Vivir con volcanes. Destrucción y creación.

Por Rayco Fernández

“La gente nunca cree en los volcanes hasta que la lava les alcanza”. George Santayana.

A Plinio el Viejo se le considera, de manera jocosa, el primer turista de las islas Canarias. El escritor y militar romano rondó Lanzarote hace unos 2.000 años y dejó buena constancia de ello. Su viaje fue lo que sería hoy un viaje organizado, una expedición que financiaba el Rey de Mauritania. Puede que, aunque por aquel entonces no existiera la maravilla natural que hoy conocemos como Timanfaya, al bueno de Plinio le gustara Lanzarote. El destino, caprichoso, le dejó preparado su óbito a los pies de otro volcán. Cuenta la leyenda que se acercó demasiado al Vesubio en la erupción que acabó con la mítica ciudad de Pompeya. Hoy día Canarias sigue siendo un destino turístico seguro a pesar de que suframos cada cierto tiempo las consecuencias de vivir en una tierra con actividad volcánica.

Cuentan que fue exactamente la noche del 1 de septiembre de 1730 cuando, a dos leguas de Yaiza, en el lugar donde hoy se encuentra el Volcán del Cuervo, la tierra se abrió repentinamente y estuvo escupiendo fuego durante 9 o 10 días. Aseguran que se escucharon las explosiones desde Tenerife. Comenzó entonces una parte de la historia reciente de Lanzarote, quizás de los pasajes más conocidos de Canarias. Hay diversidad de criterios y versiones; lo que allí sucedió algunos historiadores lo dan por zanjado seis años después, pero otras voces niegan que así fuera, ya que quienes escribían sobre lo ocurrido, no recogieron por escrito aquel presunto final de 1736.

Lo cierto es que los episodios volcánicos se fueron produciendo intermitentemente, con épocas de calma y otras de furor, dejando constancia de aquello los párrocos que por allí anduvieron. Las crónicas dicen que los truenos y la lluvia de ceniza se hicieron muy habituales, que los habitantes de algunos pueblos o aldeas emigraron hasta zonas de la isla más seguras. Tiempo después, si la lava no había alcanzado sus viviendas y si los volcanes permitían una tregua, regresaban a sus casas.

Me interesa especialmente lo que les ocurrió a esos habitantes, antes, durante y después de un episodio así de traumático. José de León, historiador de la Universidad de Las Palmas, que publicó una tesis sobre los pueblos sepultados bajo el volcán, y que nos ayudó aportando valiosa información cuando creamos Puro Rofe Viñateros, describe en sus textos la friolera de 40 aldeas sepultadas. En su momento, alrededor de 2.000 personas habitaban aquellas aldeas, el 25% de la población y el grueso del motor económico de la isla, pues esas eran las tierras más fértiles de toda la zona.

Mapa de la zona de erupción de Lanzarote

La lava sepultó con violencia Tingafa, Chimanfaya, Mancha Blanca, Maretas, Santa Catalina y otras aldeas. Durante aquellos años también dejó hechas cenizas Iñaguadén, Gerias y Macintafe. La población de estos pueblos se vio obligada a desplazarse dentro de la isla; algunos optaron por emigrar fuera. A veces imagino lo difícil que tuvo que ser vivir aquello, pero creo que el esfuerzo de imaginarlo es totalmente baldío. En la dezmería de Timanfaya, en los 150 kilómetros cuadrados que hoy en día conocemos como campos de Malpaís, y en sus volcanes, se contabilizaban algo más de 9.000 fanegas de trigo y casi 30.000 de cebada, por eso era conocida como el “granero de Canarias”.

El Gobierno de la isla –es decir, el Cabildo– pidió por carta al monarca (cabe recordar que entonces otro Felipe reinaba) una rebaja de impuestos. No sabemos si hizo caso a la petición, pero lo que sí consta era la preocupación latente para que la isla no se despoblase; por aquello de la geopolítica se sabía que habían otros reinos que, aún con erupciones, se plantearían ocuparla.

Además, en los años sucesivos a esas erupciones, se llegó a sufrir en la isla, por este orden: sequía, gripe, paludismo y un sinfín de desgracias que hicieron de la vida en la isla un auténtico infierno. A tales niveles llegó que incluso se prohibió, bajo pena de muerte, abandonar la isla. Casi nada.

