CONSULTA TODOS LOS VINOS DE ÁLVARO PALACIOS EN VENTA A LA AVANZADA 2022 


El año de las tres olas de calor
¡Con qué alegría despedimos el ciclo 2021! Veníamos de una cosecha plena de gracia emocionante, hija de un tiempo primigenio, seco y fresco, como de otro tiempo. Y los primeros pasos de la nueva añada parecían augurar días de futura generosidad. Las lluvias de noviembre –¡más de 80 litros!– propiciaron buenas reservas y, más tarde, el comienzo del invierno trajo un frío sano y la amplitud térmica que corresponde a una tierra en el límite entre las influencias mediterráneas y continentales.

Los inviernos del Priorat suelen ser secos, pero este llegó a una aridez extrema, con sus únicos 16 litros de lluvia durante los tres largos meses que van de diciembre a febrero, según los datos registrados en L'Ermita. En la zona algo más sureña de Finca Dofí y La Baixada, la cifra apenas alcanzó 10 litros por metro cuadrado.

En marzo y abril, la situación cobró un poco de normalidad y nos trajo unas precipitaciones todavía bajas para la primavera agronómica. Valgan como ejemplo significativo los 56 y 67 litros en L'Ermita para cada uno de esos dos meses.

Al tiempo, las temperaturas marcaban sus valores habituales. Pero al filo de mayo nada hacía presagiar el gran cambio que se avecinaba.

Mayo y la primera etapa
Mediados de mayo, el cénit de la primavera, se convirtió esta añada en un verano adelantado. Durante varias jornadas, los termómetros rozaron los 35 grados, valores insólitos en plena etapa de floración de las vides.

La radiante luminosidad aceleró el proceso de la floración, lo que propició la fecundación de todas las bayas. La generosa cantidad de racimos anunciaba una abundante cosecha. Sin embargo, nuestro subconsciente más bien desesperanzado –o aplacado por el calor– no nos lo dejaba ver.

Bajo estas condiciones, las cepas limitaron sin vacilar su vegetación. Con brotes muy moderados, cortos de hoja, sabias en su silente crecimiento, parecían prepararse para el más duro y difícil tiempo atmosférico. Calor abrumador, lluvias demasiado escasas y una palpable ausencia del anhelado respiro nocturno.

El verano de duro rigor
Justo al inicio del verano, una brevísima pausa refrescante fue incluso menos que un espejismo. Enseguida se impuso un calor persistente, con noches muy templadas al estilo de latitudes semitropicales. Entre el 10 de julio y el 10 de agosto prácticamente no conocimos temperaturas mínimas menores de 21 o 22 grados. Las medias se dispararon, con valores cercanos a los 30 grados. Y respecto a las máximas, ¡una continuidad insistente de valores superiores a los 35 grados!

El viñedo aguantaba y aguantaba sin doblegarse, y nosotros sufríamos por su resistencia. A pesar de todo, los inéditos misterios que se esconden en lo más hondo de la naturaleza de las vides llevaron a que la añada se salvara, porque en pleno mes de julio el cielo bendijo la tierra con 42 litros de lluvia como plata mojada.

Entre las tres olas de calor que superaron los 40 grados, un efecto favorable fue mantener a raya las enfermedades habituales de la viña. El oídio y el mildiu limitaron su afectación bajo el sol saneante, lo que permitió reducir los tratamientos al mínimo. Al limitar los cristales de azufre, evitamos además el riesgo de quemado de las hojas.

 

Elogio supremo de las vides en vaso
Mientras tanto, el verano seguía abatiendo cultivos, bosques y personas. Alarmados ante la oleada térmica, apabullante y nunca vista, tuvimos que tomar decisiones precisas para evitar que las uvas, entonces en pleno envero, se nos fueran de madurez y expresión. Sin apenas intercambio térmico entre día y noche, podía truncarse ese equilibrio tan precioso que ofrecen las viñas viejas en vaso y ladera.

