No queda ninguno

(Los bares del siglo pasado)

Por Ramón Úbeda

Cuando estaba en la escuela de Arquitectura tuve un compañero que, como yo, no acababa de ver su futuro en el ladrillo. Ambos acabamos abandonando los estudios en diferentes direcciones. Durante un tiempo íbamos a clase en el turno de tarde y trabajábamos por las mañanas. Él comenzó a interesarse por los vinos y aprovechó lo que había aprendido en la universidad para proyectar una pequeña bodega que construyó en el sótano del colmado familiar. Yo me metí en el mundo del diseño a través de las revistas. Estábamos en la mitad de la década de los años 80 y ambas cosas, la cultura de los vinos y la del diseño, estaban todavía por descorchar. Nuestros respectivos trabajos matutinos coincidían también en el mismo barrio, el Born, cuando allí todavía no había nada, salvo el Gimlet de la calle Rec, del que hablaremos más adelante. Barcelona tenía un bar entre sus sílabas y Mariscal, que también era vecino, lo dibujó en un cartel que se hizo tan famoso como los bares de la ciudad que estaban comenzando a llamar la atención por el mundo.

Muchos turistas vinieron atraídos por ellos antes de que se pusieran guapas las fachadas de los edificios de Gaudí. La noche se convirtió en la mejor aliada de la creatividad y durante un tiempo llegamos a ser una verdadera capital del diseño. Uno de los primeros lugares en sorprender fue el KGB, que es donde presentamos el primer número de la revista De Diseño, en la que yo había comenzado a trabajar a una edad muy tierna. Las siglas significan “Kiosko General de Barcelona”, tenía dos plantas y estaba ubicado en un edificio industrial de la calle Alegre de Dalt que antes había sido una fábrica de tintes. El local conservaba rasgos que delataban el uso original del edificio, como los suelos de cemento y las estructuras metálicas vistas. Tenía la estética fría y de garaje que era común en otras urbes como Londres o Nueva York, pero con detalles singulares como una espectacular barra móvil iluminada y otra formada por barriles pintados de llamativos colores.

Barcelona – 33 – KGB

Alfredo Vidal fue el arquitecto que lo diseñó además de su promotor. Una de las claves de la efervescencia creativa que se dio en la ciudad, fue que coincidió una generación brillante de jóvenes profesionales de la arquitectura que, ante la falta de grandes encargos que suele haber siempre en los comienzos, se volcó en los pequeños proyectos de interiorismo, primero en las tiendas de ropa como la que Eduardo Samsó diseñó para Jean Pierre Bua, y después en los bares de la noche. A ellos se sumaron encantados los diseñadores gráficos, Alfonso Sostres, Pati Núñez, Josep Bagá, el gran America Sanchez –autor del logotipo de KGB– y otros que también formaron parte de aquella buena cosecha de talentos, como por ejemplo Claret Serrahima, quien también tuvo un destacado rol de promotor en el bar Universal, donde además de tomar copas te podías codear con lo más florido del mundo artístico y cultural del momento.

KGB

Hubo muchos más

Cuando por el mundo solo despuntaba el parisino Café Costes que acababa de inaugurar un emergente Philippe Starck, aquí podíamos hacer una larga ruta nocturna por locales igualmente singulares como los citados, junto con el Metropol, Boliche, Líquid, Distrito Distinto o el pionero Zig-Zag que proyectaron entre Guillem Bonet, Alicia Núñez y Antxón Gómez, quien entonces era un joven prometedor y después se acabó convirtiendo en el director artístico preferido de Pedro Almodóvar. Fue el mismo equipo que montó después el Otto Zutz, otro local mítico que abrió la puerta también a los artistas, dejando que Vicenç Viaplana pintase sus paredes. Había muchos más. La oferta era variada y se podía escoger entre lugares sofisticados o cutres, elegantes o siniestros, cálidos o fríos. Algunos de ellos fueron memorables, los que se conocían y se recordaron durante mucho tiempo como bares de diseño.

