CONSULTA TODOS LOS VINOS DE ÁLVARO PALACIOS EN VENTA A LA AVANZADA 2022

La lección de la uva en el año del calor
Abocado al lejano mar Mediterráneo, el ancho valle del Ebro es tierra de extremos. De vientos del oeste persistentes, nieblas invernales, aridez marcada y altos termómetros en el cenit del verano. Estos grandes rasgos climáticos, combinados con un factor geográfico tan importante como la ubicación del piedemonte de las estribaciones del Sistema Central, han permitido desarrollar una viticultura tradicional de gran identidad.

Ahí está nuestro gran viñedo de garnacha en las tierras altas de Alfaro, en las faldas de la sierra de Yerga. Ahí está, en perfecta armonía con el entorno, incluso bajo el más largo y apabullante verano que hayamos vivido desde que tenemos memoria. La añada 2022 simbolizará para siempre el calor excesivo, la extenuación, las dificultades agronómicas al límite. ¿Viviremos otra igual? Ante la evidencia de que la crisis climática se acelera, ya no podemos descartarlo.

La normalidad se llama sequía
Salimos de 2021 con cierto optimismo, tras las lluvias generosas de noviembre y primeros de diciembre. Hasta 90 litros registramos en La Montesa. Pero la dicha se empañó entrado el año 2022, con precipitaciones casi nulas a lo largo de enero y febrero. Los inviernos de Rioja Oriental siempre han sido bastante secos, pero la persistente sequía parece convertirse en la situación normal.

Las primeras semanas de primavera trajeron algo de humedad. Las temperaturas se situaban en rangos habituales, quizá algo más suaves que la media. Un pequeño salto térmico a mediados de abril se convertiría en tímido anuncio de lo que íbamos a vivir sólo un mes después: el mayo más caliente.

La primera oleada de calor, tan temprana y tan intensa
Por más adjetivos que busquemos, se nos hace difícil describir lo vivido en el mes de mayo. Durante días las temperaturas sobrepasaron los registros más propios del verano. Valores medios por encima de 25 grados, incluso tocando puntualmente los 30, ilustran a las claras la situación, tan insólita en una primavera. El calor se abatió por toda la cuenca del Ebro, provocando un crecimiento descompasado de la vegetación.

Percibimos enseguida las extrañas circunstancias meteorológicas que envolvieron nuestros paisajes, los toques de atención climática se aceleran y acumulan. Empezamos a temer por la viabilidad de muchos cultivos y, en medio del drama, observamos una vez más la extraordinaria personalidad de nuestro viñedo de inspiración tradicional. ¡Qué comportamiento modélico el de las viejas garnachas en las laderas del monte de Yerga!

Desplomes y cúspides térmicas
Junio se presentó con otro de esos fenómenos propios de un clima que evocan el asombro: una súbita caída de la temperatura, con un desplome del orden de 20 grados en cuestión de dos días. Y luego, vuelta a subir, para instalarse, con vocación de permanencia, en medias altísimas por espacio de un mes.

El momento culminante del verano estuvo, pues, definido por el agostamiento más inflexible. Plantas, animales y personas vivían como agazapadas e indolentes frente al cálido espacio en que se transformó el valle y las sierras.

 

Rigurosas decisiones
Veíamos, en el fragor de las semanas veraniegas, que las vides reclamaban ayuda. Y se la dimos en forma de un laboreo persistente y un esfuerzo por preservar la cobertura de hojas más adecuada. El aire calmo nos mantenía alerta para aprovechar cualquier mínima entrada de un soplo de frescor.

La cara positiva fue el sobresaliente estado sanitario de la uva. En ausencia de humedad, plantas y racimos brillaban de salud, aun cuando su equilibrio siempre estaba en precario por las exigentes condiciones de sequía y calor desbordante. Evitamos los tratamientos habituales, para prevenir el paradójico recalentamiento que podían provocar los diminutos cristales de azufre. Nuestra misión fue preservar el equilibrio de la fruta, sometido a un singular riesgo en esta añada de padecimiento y tensión.

Con el paso de los días y la proximidad a la vendimia, íbamos valorando el estado de la uva, cada vez con mayor nerviosismo. No nos preocupaban sus condiciones sanitarias sino su perfil de armonía organoléptica. El calor y el influjo directo del sol, especialmente en las zonas más expuestas al calentamiento de las horas tardías, podían comprometer seriamente la calidad de las uvas orientadas a la potente luz del atardecer.

 

La gran vendimia de pequeñas uvas
Entramos en septiembre con una constante anomalía térmica; no tanto por las temperaturas máximas, que se habían moderado desde el fin de agosto, como por los valores mínimos de las noches, que rozaron muchas madrugadas los 20 grados. En consecuencia, la amplitud térmica, esa valiosa diferencia entre el ambiente diurno y nocturno, resultó muy limitada. Temimos de nuevo por el equilibrio de la fruta.

Pero la uva aguantó. Pequeña, concentrada en sí misma, de integridad atávica y sabiduría misteriosa. Y también disfrutamos de esa sabiduría secular y tradicional de aquí, con la que nos hemos reforzado recuperando esas variedades históricas todavía presentes en las escasas viejas plantaciones que permanecen como reflejo del pasado; monastel, requenas y tinta velasco refrescan la textura de la grandeza impenetrable de las vides de garnacha, que nos sorprendieron de nuevo al asumir estoicas lo que traen los cielos.

 

Vinos para el futuro
Y así, con algunos días de adelanto respecto a la cosecha anterior, empezamos una recolección caracterizada por la selección más atenta. Descartamos una parte minoritaria de la producción, precisamente aquellos racimos más afectados por la intensidad del atardecer. En el Quiñon de Valmira, prescindimos de las uvas más claras, fruto quizás de las paradas de las plantas tras un camino de esfuerzo paulatino y mayúsculo.

Las uvas elaboradas mostraron, al cabo de una añada tan difícil, la personalidad más segura de sí misma, una identidad hecha de arraigo y de esperanza. Han dado lugar a vinos en esa misma senda de confianza, de profundo y discreto valor. Con el tiempo intuimos su grandeza, que extenderá entre todos un sentimiento de gratitud y placer. Porque las mejores cosas de la vida nacen del denuedo y la determinación.

De nuevo, un elixir embrujado fluye gozoso aupado por una acidez cítrica que invade nuestro retrogusto. Viene lleno de frutas dulces, savia joven y suelos fríos y calizos, llenos de la inspiración mágica de las viñas clásicas del Viejo Mundo.

Datos relevantes
Precipitación anual: 319 mm (Finca La Montesa), 336 mm (Quiñón de Valmira)

Temperatura media: 15,47 ºC (Finca La Montesa), 14,89 ºC (Quiñón de Valmira)
Brotación: a partir del 18 de marzo
Floración: a partir del 19 de mayo
Envero: a partir del 20 de julio

Fechas de vendimias:
Finca La Montesa: del 1 al 29 de septiembre
Plácet de Valtomelloso: 5 de septiembre
Viñas Viejas de la Propiedad: del 5 al 29 de septiembre
Quiñón de Valmira: 7 de septiembre 2022