Regenerar el suelo es regenerar vida

Por Jaume Gramona y Teresa Martínez 

Según Lewis Thomas, físico, ensayista e investigador estadounidense del siglo XX, “la única verdad científica en la que podemos basarnos es que somos profundamente ignorantes ante la naturaleza”.

Sin ir más lejos, algunos libros de agricultura convencional definen el suelo como “materia inerte en la que crecen plantas”. A partir de esta definición se construye todo el sistema agroganadero convencional, globalizado e industrializado basado en el uso de materiales químicos sintéticos, y a su vez, asociado a todo un sistema comercial, económico y político que obvia por completo la importancia que tiene este suelo dentro del ecosistema. Pero nada más lejos de la realidad, porque en él hay más seres vivos que humanos en todo el planeta, con lo que el suelo debería ser sagrado.

El mundo del vino tiene una historia muy marcada que durante generaciones se ha basado en la tradición. Una tradición que, desafortunadamente, durante las últimas décadas, ha quedado en un segundo plano, dando entrada sin contemplaciones a los nuevos avances que han aparecido tanto a nivel de maquinaria como de productos. Lo que a su vez ha permitido aumentar las producciones, reducir los tiempos de trabajo y no precisar de tanta mano de obra. En resumen, ha llevado a una ruptura de vínculo total y absoluta entre el ser humano y la agricultura.

Mantenemos cubiertas vegetales espontáneas para conseguir suelos esponjosos

La especie humana necesita explorar sus límites y así lo ha hecho durante años, pero la parte buena es que también es capaz de aprender de sus errores y de reaprender a tratar la tierra, porque con un suelo muerto no puede existir ningún otro ser vivo, ni el humano. El reto está en reactivar la vida bajo el suelo para que pueda seguir existiendo vida encima de él.

Y para ello, los minerales, la microbiología y la materia orgánica deben interconectarse para que podamos tener ese suelo sano y lleno de carbono, que es la base de la vida. Hay que trabajar para devolverle a la tierra todo el carbono que durante años le hemos arrebatado. Y para ver lo importante que es el carbono, solo hay que saber que un suelo que incrementa su carbono en un 1%, puede retener hasta 140.000 litros de agua por hectárea adicionales al año.

Compostar residuos orgánicos, mantener cubiertas vegetales, integrar a los animales en el viñedo y trabajarlo mediante tracción animal son algunas de las prácticas más beneficiosas que deberíamos llevar a cabo en nuestro paisaje para reactivar la vida que hay en él.

La agricultura existe desde hace 8.000 años. En sus inicios se basó en la fuerza del ser humano ayudada por algunos instrumentos agrícolas, hasta que aproximadamente 4.000 años a.C., empezó a emplear la tracción animal como sistema de cultivo. Hace tan solo 100, con la mecanización del trabajo, llegó el tractor, y ahora prácticamente nadie se plantea trabajar un viña sin él. Una herramienta que ha traído comodidad a nuestras vidas, pero no calidad para nuestro planeta. La tracción mecánica sin medida ni control es sin duda uno de los mayores enemigos del suelo, lo desnuda de vida, lo impermeabiliza. Y un suelo impermeable no puede absorber el agua. Además, erosiona la tierra y, por lo tanto, provoca la pérdida de suelo.

Lo ideal es que las raíces desciendan lo más profundo posible hasta llegar a la roca madre, y lo consiguen gracias a la interacción de los insectos que habitan en la tierra. Las raicillas solubilizarán y absorberán minerales presentes en la roca mediante un proceso físico-químico. Este es otro de los procesos que incide en la nombrada mineralidad.

La tracción animal, en cambio, tiene múltiples beneficios no solo para la tierra, ya que favorece el drenaje del agua, la proliferación de las raíces y su capacidad de llegar hasta la roca madre, sino para quienes la pisan y la trabajan, e incluso también para todo el sistema económico y socio cultural que nos rodea. Veamos algunos de estos beneficios:

  • Agronómicos: evita los efectos negativos que conlleva la excesiva mecanización, como la compactación del suelo y la consecuente pérdida de rendimiento de los cultivos. En zonas con graves problemas de compactación pueden llegarse a alcanzar pérdidas de hasta el 60% de rendimiento. Se estima que, de media, la compactación reduce el potencial de rendimiento entre un 10 y un 20%.
  • Ecológicos: se disminuye la presencia de humos, gases, residuos y ruidos en el medio ambiente, causantes directos de la degradación del paisaje.
  • Económicos: la agricultura cada vez es más dependiente de insumos externos, sobre todo del petróleo. Bartlett (1978) dice que “la agricultura moderna se basa en el uso de la tierra para convertir petróleo en alimentos”. Esto es un problema, entre otras razones, porque la producción mundial de petróleo está en declive, situación especialmente importante teniendo en cuenta que España está entre los países de la UE con mayor dependencia de combustibles fósiles, ya que importa un 98% de los que consume (la media europea es del 73%).
  • Socio-culturales: es una fuente de trabajo que evitaría el grave problema de despoblamiento y, por lo tanto, la falta de mano de obra para determinadas operaciones que sufre el medio agrario y rural.