Obviamente lo eran, no hay más que dar un repaso a quienes fueron sus artífices y cómplices. Gabriel Ordeig, que después fundó la editora Santa & Cole, proyectó junto con Tonet Sunyer el Bijou; Dani Freixes y Vicente Miranda comenzaron su luminosa trayectoria profesional con el 33; Eduardo Samsó combinó su talento en el Nick Havanna con los de Carlos Rolando, Ingo Maurer y el Grup Transatlàntic, un trío gamberro formado por tres profesionales muy serios, Ramon Benedito, Josep Puig y Luis Morillas; Carlos Riart puso su maestría en el Si Si Sí de la avenida Diagonal; Alfredo Arribas se destapó con el Velvet, para el que reclutó a Juli Capella y Quim Larrea en las labores gráficas y de promoción, continuó con proyectos despampanantes como el Standard o el Network Café y se asoció después con Javier Mariscal para dejar su huella por toda la ciudad, desde las neo-barrocas Torres de Ávila que estaban en el Pueblo Español al chiringuito del Gambrinus en el puerto preolímpico, del que ya solo queda la gamba fallera que lo coronaba.

Nick Havana

El nivel llegó a ser tan alto que acabamos exportando toda esa creatividad hasta lugares tan lejanos como Japón, donde Arribas construyó un parque temático llamado Felisia junto con el creador valenciano y discotecas como “The Barna Crossing” a imagen y semejanza de las que estaba haciendo por aquí, junto con los nombrados Sostres, Capella, Larrea, Puig y diseñadores del sector de la moda que también se habían apuntado a la fiesta, en concreto Chuz Uroz, que entonces estaba en Armand Basi y se multiplicaba para trabajar al mismo tiempo en otras artes con personajes como el director de cine Bigas Luna o la compañía teatral de la Fura dels Baus. Hubo barra libre de talento para todos los gustos y fuimos realmente la pera. Lo certifica que tipos que hoy son referentes del diseño internacional como Alfredo Häberli o Konstantin Grcic venían por aquí cuando eran jóvenes estudiantes para aprender de nosotros. Si me lo han contado es porque guardan un buen recuerdo.

Cartel Velvet

Se acabó la fiesta

Durante un tiempo sacamos pecho presumiendo de todo ello. Después llegó la resaca tras las Olimpiadas, que se agravó con la crisis económica y poco a poco todos aquellos locales se fueron cerrando o se transformaron. Sus artífices se hicieron mayores profesionalmente y curiosamente algunos de los que tuvieron mayor protagonismo acabaron seducidos también por el mundo de los vinos. Alfredo Arribas lleva años dedicado a elaborar diferentes variedades de Trossos, con una producción muy cuidada y lógicamente bien diseñada que alcanza las 20.000 botellas. Y Claret Serrahima, además de diseñar las etiquetas de muchas bodegas, produce el dulce Rasim. Como todos, ya están de vuelta de todo aquello, porque ha pasado más de un cuarto de siglo. Cada época tiene sus mitos y cada una los entierra como y cuando quiere.

Sin necesidad de ir mucho más atrás, hasta los años del bar Torino en cuyo diseño participaron Antoni Gaudí y Josep Puig i Cadafalch, o los del American Bar del Hotel Colón, que también estaba situado en la Plaza de Cataluña, remodelado por el arquitecto Sagnier antes de la guerra, casi nadie recuerda que en los años sesenta el bar más alto y glamuroso de Barcelona fue la Terraza Martini. Estaba ubicado en el piso 13 de un noble edificio del Paseo de Gracia y eran los tiempos en los que no se podía ir a tomar una copa sin llevar corbata. Los años setenta hicieron famosa a la Gauche Divine que se daba cita en el Bocaccio de Oriol Regás –de donde salieron discográficas, editoriales y empresas como BD, cuyas siglas originales significaban Boccacio Design– y fueron menos rigurosos con el dress code en otros lugares que todavía resuenan, como aquel Zeleste de la calle Platería que dibujó Santiago Roqueta y el Bikini original de la avenida Diagonal, con su mini-golf de madrugada.

