Vinos preciosos de un tiempo movedizo

La inestabilidad. Los fenómenos disonantes que van calando, como las tormentas de granizo y la cálida humedad. Las primaveras insólitamente secas que ya no nos sorprenden tanto como antes. La brotación adelantada. Los junios frescos y las noches exageradamente cálidas del verano. El agua constante de septiembre. ¡Qué suma de alteraciones! Tras ellas, se asienta esa consciencia de que está todo por hacer y trabajar. En ello nos hemos concentrado, acompañando el ciclo cepa a cepa, con gran dedicación, ojos en cada hilera y manos en cada brote.

Y ante tantas dudas, una certeza capital acompaña el final del ciclo: los vinos emergen de la confusión como flores preciosas de frescura y virtud.

Repasamos a continuación los eventos principales de un año de heterogeneidad, afanes sin descanso y un gran trabajo de formación y viticultura.

Los meses del silencio

Las temperaturas suaves que acompañaron la parada vegetativa y el fin del año 2022 mutaron radicalmente los primeros días de 2023: enero llegó con frío, lluvia intensa y fuertes rachas de viento y, sobre todo, la inestabilidad que sería uno de los rasgos definitorios de la añada. En el pico del invierno, en esas semanas en que el mundo de la viña se sume en la calma más silente, el anticiclón trajo heladas y días despejados, que se prolongaron en un febrero gélido y seco.

De nuevo, la primavera del calor

El mes de marzo, que empezó frío, enseguida conoció un ambiente paulatinamente suave y de pluviometría normal. La primavera despuntaba con un calor adelantado, que marcó casi todo abril. La última semana de ese mes registró las temperaturas más altas de la serie histórica, con noches inusitadamente calientes. En el viñedo, empezamos a despuntar muy pronto, a finales de abril. No dejaríamos de hacerlo a lo largo de los cuatro meses que siguieron, en un esfuerzo constante.

Junio inestable y fresco

Tras un mayo cálido y húmedo, junio llegó voluble, con una bajada marcada de temperaturas. Se impuso el famoso vaivén que es ya la normalidad climática en el Bierzo, con lluvias intermitentes, tormentas, granizadas puntuales y horas de calor, en un cóctel meteorológico que impulsó el riesgo fúngico. Intensificamos la vigilancia y la acción preventiva en las viñas, retirando ramaje y vigilando cada cepa con un cuidado a medida. Con el inicio del verano astronómico llegó un primer empuje de calor, heraldo de lo que iba a ser de nuevo una estación extrema.

Otro verano de esfuerzos

Los tumbos del tiempo –ora lluvias intermitentes, ora vientos y picos de calor– nos metieron en un julio que se iba complicando día a día. La amenaza del mildiu permanecía latente, con sorpresivas apariciones aquí y allá que nos obligaron a intensificar la vigilancia y los tratamientos. Los trabajos de campo a lo largo de estos ciclos tan movedizos reclaman cada vez más tiempo y recursos, con una dedicación de personal como nunca antes.

Agosto implacable

En este contexto, llegaron las olas de calor. Nunca fueron tan fuertes como en otros puntos de España, pero se sumaron a un cierto estrés acumulado en una temporada exigente. Tras un mes de junio muy lluvioso, julio y agosto apenas registraron precipitaciones notables.

En las viñas, se dio uva en cantidad, pero con racimos pequeños y bayas muy comedidas. El trabajo de la vegetación se convirtió en dedicación abnegada. Y con la mencionada condición ineludible: no valen fórmulas estándar, cada cepa requiere un cuidado personalizado.

Vendimia, agua y racimos

Tras tanto esfuerzo, anhelábamos una buena vendimia. Pero nada más empezar, el cielo nos dio casi dos semanas seguidas de lloviznas intermitentes, pero sin tregua. En total no pasaron de 35 litros, ¡pero qué pesada sensación!

En consecuencia, el trabajo de selección y limpieza de racimos fue tremendo. E imprescindible para entrar en vendimia una uva íntegra y sana. En La Faraona, ejemplo señero, tuvimos que hacer seis pasadas para decidir si cada hoja, cada racimo y cada baya eran necesarios o excesivos.

LOS VINOS

La frescura que conmueve

Meses exigentes bajo un clima desconcertante. Semanas sufridas, enseñanzas renovadas. Al final, una incertidumbre que no tarda en disiparse, como queriendo dar sentido a una añada antojadiza y mudable. Y el sentido está aquí, en unos vinos de profundo encanto, de recuerdos de monte atlántico y hierba silvestre.

El aroma de la frescura ya aparece vibrante y agudo. Acompañado de notas oscuras, traza la identidad de nuestro Bierzo, aquí y ahora: una tierra que vive la oscilación climática con rigor, pero con destellos de alegría, reclamando esfuerzos y recompensándolos con una finura y una acidez que parecen escritas por un guion inabarcable. La naturaleza, convertida en autora del relato de nuestras temporadas en las laderas de pizarra y de flores salvajes.

Y entre todas estas oportunidades, la gran novedad de una parcela diminuta, llena de virtud y gracia, una suerte que viene provocándonos en estos últimos años, pidiéndonos ser embotellada y ofrecida al mundo del gran vino, al mundo de los caprichos que en contadas ocasiones la naturaleza ofrece. Siguiendo la toponimia tradicional, se llamará Al Chelo y se ofrecerá para el disfrute de los que amamos y entendemos el vino como algo sagrado y venerado.

Datos relevantes

Precipitación anual: 897,92 mm
Temperatura media: 17,9 ºC
Brotación: a partir del 1 de abril
Floración: a partir del 19 de mayo
Envero: a partir del 23 de julio

Fechas de vendimias:
La Faraona: 25 y 26 de septiembre
Al Chelo: 15 de septiembre
Las Lamas: 11, 12, 13, 16 y 20 de septiembre
Moncerbal: 2 de septiembre