Hago mención a Lanzarote pero no puedo dejar atrás Tenerife con casi 300 volcanes. En el Valle de la Orotava una de nuestras grandes zonas de producción de vinos, muchos de gran calidad, hubo erupciones poco antes de la conquista de las islas. A finales del año 1704, y durante pocos días, el volcán Siete Fuentes entró en una violenta erupción. Una historia que siempre me ha encantado relata que un obispo isleño, ante la desesperación de sus feligreses, decidió tomar cartas en el asunto como buenamente pudo. Subió a lo alto de las montañas y ofició un señor exorcismo porque, según la gente del pueblo, aquellas montañas estaban malditas. Proyectos vinícolas de reconocido prestigio como Envínate o Ignios tienen viñedos muy cerca de aquel lugar donde todo en su día fue cenizas o lava: Chinyero, Arenas Negras, Arafo, etc.

En otra isla maravillosa, El Hierro, en determinadas épocas del año, se sufría tal magnitud de sismos que la población salía con sus camas a la calle y allí pernoctaba. Hasta existía un plan de evacuación de todos sus habitantes que contemplaba enviarlos a la isla de Fuerteventura, tierra fértil y con espacio de sobra. Parece ser que la erupción submarina de 2011, que seguro que algunos recordarán, no fue la única de ese tipo. Esos terremotos que sentía la población se resolvían en las profundidades del océano para la suerte de los herreños.

La Palma –como ya sabemos por rigurosa actualidad– es otra isla que tiene experiencia en este asunto de que se abra la tierra. Hay testimonios escritos desde 1581 sobre los efectos de las erupciones y cabe destacar que, afortunadamente, apenas se han registrado fallecidos. El de Teneguía, en 1971, fue justo el anterior al que la isla está sufriendo en estos momentos. Algunas personas todavía recuerdan que las campanas de la iglesia de Fuencaliente comenzaron a tocar por sí solas. Aquello fue 24 horas antes del comienzo de la erupción; las poblaciones de Los Quemados, Las Indias y Las Caletas pudieron evacuar y, a pesar de algún susto por salvar los barcos de la Playa de San Juan, no hubo que lamentar apenas daños en las viviendas. Nuestra admirada bodeguera Victoria Torres tiene un vínculo con los volcanes más que anecdótico; hace justo ahora 50 años que su padre vendimiaba a escasos metros del volcán de Teneguía. Por suerte, a ella esta vez le ha tocado un poco más lejos, aunque sí ha notado sus consecuencias.

En este enlace se puede ver a un joven Juan Matías Torres con su cuadrilla de trabajo y el Teneguía a sus pies.

“Recuérdame que las tierras más fértiles fueron construidas por el fuego de los volcanes”. Andrea Gibson.

Los volcanes, que destrozan lugares habitados o cultivados, también llenan de escoria o ceniza zonas que incluso están algo alejadas de los conos volcánicos por los que escupen la lava. Pero ojo, hay un elemento asociado a los volcanes que en Canarias llamamos de diferentes formas y que el agricultor ha sabido aprovechar desde hace mucho tiempo; técnicamente se hace llamar lapilli, pero en Lanzarote es más conocido como rofe. En El Hierro, sin embargo, como en Jable, y en general en todas las islas, lo conocemos como picón.

Viñedo El Hierro Bimbache Vinícola

En Lanzarote, tras los acontecimientos que describí anteriormente ocurridos en Timanfaya, los agricultores recurrieron al bendito rofe. El sistema de cultivo más usado se llama enarenado: se trata de limpiar los suelos y cubrirlos con unos 15-20 centímetros de picón, pues así el suelo mantiene la humedad durante meses. Este sistema guarda cualidades higroscópicas que hacen filtrar el agua de la lluvia o la condensada de las noches, conocida como relantada.

Hoyos Lanzarote-Chupadero grandes hoyos

Hoyos Masdache

Por si fuera poco, el rofe consigue un efecto denominado mulching, que viene a ser, grosso modo, un efecto tampón. Mantiene la temperatura y retiene esa humedad que ha filtrado al subsuelo. Cabe resaltar que estas capas de rofe evitan las escorrentías, y aunque no llueva mucho, cuando lo hace es por minutos y de manera muy intensa. Puedo dar fe de ello.

