¿Por qué debería comprar en la subasta de Hospices de Beaune?

Por Mounir Saouma, co-propietario de Lucien Le Moine

Llevo pujando en esta subasta cada año desde 1995, desde mis tiempos como agricultor, y soy uno de los dos principales compradores. Conozco al equipo técnico (he visto pasar tres enólogos en estos 20 años) y siempre he sido amigo de Hospices. Veo las uvas cuando llegan a la bodega, degusto el vino durante su maceración, durante su prensado, cuando se trasiegan a las barricas, y también justo antes de la subasta. Puedo, por lo tanto, afirmar que cato los vinos de Hospices más de 6 u 8 veces antes de la subasta, y cada mes durante su crianza.

20 años atrás solía decirle a la gente: “compra, es benéfica”; hoy, prefiero decirles: “compra, los vinos son soberbios y están entre los mejores de Bourgogne”… si se envejecen correctamente. Además, sigue vivo el espíritu benéfico: el dinero recaudado se destina a impulsar la investigación científica. Grandes vinos y nobles causas.

Hospices de Beaune era conocido por dar vinos con cuerpo, recios, con buena extracción y presencia del roble. Eran fruto de una combinación de parcelas (en su mayoría de Beaune, lo que se traduce en “taninos”), de su época (antes del 2000 teníamos menor maduración) y de un estilo enológico (las corrientes de la vieja escuela, con sus taninos y su acidez).

Hace 10 años, Roland Masse trajo la delicadeza a la elaboración al recibir las bayas enteras, sin estrujar, y llenar directamente el depósito, donde maceraban en frío, con suaves bazuqueos. Con Ludivine –la enóloga de las últimas 3 añadas– se ha adquirido aún más clase y delicadeza. Este año, especialmente, ha decidido vendimiar en el punto óptimo de maduración, vinificar por separado cada Cru –¡y son 120! –, hacer extracciones suaves y realizar el ensamblaje de la cuvée al final del proceso. Como ya se sabe, cada cuvée de los Hospices se compone de diferentes Crus, que no siempre maduran al mismo tiempo.

Mi 7ª cata en este año 2017 fue la mañana del 13 de noviembre. Son vinos muy puros. Los terroirs, ya eran evidentes en esos jóvenes retoños, mostrando una jerarquía muy clara y, por encima de todo, unos taninos muy suaves.

Los pequeños village son muy atractivos: Monthèlie es afrutado; Santenay, terroso y especiado; el conjunto de Beaune, imponente –con mención especial a Montrevenots, Clos des Avaux, Rolin y Rousseau–. Volnay es verdaderamente goloso. Los hay también esencialmente afrutados (Muteau y Jehan), y otros dos con mucho cuerpo (Blondeau y Gauvain). Todos los Pommard son triunfales, especialmente Dames Charité y Goblet.

No es necesario decir demasiado sobre los Grands Crus, salvo que son especialmente puros, muy en su línea, profundos y de paso amable. Los Corton son pura belleza; el Échezeaux, fresco y crocante; el Clos de la Roche, una bestia; y Mazis, vigoroso y elegante.

En cuanto a los vinos blancos, siguen las buenas noticias: con menores rendimientos que en los tintos, son muy concentrados a la vez que muy frescos. También marcadamente secos, exceptuando el Genevrières, mi favorito… aunque esto es algo difícil de afirmar, ¡porque me fascinan todos!: Pouilly-Fuissé, Beaune, Goureau y los 4 Charmes y Genevrières. El Corton Blanc, muy rocoso, es una nueva estrella en el firmamento; Vergennes es sublime y el Roi Soleil se sitúa prácticamente en la cumbre, pero el Charlemagne Salin y el Bâtard merecen una sonora ovación.

Impactos: 120

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