Creemos que es precisamente el cultivo en vaso una de las claves esenciales en este año de olas desconocidas. La armonía de la madre naturaleza encuentra en esta forma de plantación tradicional el vehículo de su expresión más tenazmente armoniosa. Por nuestra parte, pusimos todo lo que estaba en nuestras manos. Un laboreo de labranzas continuadas de gran dedicación. Una excava constante, azada en mano, cepa a cepa. Un aprovechamiento de la mínima corriente de aire, del soplo más esquivo, más valioso. Y un mínimo trabajo con la parte vegetal: tan solo un ligero despunte puntual, a fin de cuidar la imprescindible cobertura foliar de las cepas en vaso en esta añada de sol casi incisivo.

La sorpresa de un gran incremento de cosecha
¿Qué fenómeno inaudito está detrás de la combinación entre un extremo estrés hídrico y una cantidad de uva un 20% superior a una cosecha habitual en el viñedo prioratino?

Las vides experimentaron un bloqueo de la maduración como consecuencia del calor excesivo, las cepas se cerraban para sobrevivir, olvidando madurar sus uvas de forma normal por fotosíntesis y fototranspiración. A la vez, vislumbrábamos unas uvas de garnacha rosadas y traslúcidas, fruto quizás de ese estado de la viña en situación excepcional de apuro y lucha.

Las cepas dieron racimos que maduraron a través de un camino forzoso, pero la paradoja vino cuando esas uvas también se llenaron del jugo, quedando henchidas de un mosto que, en términos de cantidad, superó todas las expectativas. Posible factor también de la menor coloración de las uvas, pero a la vez de la permanencia de esa acidez y esos aromas que sostienen la gracia y sobre todo el bello encanto de nuestros vinos en esta añada bisoña.

Con unos niveles de azúcar más bajos de lo usual, sabíamos por el aspecto sazonado y rojizo de la pulpa que la vendimia estaba fenólicamente completa y que no debíamos esperar más…

Comenzamos la vendimia con una semana de adelanto y siempre con la premisa de preservar la expresión más frutal y varietal, huyendo de cualquier posible sobremadurez para no perder la tipicidad y tradición de nuestras viñas.

Belleza que nace de tiempos difíciles
Hay muchas lecciones que aprender de la cosecha del 2022. Una de ellas es la importancia de la masa vegetal. En la vendimia, pudimos observar las cepas con mejor canopia, oasis de masa foliar verdosa que darán al 2022 más frescura, expresión, complejidad y elegancia.

La resistencia de la vid, que se mantuvo verde durante toda la temporada –y cuya estabilidad también podría atribuirse a la discreta masa foliar desde el comienzo–, puede considerarse como una señal de que está empezando a adaptarse a las condiciones climáticas más excepcionales que estamos experimentando y que, al parecer, viviremos aún más en el futuro.

Una vez completadas las vendimias, desarrolladas con tiempo cálido y sin lluvias, nuestras garnachas viejas sumaron junto con las cariñenas una aportación recuperada que empieza a ser trascendente: la variedad picapoll negre. Es moderada, directa, pigmentada y con una mineralidad ácida que recuerda geografías oceánicas. Un gran reintegro que renueva el protagonismo de fruta y texturas ordenadas, dando un saludo de bienvenida a la finura y a la clase. Este picapoll negre alberga con respeto, y en el conjunto, la presencia de los mensajes de la tierra en forma de ese prodigio que trasciende hacia el lado más espiritual de los grandes vinos.

Paradoja de frescura en este año del gran calor. Los hollejos excepcionalmente gruesos de las bayas protegieron las uvas de la irradiación, sus mostos fueron muy puros, procedentes de viñas perfectamente sanas que ofrecieron vinos modelados de una belleza prístina. Los aromas y sabores resaltan con el vibrante nervio de la acidez jugosa donde fluyen gustos intensos de la tierra, la cepa y la luz. Armonía sedosa que narra la crónica de lo ocurrido en estos campos con la sutileza de la dignidad.

 

Datos relevantes
Precipitación anual: 310 mm (Finca Dofí), 359 mm (L'Ermita)
Temperatura media: 15,89 ºC (L'Ermita), 16,71 ºC (Les Aubaguetes)
Brotación: a partir del 18 de marzo
Floración: a partir del 19 de mayo
Envero: a partir del 20 de julio

Fechas de vendimias:
La Ermita: 13 de octubre
Les Aubaguetes: 4 de octubre
La Baixada: 7 de octubre
Finca Dofí: del 8 de septiembre al 14 de octubre
Gratallops Vi de Vila: del 16 de septiembre al 18