar un destino enoturístico es haber probado un vino hecho allí.

Es la foto después de una sesión de enoturismo en el comedor de casa

La única vez que he probado un Château d’Yquem, un vino dulce legendario, muté en una especie de Bridget Jones enloquecida. Os tengo que confesar que hace unas semanas visité la bodega, en Sauternes. Judith 1 – Bridget 0. Nunca antes hubiera ido a Sauternes, a unos 30 kilómetros de Burdeos, sino hubiera sido por aquella copa… ¡Imagínate el poder de persuasión que hubiera tenido una botella entera!

Es Château d’Yquem, una de las bodegas más prestigiosas de Souternes, en Burdeos.

Agranda tu leyenda. ¿Puede Yecla, Valencia, Rueda, Montsant, Cigales o la Conca de Barberá convertirse en un destino como París, Nueva York o El Cairo? Por supuesto que no. Pero pueden ser Oporto, Brujas o Mahón. Serían destinos rebeldes, indies, únicos. ¿Qué quieres ser cuando seas mayor? Es tan digno ser Napa Valley como Sonoma. Recuerdo cuando estuve en California. Hay mercado para vender visitas a autocares de dos plantas, con catas a 50 dólares. Y hay mercado para vender vinos naturales, sentados en cabañas de madera.

En Napa Valley, todo es grande y grandilocuente

Hablad con un diseñador. Revisad vuestra etiqueta. Poned un código QR. Un detalle de turismo. Cuatro letras que hagan valer vuestro territorio, que den valor a la tierra, que celebren la suerte de haber nacido en vuestro territorio. Hacedlo de manera honesta, sincera, pero con intencionalidad.

Porque lo que no dicen los físicos es que un cuerpo de 70 kilos perdidamente enamorado, flota. Tampoco dicen que el deseo de besar una copa legendaria acorta la distancia entre el sofá y la bodega. Y mientras discutís con el diseñador cómo será la etiqueta, mientras paseáis sin rumbo por una tienda de vinos buscando el “vi-bliotecario” que os de un buen consejo, recordad qué cantaba Sting el año en que nací:

I’ll send an SOS to the world.
I hope that someone gets
my message in a bottle.

(Si tú también has cantado, eres de nuestros).

Judith Cortina
Licenciada en periodismo, probar vinos y visitar bodegas fue su gran afición mientras trabajaba cubriendo noticias por toda Cataluña para Informativos Tele 5, donde estuvo más de 10 años como redactora. Antes había trabajado en Radio 4-RNE en Cataluña y en la emisora ​​local de Rubí, en el área metropolitana de Barcelona. Siempre contando noticias de actualidad. Hace un tiempo decidió reinventarse profesionalmente. Después de 15 años visitando bodegas en California, Rioja, Croacia, Priorat, Somontano y alguna otra, decidió que esta afición se convirtiese en una parte importante de su trabajo. El otro continúa siendo contarlo porque a ella le hubiese encantado encontrar recomendaciones sinceras y prácticas cuando buscaba una bodega para visitar. Es la cofundadora de la web enoturista.cat que da a conocer vinos y experiencias enoturísticas al público en general, sobre todo a la gente a la que le gusta beber una copa y a menudo dice que no entiende.

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