Nos falta creer en nosotros

Por Salvador Manjón

De todos los problemas a los que nos enfrentamos quienes de algún modo nos dedicamos a este maravilloso mundo del vino es, sin duda, el consumo el más importante y preocupante. No ya solo porque los datos per cápita presenten crecimiento negativo, como correspondería decir en términos “políticamente correctos”. Sino porque evidencian un problema que va mucho más allá de las cifras, poniendo sobre la mesa una preocupante discrepancia entre productores y consumidores.

Claro que esto también tiene su lado positivo, y es que resulta un magnífico chivo expiatorio al que responsabilizar de todo, sin entrar en más profundidades y buscar soluciones que vayan más allá del reproche o la lamentación. Postura, por otro lado, muy generalizada en este sector.

Hablar del vino en términos alimenticios es, en mi opinión, un concepto por fortuna ampliamente superado hace mucho. Atrás quedaron aquellos años de hambruna, en los que buscar productos con los que completar la ingesta del aporte calórico que requerían los trabajos físicos y que la falta de alimentos no cubría. O aquellos (todavía más lejanos), en los que era llevado en las naves que atravesaban los océanos porque, a diferencia del agua, no se corrompía. Hoy el vino es otra cosa.

Porque decir que es mucho más, además de pretencioso, sería injusto para todos aquellos viticultores, bodegueros, denominaciones de origen, etc., que supieron cubrir una necesidad de nuestra sociedad y que hicieron posible la presencia de una botella de seis estrellas en las mesas de nuestros hogares, con la que fuimos educados en el respeto hacia el consumo de bebidas alcohólicas. O aquellos que con vinos aromatizados y con azúcar empapaban las tostadas de la merienda.

Muy posiblemente, a muchos de los que estén leyendo estas líneas les suene a “historietas de abuelo cebolleta” lo que les estoy contando. Incluso los habrá que considerarán poco apropiado recordar estas cosas, cuando lo que pretendemos es que se valoricen nuestros vinos y rodearlos del halo de boato y prestigio. Pero es que el vino ha sido esto. Y precisamente de la vergüenza que les genera sus orígenes a algunas bodegas, prescriptores, distribuidores, etc. (no hay colectivo en el que no podamos encontrarla) nacen los barros que nos han traído estos lodos.

Porque, si algo bueno ha sucedido en estos últimos setenta y cinco años que rodean al vino, de los que la publicación que dirijo, La Semana Vitivinícola, ha sido fiel espectador desde 1945, es un cambio tan profundo que, como se diría popularmente, no lo reconocería “ni la madre que lo parió”.

Hoy no es posible hablar de Vino, con mayúsculas, como a mí me gusta escribirlo, sin hacerlo de variedades, zonas de producción, terroir, indicaciones geográficas, añadas,… Incluso de antocianos o terpénicos; pero, sobre todo, de personas. De gentes con nombre y apellido que jugándose su patrimonio (también el trabajo diario es patrimonio) han hecho posible que quienes hace veinte años que se han acercado a este atractivo y atrayente mundo, tengan la oportunidad de sorprenderse con cada botella.

Gentes a las que se les ha exigido un gran esfuerzo, porque desde el mismo sector no se lo hemos puesto fácil. Dejados llevar por un complejo de inferioridad incomprensible, hemos buscado en vocablos, descripciones, presentaciones y precios,… Argumentos con los que superar la vergüenza que sentíamos de nuestro pasado y justificar el precio que pedían por su botella.

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Hemos intentado que los consumidores que nos quedaban se fueran hacia vinos más caros, bajo la frase de que “es preferible que se consuma menos pero mejor”, y con ello pretendido que nos dieran reputación frente los que se acercaban por primera vez, haciéndolos sentir un ramillete selecto de elegidos para los que estaba reservado el “néctar de dioses”.

Nos hemos olvidado del aprendizaje, de la sencillez, de la humildad que debe haber detrás de todo artista. Hemos querido que se sintieran orgullosos de haberse convertido en nuestros fans y lo que hemos conseguido es que se acoquinen ante una botella de vino. Convirtiéndose en el momento más tenso y delicado de una agradable velada rodeada de amigos y excelente gastronomía.

No se me ocurre alimento, afición, deporte, bebida, que no requiera de un aprendizaje que nos ayude a entenderlo y disfrutar de él. Y el vino no es una excepción. Hemos querido que ese tutorial se basase en notas de cata incomprensibles que otorgasen cierta superioridad a quien las pronunciaba y contagiarnos de ellas.

Nos hemos olvidado de que el VINO es Cultura. Es mucho más que un cultivo cuyo fruto se fermenta y es sometido a una mayor o menor crianza. Es una bebida pegada a la tierra, exponente de las virtudes y miserias de sus gentes. Concebida para disfrutar.

Claro que es importante ser el primer país del mundo en superficie vitícola, con casi un millón de hectáreas, o que ya estemos en disposición de disputarle a Francia o Italia el número uno en producción. Como ya les arrebatamos el primer puesto como país exportador. Todo eso es importante de cara a la sostenibilidad del sector y su potencial de desarrollo. Pero sirve de muy poco para llegar al consumidor y conseguir su fidelización.

