Viva la revolución

Por Tomàs Cusiné

Entré en contacto con el vino a raíz de otros conocimientos, como quien hace un amigo. De muy joven disfruté del trabajo en el campo en plena naturaleza. Heredé la pasión de mi padre por la tierra, el sector agrícola y su mecanización; él fue pionero en la introducción y desarrollo de la maquinaria agraria en nuestro territorio. En un contexto en el que todo era en el campo, tuve la oportunidad de colaborar en diversas tareas como la cosecha de la fruta, la recolección del trigo y secado y maíz, la siega, empacado y deshidratación de alfalfa, el desarrollo y montaje de maquinaria y aperos agrícolas, con los consiguientes viajes que implicaba la comercialización de estos productos.

Cuando en 1982 mi padre se lanza y da un paso crucial en su trayectoria profesional con la adquisición de la finca histórica Castell del Remei, mi vida da un giro inesperado y decisivo. Sin darme cuenta, la uva y el vino entran a formar parte de mí, todo un mundo desconocido que entonces quiero y debo conocer, todavía más ligado a la tierra, en el cual no prima la producción, y con muchos valores que sentía todavía por descubrir.

Fueron años de aprendizaje diario. Las reglas del vino estaban todas escritas, las variedades sí o sí tenían que ser foráneas, y más en la larga historia con la cabernet sauvignon y variedades francesas que tenía Castell del Remei como bodega pionera en su introducción a la Península. Todo era obvio en la gestión de la viña; no había dudas. El suelo poco se valoraba, la cosecha era práctica y las fermentaciones largas y controladas con un obligatorio paso por barrica de los vinos resultantes. Los estudios enológicos y la tecnología nos daban normas de uso, una especie de manual de instrucciones en el que confiar plenamente y que gratamente aportaba unos resultados mucho mejores que en épocas pasadas. Fueron unos años de preguntas concretas y respuestas precisas durante los que el viticultor, el elaborador, el conocedor y el mercado estaban en comunión. Años en que la revolución del vino español se inició y avanzó en gran medida. La exportación de los vinos alrededor del mundo dio un paso de gigante y España se empezó a considerar como el país elaborador de vinos de calidad, en un momento en el que Francia e Italia eran omnipresentes y cuando muchos otros lugares empezaban a despertarse.

Pero el conocimiento adquirido con la experiencia me empujó a hacer las cosas como intuía que era necesario hacerlas, a ir más allá de los preceptos y métodos establecidos. Sentí la llamada del terruño, de la montaña. Y, como miembro de una nueva generación, me rebelé y decidí aventurarme. De hecho, en los últimos quince años, el vino ha evolucionado en algo menos académico, más heterodoxo, ecléctico, heterogéneo, inconformista, pasional y mágico. Ahora, cuando ya llevo más de treinta vendimias, es tiempo todavía de muchas preguntas con muchas posibles respuestas.

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La viticultura se ha posicionado merecidamente como el santo grial del vino, las prácticas en el campo van en busca de la vida, de la verticalidad, de la pureza. La cepa se merece un trato mucho más respetuoso, nos da la vida si se la damos. No somos meros gestores de la viña; nos hemos convertido en parte de ella. Tenemos que entender sus necesidades. Acompañarla en el arraigo a la tierra y en la creación de los frutos. Ya no hay ninguna duda, la gestión orgánica, biodinámica, regenerativa… impera, y la viticultura ha tomado un camino mucho más cercano con su entorno, la naturaleza y el cosmos. La búsqueda del paisaje es transcendente, el paraje donde todo entra en comunión es vital, la radicalidad se impone, se rompen todas las reglas rechazando el hasta ahora libro de instrucciones. Uno se da cuenta de otros valores y prácticas ancestrales se recuperan. La diferenciación son los retos que nos llevarán a conseguir nuevos hitos.

El vino evoluciona, al compás de la sociedad, con un vértigo insospechado. El consumidor es más joven y a la vez más maduro y exigente. Es más gastrónomo y valora el momento y el placer que el vino emana. Pide respeto e individualidad, reclama proximidad y sinceridad. Sin prejuicios ni corsés valora el frescor, la fragancia, la fruta, la delicadeza, los taninos suaves, los aromas intensos, persistentes. El color no importa tanto. Todavía no entiende demasiado la nueva tendencia de los vinos de cariz más emocionales, pero sin duda lo hará influenciado por el conocedor, sommelier o prescriptor que ya hace días que emprendió la búsqueda de nuevos valores apreciando en buena medida razones que se creían abandonadas. Las calidades locales dominan, las variedades casi perdidas nos emocionan, las viejas regiones olvidadas se reconocen y se abre un nuevo abanico de aromas y sabores hasta ahora poco valorados. De los hasta ahora considerados defectos se aprecian virtudes y la exquisitez toma en parte el testigo de los vinos potentes, tánicos y estructurados de gran estima.

Y sí, surge una nueva generación de gente joven vinculada a la tierra y a la red, leída y viajada, formada y culta, multicultural, multiconceptual, sin complejos y descarada que rompe esquemas iniciando una nueva revolución del vino en este país cuando todavía no ha finalizado la primera. Una generación libre y dinámica que trata el vino con pasión, dedicación y esfuerzo y que dejará una gran huella, no tan sólo como pequeños elaboradores de vinos singulares. Seguro que su influencia se está haciendo patente en los grandes elaboradores que actualmente ya se preocupan por poner en práctica la filosofía de los más cuidadosos. Y es que con la proliferación de bodegas que vive nuestro país, los llamados pequeños toman el lugar de las grandes, principalmente en las cartas de los mejores restaurantes que quieren ofrecer a su comensal esta nueva versión haciéndolo sentir especial.

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Para mí, la ya larga relación que mantengo con este carismático amigo –sincero, directo, sorprendente, culto y educado– es un recorrido intenso y enriquecedor que consiste en estar siempre pendiente de él. Aprendo día tras día de lo que me aporta el vino, y año tras año me muestra lo que escinde. Me transmite con su mágica conversación emocionantes secretos todavía por descubrir. Aspiro a hacerlo también con el que cata mis vinos. Con él comparto la vida, ilusiones y esperanzas.

Tomàs Cusiné
El empresario vitinicultor Tomàs Cusiné Barber, de 53 años, es propietario de las bodegas Tomàs Cusiné, Castell del Remei, Cérvoles Celler y Cara Nord. Hace 32 vendimias que se inició como elaborador en la bodega familiar de Castell del Remei, empresa con la que, buscando el terruño y los viñedos de montaña, en el año 1997 adquiere Cérvoles Celler. En la misma zona, en 2003 decide emprender un proyecto personal que se convierte en la bodega que lleva su nombre, en el pueblo de El Vilosell. Experto en la DO Costers del Segre, traspasa los límites de la demarcación creando Cara Nord Celler (DO Conca de Barberà) y elaborando el vino Mineral (DO Montsant). Su tarea de enólogo delata su maestría en el ensamblaje de vinos, por lo que se le conoce como uno de los grandes exponentes en la materia. Es, desde su fundación, presidente de la asociación enoturística Ruta del Vi de Lleida-Costers del Segre.

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Este artículo tiene 2 comentarios

  1. jose l quintana Reply

    Somos los distribuidores, clientes y tomadores de Cervloes y Tomas Cuisne en Puerto Rico. Ffelicidades Tomas por tan buen articulo y por tus vinos!!!!

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