Toscana 2018 por Andrea Franchetti

Una singular cosecha en Trinoro

Tras el sofocante verano de 2017, dimos la bienvenida a un año con unas temperaturas más regulares y frías. A medida que nos acercábamos a finales de agosto, observábamos unos racimos de mayor tamaño de lo habitual, no demasiado dulces para la época e inusualmente suaves desde el principio. Gracias a estas temperaturas más frías, las cepas fueron capaces de madurar tanto en lo referente a las uvas y a los taninos de manera precoz; fenómenos que habitualmente se retrasan a causa de las elevadas temperaturas de agosto. Las pieles, delgadas como eran, lucían un increíble avance en su coloración: ¡teñían los dedos! Generalmente, eso no sucede hasta mediados de octubre. Resultaba misterioso, fascinante. Esta añada iba a ser singular.

Con el otoño a la vuelta de la esquina, un clima frío y húmedo entró en el valle, y la luna en cuarto creciente aceleró las cosas.

Los últimos días de verano, la plata de la luna nueva nos había tenido mareados. A partir del 21 de septiembre, el merlot incrementó repentinamente su densidad: eran señales de los astros. Las uvas se mostraban oscuras y suaves, y comenzamos a llevar a bodega veinte toneladas de merlot al día. El jugo era bajo en alcohol, alto en acidez, exuberante en sabor; merlots complejos que recordaban a los de Saint-Émilion. Empezamos antes que nunca, con dos grandes lotes según maduración final que acabaron el día 23. Más tarde, de repente, los vientos azotaron el valle, que se enfrió con la luna nueva el día 25: un fuerte descenso de las temperaturas, tanto diurnas como nocturnas, pese a que el sol punzaba abrasaba durante el día –¡todo el día, hasta avanzada la tarde! –, contribuyendo así al estrés hídrico de las plantas.

Fueron pasando los días, sin una sola gota de rocío por las mañanas, y de las plantas seguían colgando aquellos extraños racimos de 2018. Un año en el que tuvimos racimos enormes por primera vez en nuestra historia, pero en los primeros días de octubre, cuando llegaron los vientos fríos y secos, la fruta comenzó a perder agua y las bayas empezaron a ablandarse. Las plantas no eran capaces de realizar el último esfuerzo para acabar la maduración, y algo tenía que pasar. Ante esta situación, no podíamos recoger todavía las uvas (demasiado deshinchadas, pero rebosantes de dulzor), así que rociamos los campos para darles ese último empujón a las uvas. Diez horas más tarde, estaban hinchadas de nuevo, resucitadas tras estar hechas puré. Pocos harían esto antes de la vendimia, pero este fue un año completamente diferente.

Tras rociar los viñedos, recibimos una auténtica lluvia sobre aquel secarral; después, ya avanzada la temporada, el sol –bajo, naranja– de nuevo aguantó hasta la última luna nueva. Todo volvió a ser profundo y maduro. El cabernet franc empezó a entrar en bodega dos días después de la luna nueva, en pequeñas pasadas de vendimia y, después –el 10 de octubre–, una enorme recolección procedente de las llanuras y del cru Magnacosta. Paramos unos días, a fin de esperar a aquellas uvas todavía duras de los viñedos más altos; y luego nos lanzamos a otra gran y definitiva recolección en Camagi y otros viñedos maduros de la montaña. Un inesperado récord de vendimia, con verdaderos convoyes de remolques y pick-ups alineados frente a la bodega hasta bien entrada la noche, con los faros alumbrando en todas direcciones. Todo esto pasó el día 14 y el resto de parcelas se cosecharon al día siguiente.

Entonces, en el bosque, nacieron las setas.

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