Además de todos estos beneficios, trabajar el suelo con tracción animal permite al viticultor acercarse mucho más a la tierra, sintiéndola, observándola y ser más sensible a percibir las necesidades de cada parcela.

El caballo permite labrar la tierra sin compactarla como lo haría un tractor, favoreciendo el drenaje del agua, la proliferación de las raíces y su capacidad de llegar hasta la roca madre

En nuestra zona, el Penedès, es emocionante ver cómo son ya varios los viticultores que vuelven a recurrir a la tracción animal para cultivar sus tierras. No es solo una cuestión de moda o de recuperación de tradiciones, sino una cuestión de principios, de filosofía de trabajo. Como todo en esta vida, tiene ventajas e inconvenientes pero, sobre todo, tiene un objetivo. El nuestro es el de tener un suelo vivo, en el que las plantas puedan dar su máxima expresión, que el fruto que obtengamos de ellas una vez convertido en vino tenga personalidad propia y represente nuestro terroir, es decir, un clima, una geología, una topografía y un suelo con su microbioma (Bourguignon, 2019). En Gramona apostamos por la tracción animal para cumplir con ese objetivo, lo que no significa que dejemos de lado los avances tecnológicos. El tractor es una herramienta útil, pero debe ser usada de manera moderada.

El empleo de la tracción animal para el cultivo no es un requisito de la biodinámica. Es una práctica complementaria. En definitiva, una herramienta más que tenemos para cambiar las cosas. Y precisamente la biodinámica, una viticultura también complementaria a la ecología y no alternativa, nos enseña que la base de la evolución de cada uno está en la observación constante, y, sobretodo, en el saber compartir entre vignerons del mundo prácticas innovadoras y distintos protocolos de trabajo. Inspirar a otros para que los pongan en práctica (en su contexto) e incluso se los hagan propios. Tenemos mucho que aprender, y es necesario y prioritario crear indicadores mediante la observación de nuestro viñedo y los efectos de nuestras prácticas. Este trabajo llevamos años realizándolo con nuestros compañeros agricultores de Alianzas por la Tierra, grupo hoy de 12 viticultores que colaboran estrechamente con Gramona en el Penedès.

Dentro de nuestra voluntad de crear un código de buenas prácticas en un futuro y compartirlo con otros viticultores, hemos iniciado también alianzas más allá de nuestro territorio. A raíz del último Congreso anual del Mouvement de l’Agriculture Bio-Dynamique, el organismo de desarrollo de la biodinámica en Francia, coincidimos con Château l’Hospitalet, ubicado en la región vinícola francesa del Languedoc, y el bordelés Château Palmer. Bodegas con las que compartimos objetivos y maneras muy cercanas de trabajar. Encuentro del que salió una Alianza con el propósito de compartir nuestros aprendizajes y descubrir así cómo favorecer la vitalidad del viñedo y combatir la sequía que acecha desde hace ya varios años nuestras tierras.

En un suelo sano puede haber miles de millones de microorganismos por hectárea, insectos, arácnidos, gusanos, etc. Tienen importantes funciones como la formación de conglomerados bacterianos que conservan la humedad y alimentan las raíces, la construcción de galerías que contribuyen al drenaje del agua, la oxigenación de la tierra y el intercambio de nutrientes en las distintas capas, la regeneración de raíces o la prevención de la erosión.

Hoy ya trabajamos y compartimos nuestros ensayos y experiencias priorizando temas como el abono o el compost vegetal versus el animal, el incremento de nitrógeno asimilable, la disminución de las dosis de azufre en la lucha contra el oídio mediante leche fresca, el refuerzo del uso de plantas como la cola de caballo o la ortiga para disminuir el efecto de golpes de calor y de mildium, o la prevención de la yesca mediante una poda de respeto que ayuda a cicatrizar mejor la planta, entre otros.