De aquellos bares de diseño de los años ochenta ya no queda ninguno y las nuevas generaciones no saben ni siquiera que existieron. Son del siglo pasado. No queda ni el cachondeo sobre sus urinarios en cascada que perduró durante algún tiempo, más bien como mofa que alabanza. Detrás de aquellos se abrieron otros que los enterraron un poco más en la memoria. ¿Sirvieron de algo? Por supuesto, la prueba de ello es que hoy casi nadie abre un nuevo bar o restaurante sin pensar que el diseño del local es una parte fundamental para que el negocio vaya bien. A mayor o menor escala. Y eso pasa en todas las grandes capitales del mundo. Podríamos decir que proyectamos esa manera de hacer y seguimos siendo embajadores cuando se presenta la oportunidad. Hoy con la complicidad necesaria de los chefs, que son los que tienen el foco mediático.

No todo el mundo sabe, por ejemplo, que casi todos los restaurantes que José Andrés tiene en EE.UU. desde el Jaleo de Washington al reciente y enorme Mercado Little Spain que ha abierto en Nueva York junto con los hermanos Adriá, los diseña el estudio de arquitectura de Juli Capella en Barcelona con la premisa de que todo el mobiliario sea de fabricación nacional. Otro cocinero con estrella, Paco Pérez, acaba de inaugurar una de sus franquicias en Polonia con diseño de Sandra Tarruella y Ricard Trenchs. Y Lázaro Rosa Violán, que tiene proyectos por medio mundo, ha hecho lo propio en Londres con Quique Dacosta o Dabiz Muñoz. La cifra de ejemplos va aumentando y si nuestros cocineros se siguen emparejando con éxito con nuestros diseñadores para pasear nuestro talento por el mundo, pronto el fenómeno podría llegar a ser tan visible internacionalmente como en su día lo fue el de aquellos bares que dieron tanto de beber como de hablar.

La gran bodega creativa

Les he dado tanta coba escribiendo artículos sobre ellos que cualquiera podría pensar que mientras yo me pasaba las noches por aquellos bares, aquel compañero de clase, al que no le gusta que le citen en textos como éste, se dedicaba a algo mucho más útil como es seguir trabajando en lo suyo. Y así es, pero también ha sabido mantener un vínculo con el mundo del arte y el diseño a través de las portadas de los catálogos anuales de Vila Viniteca, que han servido de lienzo para muchos artistas, o encargando la identidad gráfica de su empresa a profesionales como Pati Núñez –la primera mujer en recibir el Premio Nacional de Diseño– o promoviendo en sus espacios exposiciones sobre el grafismo de las etiquetas de sus vinos, que aunque sean pequeñas y discretas también suman en la difícil labor de hacer entender nuestro trabajo a una sociedad que sigue sin querer entenderlo demasiado.

Barcelona fue durante muchos años la gran bodega creativa de España, a donde venían a proveerse empresas como por ejemplo Camper. La lista de profesionales que han colaborado con la marca mallorquina desde que se fundó en 1975 es muy extensa. Arquitectos, diseñadores y también artistas, como Miralda, que ha firmado la primera intervención en la nueva Sala Camper de la calle Portaferrissa. También personajes como Fernando Amat, que en 1981 proyectó su primera tienda de zapatos, en la calle Muntaner, y en 2005 el hotel Casa Camper del barrio del Raval, con la colaboración de Jordi Tió, que se completó en 2007 con el restaurante Dos Palillos dirigido por el chef Albert Raurich, que antes había sido capitán de cocina en elBulli, junto con la sumiller Tamae Imachi. Explico todo esto para volver de nuevo a los vinos y los licores, porque en el sótano del mismo edificio se inauguró en 2015 el bar Dos Billares, que está abierto al público con una entrada directa desde la calle y se llama así porque en su interior se encuentran dos magníficos billares de pool americano como los que siempre hubo en los viejos bares. Es un lugar que tiene su historia porque en el pasado fue el almacén de Boadas, la coctelería más antigua de la ciudad. Hoy es un espacio tranquilo donde no hay sillas ni mesas sino unos confortables sillones orejeros y una barra dirigida por un barman cubano llamado Archie.

