Tras la mayor sequía, emociones de un tiempo antiguo

En casi toda la Península Ibérica, el año 2021 empezó con un nombre propio: Filomena. El gran temporal de precipitación de nieve extendió uno de los más espectaculares mantos blancos que recuerdan las crónicas.

Las zonas de monte de Rioja Oriental se cubrieron de nieve. Diez centímetros en nuestras viñas de las laderas de Yerga y temperaturas muy bajas. Durante unos días, la cortísima oscilación térmica entre día y noche acentuó la sensación gélida, pero el intenso episodio de frío pronto pasó para dejar paso a un invierno de cierta suavidad y de sequía prolongada, inacabable. 

La sequía. Hablábamos de nombres propios, de Filomena, de temporales… Pero el auténtico protagonismo fue el del tiempo seco, dramática presencia que ya parece haber dejado de ser puntual para constituir el contexto persistente de nuestras vides. Así estamos y, para cuantificarlo, sólo hay que dar el dato pluviométrico de febrero a mayo: únicamente 73 litros en esos cuatro meses tan fundamentales para generar el lecho de humedad que las plantas requieren. 

Tal escasez de reservas limitó el desarrollo de la vid y determinó los trabajos de campo. El año empezaba a dejar ver el que sería su principal rasgo: el reto de una viticultura muy trabajada especialmente con la vuelta a los laboreos frecuentes de la tierra, las labranzas.

Un verano como los de antes

Y así, con aridez acumulada y temperaturas normales, fuimos avanzando hacia el inicio estival. A diferencia de los últimos años, el verano empezó fresco, con temperaturas muy tímidas para la época. El paso de las semanas nos iba definiendo una estación extraña, que nos recordó a los veranos antiguos de las tierras continentales. 

Bajo una absoluta carencia de lluvia, los largos y soleados días de julio y agosto desafiaron el viñedo hasta el extremo. Las vides parecieron encerrarse en su escasa coraza de vegetación aguantando a duras penas unas condiciones durísimas. Por fortuna, la moderación de las temperaturas alivió la vida vegetal, que tanta sed de hidratación arrastraba. 

En el viñedo observábamos continuamente los efectos de un tiempo seco y suave y actuábamos en consecuencia. Un solo ejemplo: este año, de forma excepcional, hicimos únicamente un leve despuntado de la masa foliar de las vides.

Explosión de lluvia pasajera

En otras circunstancias sería poco reseñable, pero las precipitaciones del 1 al 3 de septiembre, con sus más de 50 litros, constituyeron un respiro llamativo, que rozó la sorpresa. Para la vid, fue una aportación casi de urgencia: apagó momentáneamente la sed imperiosa, pero apenas dio volumen a las uvas. Al mismo tiempo, esas lluvias fuertes vinieron acompañadas de bochorno y humedad y saltaron las alarmas.

 

Atención, trabajo y cierzo

Nos adentramos en septiembre, mes decisivo, con condiciones meteorológicas complejas y, en la fruta, una falta de azúcar insólita. 

En un ambiente de preocupación general, tuvimos que trabajar intensamente. Temimos por la salud y la madurez de la uva. Cuidamos las plantas con tesón, día a día. Una vez más, admiramos esa suerte de autoestima que despliegan las cepas en los momentos duros. Sobre todo, ante los cambios meteorológicos radicales.

Atención y trabajo como nunca, ingredientes de una preparación intensa frente a la previsión de unas vendimias de gran complejidad, como así fueron. Esperamos y nos adaptamos. Analizamos y decidimos. Y en estas estábamos cuando a mediados de mes entró el cierzo por su canal de oeste a este, poniendo a cabalgar su carrera de salud y madurez. Su influjo alzó el azúcar normal de la uva, y el gesto de nuestros rostros cambió al fin.

Empezamos a vendimiar La Montesa el 28 de septiembre con una nueva organización más exigente, reduciendo a la mitad el tiempo que utilizábamos hasta ahora para vendimiar artesanalmente a mano las más de 100 hectáreas de cepas de Garnacha y semejantes.

El Quiñón de Valmira, se vendimió el día 10 de octubre con la felicidad de las uvas más chicas recolectadas hasta nuestros días.

Los vinos. Determinación y belleza

Hijos de unas uvas de dimensión muy discreta y a la vez de una gran determinación, los vinos rebosan estructura, dimensión y una clase inusitada. Pura frescura de fruta cítrica, una increíble acidez y una percepción de fragante frescura que persiste y se alarga.

En su presencia ascendente, tan deliciosa y bella, sentimos la más viva representación, física y emocional, del fresco y seco verano de 2021. Y también de la lluvia que llegó en el preciso momento límite de las plantas. Y así, con tales influencias discretas y capitales, el vino alumbra un latido seguro, tímido al principio, luego brío alegre. Siempre fina y eterna elegancia tras un color más intenso, más atractivo y refulgente que nunca. ¡Qué deliciosa añada empezamos a vislumbrar!

Datos relevantes Precipitación anual: 361 mm/15 cm nieve La Montesa – 376 mm/15 cm nieve Quiñón de Valmira. Temperatura media: 14,21ºC La Montesa – 13,58ºC Quiñón de Valmira Humedad media: 66,59% La Montesa – 67,56% Quiñón de Valmira Brotación: a partir del 22 de marzo en La Montesa y 29 de marzo en Quiñón de Valmira Floración: a partir del 31 de mayo en La Montesa y 8 de junio en Quiñón de Valmira Envero: a partir del 5 de agosto en La Montesa y 13 de agosto en Quiñón de Valmira

Fechas de vendimia Plácet: 4 de octubre La Montesa: del 28 de septiembre al 20 de octubre Propiedad: del 11 al 15 de octubre Quiñón de Valmira: 10 de octubre

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