Justificarnos explicando nuestras miserias pretendiendo que nuestros clientes (consumidores) lo entiendan y se pongan de nuestro lado es una utopía. Siendo el único efecto que conseguimos, el de rechazo alejándose el consumidor “de algo que me genera problemas”.

No queremos ni problemas, ni complicaciones. Aspiramos a disfrutar de los momentos de placer y tener una vida fácil. Andar explicando que el precio de la uva en España es ruinoso haciendo inviable la supervivencia de muchos de nuestros viticultores. O que nuestras bodegas venden el vino más barato del mundo; como lo demuestra el hecho de que nuestras exportaciones se paguen a un precio medio tres o cinco veces más barato que las italianas o francesas; son cuestiones que deben resolverse desde el mismo sector con todas las ayudas de instituciones y administraciones de las que sea capaz conseguir, pero alejadas completamente de prescriptores y consumidores.

Somos el país que más ha evolucionado de todos los del mundo vitivinícola. Nuestros viñedos se han reestructurado hacia variedades mejor adaptadas al mercado, como no lo ha hecho ningún otro país productor. Nuestras bodegas han modernizado sus instalaciones, implantando la última y más moderna tecnología de vinificación y crianza, con la que permitirles a nuestros técnicos trabajar en óptimas condiciones en las que obtener vinos adecuados y competitivos en un mercado maduro. E incluso nuestras bodegas han entendido que la profesionalización que demanda la sociedad del siglo XXI también les afecta a ellas, y que el hecho de estar el sector compuesto mayoritariamente por pequeñas bodegas con menos de dos trabajadores no es óbice para eludir la profesionalidad que requieren actualmente los mercados. Hasta hemos conseguido que algunas bodegas, consejos reguladores e instituciones varias, entiendan que su principal misión es la de darle al consumidor lo que demanda y que el precio de un producto lo fija el cliente pagándolo.

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Hasta hemos entendido que no podemos hablar de un solo consumidor, ni de un mercado, ni de un tipo de vino. Existen numerosas combinaciones posibles que se traducen en infinitas posibilidades a nuestro alcance.

Tenemos condiciones naturales para producir vinos de todos los niveles de precio con una alta calidad. Contamos con alguna bodega y zona que actúan de locomotora en los mercados exteriores como marcas emblemáticas de nuestros vinos. Incluso hay algún prescriptor extranjero que se ha atrevido a apostar firmemente por nuestros vinos y las grandes posibilidades que tienen algunas zonas y variedades. Faltan marcas de primer nivel que sean capaces de llegar a convertirse en objeto de deseo de los fondos de inversión, pero también aquí progresamos adecuadamente y dentro de muy poco tiempo lo veremos.

Estamos en una sociedad dominada por el conocimiento, en la que la información juega un papel importante que puede ser una baza a nuestro favor, si sabemos hacer las cosas. Tenemos un enorme potencial de desarrollo, por nuestras condiciones naturales, tradición y variedad, como para poder afrontar cualquier reto que se nos pueda presentar. Contamos con técnicos en el campo y la bodega formados en los más recónditos países del mundo que con sus experiencias vienen a enriquecer nuestro acervo.

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Y para que todo esto se traduzca en mayores ventas, más precio y reconocimiento, solo hacen falta dos cosas: creer en nuestras posibilidades, definiendo el estilo de los vinos con los que cada uno quiere jugar en la liga que elija; y tomar las decisiones oportunas.

No tengo ninguna duda de que en los próximos años vamos a asistir a una eclosión de los vinos españoles. Variedades autóctonas adquirirán cierto protagonismo de la mano de bodegas e indicaciones geográficas que multiplicarán el interés de los prescriptores, ávidos de nuevos vinos y zonas con los que sorprender a sus lectores. Y nosotros estaremos ahí para contarlo.

Suerte a todos.

Salvador Manjón Estela
Director de La Semana Vitivinícola desde julio de 1992, ha dedicado la totalidad de su actividad profesional a esta publicación, en la que comenzó a prestar sus servicios en 1985, haciéndose cargo de la sección de redacción en 1989. Es miembro del comité organizador de diversas muestras y ferias vinícolas, entre las cuales “Intervin” (Barcelona), “Vinoélite” (Valencia) y “Enomaq” (Zaragoza),  y colabora profesionalmente, entre otros organismos, con la Fundación para la Investigación del Vino “Fivin”, el Foro Mundial del Vino de Rioja, y el Observatorio Español del Vino (OeMV), siendo además director científico del Encuentro Técnico de la Fundación para la Cultura del Vino. Es, también, catador de múltiples certámenes vinícolas, como el Concurso Mundial de Bruselas, Tempranillos al Mundo, Bacchus (Madrid), Vinitaly (Verona) o Garnachas del Mundo (Perpiñán). Asimismo es miembro de diversas cofradías báquicas y entidades como la Asociación de Periodistas y Escritores del Vino (AEPEV), la Federación Internacional Periodistas y Escritores de Vino (FIJEV) y la Unión Española de Catadores (UEC). A lo largo de su carrera profesional ha recibido numerosas distinciones, las más recientes de las cuales son el Premio DiVino 2009, el Premio Asociación Valenciana Sumilleres 2013 y el Premio Mejor Tarea de Comunicación Ribeiro 2015.

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