Archie, Dos Billares

Él es el protagonista del libro “Grandes cócteles del mundo” que hice junto con el dibujante Javirroyo y que publicamos justo ahora hace un año con la editorial Malpaso. Donde se recogen algunas de las historias que he contado sobre aquellos bares que fueron pioneros y líderes mundiales en creatividad durante un tiempo. En la decoración y en algunos casos también en el arte de los cócteles, que en su versión más creativa está siguiendo la estela de la gastronomía y es el presente y también el futuro de la oferta nocturna que tenemos ahora en Barcelona. Desde el Dry Martini del omnipresente Javier de las Muelas hasta el Solange, donde está Adriana Chía, que fue mejor bartender de España en 2016 y una de las diez finalistas de la World Class, la gran competición internacional a la que acuden cada año más de 10.000 participantes con sus mejores recetas.

Libro Grandes Cócteles del Mundo

En los restaurantes más experimentales, como el Tickets de Albert Adrià, las cenas ya no acaban en los postres sino cruzando una puerta que hay junto a la cocina para entrar en la coctelería 41º. No muy lejos de allí, su hermano Ferrán acaba de presentar el segundo volumen sobre cócteles de la Bullipedia. Ideas de alta graduación no nos faltarán nunca. Frente al Tickets está el estudio de Martí Guixé, un diseñador imposible de clasificar que para mí se lleva el premio a la manera más original de servir el Gintonic: pulverizado en el aire como si fuera una niebla artificial. Tiene también un bar, llamado L’ex-designer, que se va construyendo poco a poco, a la vista de los clientes, con impresoras 3D que modelan desde los vasos hasta la decoración de las paredes. Por su aspecto seguro que hoy nadie diría que es un bar de diseño, pero es heredero de su mismo espíritu creativo e innovador.

L’ex-bar, L’ex-designer

Uno de los primeros en abrir en 1979 y de los últimos en cerrar fue el citado Gimlet, que marcó toda una época porque en él todo combinaba bien. Ya estaba en la calle Rec cuando el diseño tomó la ciudad. Y siguió igual, sobrio e inalterable, viendo como pasaba toda aquella fiebre. Tras su barra oficiaba Ginés Pérez Navarro, que después fue promotor de uno de los locales que deberían haber sido declarados –junto con el pequeño Bijou– patrimonio cultural de esta ciudad que está perdiendo mucho de lo que tuvo. Me refiero al camaleónico y premiado Zsa Zsa que diseñó Dani Freixes junto con Vicente Miranda y Victor Argentí en 1989. Con espejos y luces temporizadas. Era mágico. Dependiendo de lo que se encendía o apagaba en cada momento, aquel local se veía radicalmente distinto.

Zsa Zsa

Freixes explica siempre que allí se dio cuenta de que para proyectar un bar resulta muy útil tener un amigo borracho. Aparte de que siempre dicen la verdad, como los niños, ellos ven cosas que a nosotros se nos escapan fácilmente. Dani tenía uno de esos amigos y le invitó a visitar el Zsa Zsa para preguntarle que le parecía el local. Le dijo que muy bien, que estaba encantado porque tenía la sensación de cambiar de bar sin tener que salir a la calle. Algo así no hay quien lo supere. 

Efectos del Zsa Zsa

Ramón Úbeda
Ramón Úbeda es periodista y diseñador. Comenzó a trabajar en el mundo del diseño en 1984. Lo excepcional es que lo ha hecho desde todos sus frentes: como periodista, grafista, diseñador, art director y curator. Personaje polifacético, ha colaborado con revistas españolas e internacionales, ha publicado numerosos libros, ha sido comisario de diferentes exposiciones y ha practicado el activismo cultural desde instituciones como el FAD, BCD o la Fundación Signes. Desarrolla una amplia actividad profesional como director artístico o consultor en varias compañías españolas de prestigio internacional: BD Barcelona Design, Camper, Metalarte y Andreu World, todas ellas reconocidas con el Premio Nacional de Diseño.

Foto portada: Ibai Acevedo

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