Pero lo más destacable de nuestros años trabajando en agricultura ecológica y biodinámica es el aprendizaje que hemos hecho al volver a trabajar la tierra con caballos. Algo que no se enseña en universidades, ni cursos, ni libros. Hemos aprendido mucho más sobre cada una de nuestras viñas, sobre cada suelo, sobre el momento en el que se puede entrar a trabajar, sobre los tiempos, sobre la importancia del vínculo con el animal. En resumen, creemos que nos ha llevado a otra dimensión de la viticultura.

Empezamos en 2014 y hoy seguimos aprendiendo con la incorporación en estos seis años de cuatro caballos a la viña. Estos cuatro compañeros de trabajo son Chick, un bretón, Altaïr, un percherón, Divine de Las Ardenas y Corsaire, un trait du Nord. Con ellos y gracias también al incansable esfuerzo y empeño de nuestro equipo, hemos hecho realidad un sueño: trabajar con tracción animal 22 hectáreas de nuestros parajes, donde cultivamos las uvas para elaborar el III Lustros, Celler Batlle y Enoteca. Un caballo es capaz de trabajar hasta siete hectáreas durante el ciclo vegetativo cuando las piezas están bien engranadas. Pero son seres vivos y sus cólicos, resfriados, anemias y estados hormonales también les afectan.

Para cerrar el círculo de la biodinámica, donde la biodiversidad del entorno es uno de los mayores tesoros que se pueden alcanzar, Gramona cuenta con una granja en el corazón de sus viñedos donde conviven caballos, ovejas, vacas, gallinas, ocas, burros, pavos reales e incluso halcones. De esta manera se pueden obtener los elementos necesarios para la elaboración de los preparados y el compost, además de nutrir el ecosistema de la finca. Aprovechamos las asombrosas relaciones simbióticas entre animales, plantas y vida en el suelo, recuperando el capital natural que se regenera mediante los sistemas de policultivo e integrando animales para reintroducir el CO2 en la atmósfera de forma espontánea.

Desde el año 2012 en Gramona contamos con la inestimable contribución de un rebaño de vacas de la Albera, procedentes del Pirineo. Se encargan de limpiar los bosques que rodean nuestras viñas, aportando vida y equilibrio a nuestras tierras. Con su presencia nos esforzamos por alcanzar uno de los tres principios básicos de la biodinámica: favorecer la interrelación de los reinos mineral, vegetal y animal. Con su boñiga también hacemos los preparados biodinámicos 500 y el Maria Thun, que se emplean para la activación de los microorganismos del suelo y estimulan el crecimiento de las raíces principales y de las capilares, que a su vez favorecerán la absorción de minerales. También refuerzan el proceso de formación de humus en la tierra

En definitiva, intentamos recuperar prácticas agrícolas que nuestros abuelos empleaban ya en su día. Un aprendizaje que hemos obviado durante años y que hoy volvemos a recuperar con el objetivo ya no de sostener lo que tenemos, sino de volver a construir, de regenerar lo perdido. Somos conscientes de que es la tarea de nuestra generación, porque no solo la personalidad de nuestros vinos, sino también la salud de nuestros suelos, nuestra salud y la salud de nuestro planeta dependen de ello.

Lo mejor de todo esto es tomar consciencia de que tenemos un camino enorme por explorar. En Gramona esta forma de trabajar y de tratar la tierra para que dé de sí el mejor de sus frutos empieza a echar raíces, pero somos muy conscientes que todavía hay mucho por hacer. Por eso creemos firmemente en las alianzas, indispensables para conseguir cambios reales. Y compartir lo que uno aprende es la mejor manera de seguir creciendo.

Jaume Gramona, enólogo y viticultor, fundador de Aliances per la Terra
Forma parte de la quinta generación de la familia Gramona, una familia de tradición vitivinícola desde mediados del siglo XIX. Trabajador expeditivo y con un innato carácter creativo. Jaume Gramona, investigador insaciable de los secretos del vino, es enólogo y director técnico de la bodega familiar. Diplôme National de Enología por la Universidad de Dijon (Bourgogne), el 1984. Desde 1989, també es profesor asociado de la Facultad de Enología de la Universidad Rovira i Virgili, en Tarragona, en materia de vinos espumosos.

Teresa Martínez, responsable de viticultura en Gramona
Trabajadora incansable, perseverante y enamorada de la tierra y de los animales. Esta joven promesa riojana llegó al Penedès hace 5 años después de licenciarse como ingeniera agrónoma para ponerse al frente del trabajo en el campo en Gramona como Responsable Vitivinícola. Durante todos estos años se ha formado en agricultura biodinámica en España, Francia e Italia.

Foto de Jaume Gramona [cabecera] © Toni Galitó

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