Pero en zonas con más profundidad de rofe, como La Geria, fotografiada por muchos e icónica estampa de la isla, se tuvo que ir un poco más allá. Teniendo en cuenta que existen zonas que quedaron cubiertas por más de 3 metros de rofe, el campesino tuvo que cavar hasta crear los conocidos hoyos de la Geria, Tisalaya, Juan Bello, Masdache que, dependiendo de la zona, son más o menos profundos. Además de hacer estos hoyos, también tuvieron que protegerlas de los fuertes vientos con lo que hoy llamamos socos, muros de piedra que son auténticas obras de arte. El viticultor era tan consciente de lo frágil del ecosistema que habitaba que siempre cuidó sus socos y sus muros. Sabían que era esencial para trabajar bien la tierra en un lugar con un clima subdesértico y con épocas del año bastante ventosas.

Me pregunto qué pensarían los habitantes de aquella Lanzarote del XVIII si alguien les hubiera contado que, tras aquella debacle económica y paisajística, un día todas esas tierras serían Parque Nacional, que allí se cultivaría nuevamente, habría incluso nuevas carreteras –se hicieron las primeras para una visita del Generalísimo– y las visitaría más de un millón de turistas al año.

Gráfico de enarenado

En mi modesta opinión, el término “viticultura heroica” está tan manido que ha llegado a perder fuerza. Me explico, lo he escuchado o leído con tanta asiduidad que, en algunos casos, llega a chirriar. Y siempre que esto ocurre pienso en uno de los sistemas de cultivo de la isla de Lanzarote que más me impresionan: los chabocos. Una técnica titánica y casi suicida que consiste en romper o moldear en las coladas de lava hasta llegar al suelo vegetal para plantar viña –moscatel– , higueras, duraznos, guayabos y otros árboles frutales. Hay quienes incluso llegan a protegerlas de los animales y el viento con muretes de piedra. 

Foto de chaboco –del portugués cavoco– Puro Rofe Viñateros

Los enarenados, los hoyos tradicionales e incluso los chabocos son el resultado del enorme ingenio de los campesinos. Son técnicas que nacen de la tragedia y de la más severa de las necesidades. Hoy en día, Lanzarote, con sus sistemas de cultivos adaptados al territorio y la naturaleza existente, representa un gran ejemplo de soberanía alimentaria, de valor paisajístico y ambiental. 

En el resto de islas, las erupciones y la viticultura han estado también muy ligadas. Nuestros vinos sin volcanes no existirían, al menos tal y como los conocemos. Podría decirse que conviven de una manera magistral.

Viñedo en Santiago del Teide. Las Arenas. Envínate.

Las viñas con suelos pobres son el denominador común en las islas. Los suelos ácidos o de mapasei o mazapé, como conocemos a los suelos de arcillas con piedras, y aquellos con enarenado son habituales no sólo en Lanzarote, también en el resto de islas. De este modo, podemos ver viñas con capas de picón, pero también algunas en terrenos con gran inclinación, bancales, cordón trenzado, parrales, etc.

He pasado de puntillas por la historia volcánica reciente y he subrayado el gran ingenio de los campesinos de Canarias, pero no olvidemos que las islas, en esto del vino, son la suma de muchos más elementos que los volcanes; el clima, las altitudes, los suelos, las variedades prefiloxéricas, los sistemas de cultivo… podríamos ahondar en ello, pero esa es otra historia, también fascinante, que quizás debieran escribir otros compañeros con más sapiencia.

Rayco Fernández
Hijo orgulloso de restauradores formado, como no podía ser de otra forma, en el sector de la hostelería. Ha trabajado como sumiller en diferentes restaurantes hasta que se convirtió en comerciante de vinos hace más de una década. Fundador de dos proyectos vinícolas en Canarias, uno en Lanzarote (Puro Rofe Viñateros) y otro en la pequeña isla de El Hierro (Bimbache Vinícola). Promotor del Festival de Vinos iNNoble, que se celebra cada dos años en Sanlúcar de Barrameda. Siempre está tramando algo y, a veces, duerme seis horas. 

Bibliografía y agradecimientos a; Archivo de Teguise/José de León/Asociación Volcanes de Canarias

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